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Domingo, 28 de junio de 2009

EL BAúL DE MANUEL

 Por Manuel Fernández López

La mesa de los argentinos

El alimento es la necesidad principal del hombre, más que la indumentaria y la vivienda. Desde siempre, primero a través de la recolección y la caza, después con la agricultura y la ganadería, el hombre sacó su alimento de la tierra y luego lo llevó a la mesa. En la historia de la economía, el primero en conectar la necesidad de alimento con la tierra fue Platón, y el primero en mencionar la mesa, fue Petty. Qué contenía la mesa de un habitante de Londres, lo contó Keynes en 1919: “El habitante... podía pedir por teléfono, bebiendo en la cama su té de la mañana, los variados productos de la tierra entera, en la cantidad que juzgase oportuna, y esperar razonablemente una pronta entrega en la puerta de su casa”. Parte de esa demanda inglesa era la oferta argentina de alimentos, oferta que crecía en función de la entrada masiva de inmigrantes, la extensión de la red ferroviaria y el transporte de ultramar. Los enormes contingentes de inmigrantes incrementaban la oferta de trabajo en el campo, pero también aumentaban la demanda de alimentos, mucho más allá que la debida al mero crecimiento demográfico, y por tanto reducían el saldo exportable de los distintos productos agropecuarios. Esa tendencia nunca se detuvo: la tierra es un factor fijo, cuya utilización tiene una frontera fija, no extensible, a menos que avance significativamente la tecnología productiva; la demanda, en tanto, medida por el número de habitantes, crece sin cesar. Las curvas respectivas –de oferta agropecuaria y de demanda de productos agropecuarios– a la larga se cruzan, aunque no detienen su curso, y establecen déficit que debe cubrirse con la importación de los productos respectivos. La demora o lentitud del avance tecnológico en el campo y la ausencia de una política de promoción del sector agropecuario sólo causan la anticipación del momento en que se cruzan las curvas. Pero eso no es todo: una política peor aún es la de contraer la actividad del sector, ya sea obstaculizando su exportación, gravándolo con impuestos elevados u obligándolo a vender al mercado local a precios ruinosos; anticipa aún más el momento de saldos exportables nulos y la necesidad de importar productos que antes se exportaban y aportaban divisas. El momento ya llegó y no pasará mucho hasta que en la mesa argentina se sirvan carne, trigo y leche y derivados del exterior, a precios que pocas familias podrán pagar.

El milagro argentino

Una fracción de los argentinos cree que la labor agrícola demanda tan poco trabajo que es casi ocio, y que en el valor de su producto cabe deducir tan poco costo de insumos, que es prácticamente todo ganancia. Muy por el contrario, no parece que una vigorosa actividad agropecuaria hubiera podido desarrollarse en el país sin la existencia de poderosas corrientes mundiales, ni su aprovechamiento oportuno por parte del país. En 1800 no era un secreto la capacidad productiva de la pampa húmeda, y así lo expresó el Nuevo aspecto del comercio en el Río de la Plata (1801): «Los granos de las chacras serán con el tiempo el principal renglón de la riqueza de la tierra. No tienen término los millones de fanegas de trigo que puede comerciar la provincia de Buenos Aires. Esta capital (tiene) lo menos en su rededor diez mil leguas cuadradas de tierras de pan llevar, en que no se halla un guijarro de una pulgada que entorpezca la explotación. Maravilla a nuestro entender única sobre la faz del mundo». Mientras tales lucubraciones echaban a rodar, la tierra pampeana estaba bajo control del indio, nunca había sido roturada y la producción carecía del trabajo y el capital necesarios. Por otra parte, el país no se había dado una organización política ni adoptado un proyecto favorable a su inserción internacional. En Europa, por siglos, ni el trabajo ni el capital migraban de país a país, y así lo registraba la ciencia económica. De pronto, tal vez impulsados por el desarrollo de los medios de transporte y las comunicaciones, varios países europeos comenzaron a expulsar habitantes; e Inglaterra, en particular, capital. Argentina fue la segunda receptora de migrantes entre 1850 y 1930; y en 1887, el principal destino del capital inglés. Súmese a ello la formación de un mercado mundial de alimentos y materias primas, la Constitución nacional de 1853, ampliamente favorable a la radicación del capital y el trabajo extranjeros, la conquista del “desierto”, la política oficial de atraer inmigrantes de áreas de agricultura moderna y la política de extensión de la red ferroviaria y la construcción de puertos de ultramar. La política liberal de los gobiernos respecto de la exportación permitía que en poco tiempo se acumulasen fortunas, lo que estimulaba una mayor producción y más capacidad de alimentar a nuevos migrantes y, a pesar de ello, disponer de mayores saldos exportables.

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