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Domingo, 11 de octubre de 2009

EL BAúL DE MANUEL

 Por Manuel Fernández López

Del tiempo e’ Ñaupa

¿Desde cuándo hay conocimiento económico? La pregunta se repite muchas veces, lo que no quiere decir que otras tantas veces se pueda exhibir una respuesta. Lo más serio, y menos arriesgado, sería contestar: desde el año 1750 antes de Cristo. ¿Y por qué? Porque en esa fecha se terminó de redactar el Código de Hammurabi, y además se lo plasmó por escrito, en la estela de Hammurabi, y por último, se distinguen en ese texto regulaciones sobre distintas actividades económicas, contrato laboral y de arrendamiento, intercambio comercial, protección de los miembros de las familias, fijación de salarios y alquileres, restricciones al pago de interés, etcétera. Por otra parte, si un conocimiento económico no está escrito, ¿cómo podemos evaluarlo? Y con toda seguridad, antes de inventarse la escritura es imposible hallar ningún conocimiento económico escrito. Sin embargo, aun sin escritura, algo podemos inferir del lenguaje. Lo económico es un modo de relacionarse de los seres humanos, complementándose para producir, intercambiando sobrantes de producción según necesidades, reuniéndose para organizar los intercambios, demandando y ofreciendo, etcétera. Los lenguajes están constituidos por palabras que designan cosas y acciones. Por cierto que tienen términos sin contrapartida fáctica, como dragones y unicornios azules. Pero la mayoría de vocablos resultan de una aceptación colectiva por una nación entera de términos que designan realidades de presencia cotidiana. Antes del Código Hammurabi tenemos el lenguaje indoeuropeo, que data de hace más de 5 mil años. La investigación estableció raíces indoeuropeas en distintas lenguas europeas. Por ejemplo, de la raíz merc nacieron mercancía y mercado, el objeto intercambiado y el lugar por excelencia del intercambio, que a su vez deriva de la raíz skamb. Si hay intercambio, debe haber uno que oferta (de la raíz bher) y otro que demanda (de la raíz man), y entre ambos se fija un precio (de la raíz per). No parece que naciones enteras se hubieran tomado el trabajo de crear y utilizar voces para designar cosas o acciones imaginarias, de modo que podemos asumir que tales voces designaban realidades existentes 5 mil años atrás, con lo cual se ensancha notablemente el estudio de las primeras manifestaciones de conocimiento económico. Pero se reduce mucho el número de especialistas capaces de tales estudios.

Eslabones perdidos

Entre 1929 y 1945 ocurrieron hechos terribles: el comienzo de la Gran Depresión y el fin de la Segunda Guerra Mundial. La economía, como nunca, mereció su apodo de “ciencia lúgubre”. A los hechos anómalos, como la interrupción del comercio internacional, la desocupación, el caos monetario, etc., se los intentó combatir con métodos nuevos: la planificación de la economía, los bancos centrales, las juntas reguladoras, etcétera. Aquí se estudió el ciclo económico argentino en relación con las manchas solares (1930), se implantó el control de cambios (1931), la tributación directa (1932), se suscribió el Pacto Roca-Runciman y se puso en vigor el Plan de Acción Económica Nacional (1933-1934), se reformó el sistema monetario y bancario (1935), se aplicó la primera política económica anticíclica (1936-1937), se identificó el ciclo económico (1938), se dieron los primeros pasos hacia el estructuralismo (1939) y sobre esa base se armó el Programa de Reactivación de la Economía Nacional (1940), el descubrimiento de la economía lineal (1941), etcétera. Gran parte de los hechos mencionados, en que se mezclan o alternan actos de política económica o avances del análisis económico, fueron resultado, directo o indirecto, de la obra de Raúl Prebisch, en la función pública o como docente de la UBA (lo fue desde 1925 hasta 1949). Pero Prebisch no estaba solo: varios expertos colaboraban con él: Guillermo Walter Klein, Máximo Juan Alemann, Ernesto Malaccorto, Félix José Weil y otros. ¿No había más? Sí, los había: René Berger, Emilio Bottini, Augusto Bunge, Emilio Coni, Juan José Díaz Arana, Torcuato Di Tella, Adolfo Dorfman, Arturo Frondizi, Carlos García Mata, Luis Roque Gondra, Paulino González Alberdi, José González Galé, Juan José Guaresti (h), Alberto Hueyo, Guillermo Leguizamón, Carlos Moyano Llerena, Julio Olivera, Ricardo M. Ortiz, Federico Pinedo, Nicolás Repetto, Ovidio Schiopetto, Alejandro E. Shaw, Francisco Valsecchi, Camilo Viterbo, etcétera. Pero –¿sería mucho pedir?–, ¿cuáles fueron sus escritos y aportes a la ciencia? ¿Quién ha escrito una evaluación crítica de los mismos? Cuando se tenga respuestas a estos interrogantes, recién estaremos en condiciones de comenzar a recuperar la memoria de la ciencia económica argentina. Entretanto estamos sujetos a la condena de Nicolás Avellaneda, a aquellos que no se apoyan en tumbas gloriosas.

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