SOCIEDAD › EDITORES DEVENIDOS MUSICOS

Cambiar de mundo

 Por Soledad Vallejos

Tienen 4, 5, 8 años, hay de todo: el caso es que están como hipnotizados. Alguno podrá levantarse y caminar de un lado al otro bailoteando un tema, otro no se moverá de su lugar hasta el fin del tema, y alguno más pedirá una canción en especial. Porque se las saben de memoria, igual que sus padres, que también se descubren tarareando de repente melodías y poesías que no nacieron juntas pero se llevan de mil maravillas. Los shows de Unicanuez, la banda de escritores y editores puestos a músicos que definen lo que hacen como “canciones y papeles recortados”, convierten el escenario y alrededores en una especie de universo paralelo, con niños fascinados y ambiente extraño. Hay un piano (Germán Frers, bibliotecario de una editorial), a veces una batería (Ricardo Carpena, periodista), siempre una voz (Margarita Artusi, psicóloga), una guitarra (Antonio Santa Ana, editor y escritor), y un fondo de escenas en papel y luz salidos de un retroproyector (Natalia Méndez, editora). A veces, se suma alguna voz invitada, como en Catapluplúm, el disco de temas nacidos a partir de textos de la escritora mendocina María Cristina Ramos que presentaron a mediados de marzo en un teatro (y que también puede escucharse en http://unicanuez.bandcamp.com). Ese día, entre show, repertorio que crece tanto como las reproducciones online del material de la banda (“llevamos más de 5 mil reproducciones”, dice Santa Ana, con gesto de incredulidad y voz de felicidad) y pequeños fans cuyos padres pagaron entradas y compraron discos, quedó claro que lo que empezó hace dos años como hobby de vacaciones se desmadró.

Artusi recuerda que no cantaba desde que, recibida de psicóloga, había dejado de trabajar como maestra de música. Pero entonces nació su hija Lucía, que resultó rebelde al sueño y no quedó otra: volvió a cantar. En tren de dormir a la chiquita, Artusi y su marido, el escritor (Los ojos del perro siberiano, Ella cantaba –en tono menor–) y editor Antonio Santa Ana, llegaron a volver canción real una que recorre “Los días del venado”, de Liliana Bodoc. “Hicimos una canción de cuna para Lucía, y un día la grabamos así como pudimos, en el iPad, para mandársela a Bodoc. Se emocionó. Nos mandó poesías para que musicalizáramos, y seguimos”, cuenta Santa Ana.

Pasaron unos años. Una tarde de verano en Mar de las Pampas, él y Artusi empezaron a jugar con poesías de María Cristina Ramos, con una guitarra; compusieron, cantaron, grabaron. Compartieron algo de eso en Facebook y lo demás simplemente sucedió: la banda se formó, prácticamente, sola. Frers preguntó si no querían sumar un piano; asistió a un ensayo teclado en mano, “ensayó con nosotros y quedó”, dice Artusi. Otro día, Méndez, editora especializada en literatura infantil, pero también en crear munditos en papel y cartulina con poco más que una tijera o una trincheta, se entusiasmó tanto escuchando una de las canciones que hizo por su cuenta, porque sí, un video para acompañarla. Lo compartió con la banda. La propuesta no tardó, dice Artusi, que recuerda que le dijeron la frase mantra: “¿Por qué no hacés algo para un show?”. Creen que imaginaban la proyección de algún otro video, algo ya preparado, cerrado, listo para darle play. Entonces Méndez apareció en un ensayo munida de retroproyector, acetatos recortados, cartulinas, animalitos salidos de los textos poéticos que se habían vuelto canción y de repente tenían también cuerpo pero en vivo. Se quedó. También porque sí, con naturalidad, quedó el nombre de la banda, que retoma el de un barco que, en el universo creado por Ramos, navega a la deriva y puede darse vuelta pero no se hunde.

La última incorporación estable, el periodista Carpena, llegó provisto de batería, o mejor dicho, “ese animal enorme que es una batería”, después de uno de esos reencuentros casuales que a veces suceden. Santa Ana y él se conocían vagamente, de vista, de algún evento social, y el año pasado, pasillos de Feria del Libro mediante, terminaron conversando sobre la banda. Carpena dijo que quería ir a un ensayo; cayó con batería completa, y se entusiasmó tanto que terminó formando parte de la banda que grabó el disco este año, un poco a las corridas y sin darse cuenta de lo que hacían, pero apurados por llegar a la fecha que abrió su 2014 con todo listo. Otros nombres van y vienen, colaboran en alguna fecha, y hasta cayeron como bendición en las jornadas de grabación.

Tocaron primero para los hijos de amigos, después para ellos y los amigos de esos niños. En 2012, sobre la calle Corrientes, animaron parte de La Noche de las Librerías. El año pasado, brindaron un “recital poético” en la biblioteca La Nube, como parte del Festival de literatura infantil y juvenil Filbita: el patio estalló de chicos que conocían letras y recortes animados. Ahora, en el show pueden ver niños a los que no conocen. Es más: por Facebook les llegan mensajes de las provincias, de docentes y padres que comentan, que piden el disco. “Y la verdad es que teníamos tantas ganas de grabarlo que lo grabamos y nada más, no tiene ISBN ni nada, ¡entonces no sabemos ni cómo venderlo! No pensamos en eso”, ríe Santa Ana.

Un repertorio no tradicional, músicos que en realidad viven de otra cosa y no necesariamente de tratar con niños, ¿dónde está la magia?

–Somos toda gente que trabaja de otra cosa, es todo muy lúdico –dice Artusi.

–A veces decimos “habría que hacer tal cosa. ¿Podemos?”. “Hoy no.” “Bueno, la otra semana” –explica Santa Ana.

–Yo de música no sé nada. En mi familia se ríen cuando digo que voy a un ensayo. Me miran como diciendo “mirá que el tiempo de tener la banda de garaje ya pasó”, pero yo mucho eso no lo registro –cuenta, entre risas, Méndez.

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Imagen: Carolina Camps
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