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Lunes, 24 de junio de 2002

EL BAúL DE MANUEL

BaúL I y II

 Por Manuel Fernández López

Los Thornton (1)

Estuvo aquí el monetarista inglés John Thornton, jefe de la misión del FMI. Sus recomendaciones estuvieron en línea con las que ese organismo internacional hace llegar al país: limitar la oferta monetaria, reducir el déficit fiscal y reducir el empleo público. Por desgracia, estas políticas agravan la caída del Producto Nacional y la tasa de desocupación, ambas ya en niveles que superan todo registro conocido. Son como darle una manteada a quien acaba de ser arrollado por un automóvil. Pero lo que interesa a estas gentes es que el Estado pague las deudas de los bancos, antes que promover el acceso a todos a la dignidad del trabajo; que las empresas puedan girar al exterior sus dividendos, antes que cada pobre pueda llevar un mendrugo de pan a su casa; que las deudas en dólares se paguen, antes que garantizar salud y educación a los desposeídos. Van dirigidas a aumentar el poder de los que ya lo tienen, y a profundizar la explotación de quienes ya son explotados. Otro inglés, tocayo del otro, también monetarista, considerado alguna vez “el mayor economista monetario de la historia”, fue Henry Thornton (1760-1815). Este hombre era banquero y miembro de la Cámara de los Comunes. Luego de abandonar Inglaterra la convertibilidad de la libra esterlina (1797), compuso un libro, publicado en 1802 con el título Investigación de la naturaleza y efectos del crédito a papel de Gran Bretaña, o más brevemente, el “Crédito a papel”. Allí, Henry anticipó ideas que aparecerían más tarde en escritos de Knut Wicksell, fundador de la escuela sueca, Irving Fisher, fundador de la escuela norteamericana, y J.M. Keynes, creador de la macroeconomía. Sostenía H. Thornton, como lo había hecho antes Hume y luego lo repetiría Keynes, que un país con desempleo puede reducirlo introduciendo dinero nuevo en la economía privada: “Una emisión incrementada de papel tiende a generar una demanda más vigorosa de los bienes existentes y un consumo de ellos más rápido; que el consumo más rápido supone una disminución de las existencias habituales, y la aplicación de la parte de ellas consumida a los fines de dar vida a industria nueva; que la industria nueva así movilizada será el medio de crear gradualmente nuevos inventarios, que servirán para reponer los inventarios con que se ha sostenido la industria; y que el nuevo medio circulante, de esta manera, creará por sí mismo mucho empleo nuevo”.

 

Los Thornton (2)

El liberalismo económico de los siglos XVIII y XIX identificó a los fines del individuo con los fines del Estado, pero en esa transferencia eligió qué fines y qué individuos: algunos individuos asumen como fin maximizar la ganancia, mientras otros pueden tener por fin vivir en buena relación con la naturaleza. El pretendido liberalismo impuso que el Estado, sin permitirle elegir, asumiese como fin propio garantizar la conducta maximizadora de ganancia a los particulares, sin permitirle tamizar los distintos casos a través de una malla de principios éticos. Y la política económica, cuando no está regida por valores, puede ocasionar efectos desastrosos. El narcotráfico, por ejemplo, puede arrojar suculentas ganancias y dar empleo a muchos miles de ciudadanos. Sin embargo, se conviene en que es una actividad dañina a la sociedad. Otro tanto puede decirse de la prostitución, consentida en los medios de comunicación como actividad normal. En el pasado, también era lucrativo y lícito el horrendo tráfico de negros, así calificado por Manuel Belgrano. Muchas familias británicas podían vivir con esplendor y hacer donativos a sus iglesias, amparados en las ganancias del comercio negrero. No todos. Henry Thornton, en 1782, a los 22 años, ganó una banca en la Cámara de los Comunes –un hecho no inusual entonces, pues Pitt mismo tenía esa edad– y la retuvo toda su vida. Su participación en los debates versó especialmente sobre impuestos, en particular el impuesto a los ingresos yel impuesto a los comercios. “El primerísimo voto que emití en el Parlamento –escribiría poco después en su diario– fue a favor de un tratado de paz con América. De inmediato me hallé en cierta forma incluido entre los amigos de Mr. Pitt y como opositor al partido de la Coalición.” Luego apoyó el entendimiento con Francia y la emancipación de los católicos. Donaba a obras de caridad un 85 por ciento de sus ingresos, que no eran pequeños. Al ingresar al parlamento William Wilberforce, el líder británico de la abolición de la esclavitud, con adhesión de Henry Thornton propició abolir el comercio de esclavos, lo que obtuvo con la ley de 1807. Enviaban misioneros a las colonias y reimprimieron la Biblia en ediciones baratas. Formaban un pequeño pero influyente bloque parlamentario, leal a Pitt, pero no incondicional. No era ni Whig ni Tory. Con agudeza e ironía, se le llamó el “Partido de los Santos”.

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