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Domingo, 23 de julio de 2006

EL BAúL DE MANUEL

 Por Manuel Fernández López

¿Plata? ¿Para qué?

¿Qué es una casa? ¿Un paralelepípedo cuyos costados se hacen de ladrillos superpuestos? Un iglú es una semiesfera, hecha de bloques de hielo, y sin embargo es tan casa como la anterior. No serviría identificar a una casa por su forma o por los materiales con que está construido el objeto. En cambio, tanto el paralelepípedo como la semiesfera proporcionan utilidad a distintos seres humanos en distintos climas, resguardándolos de la lluvia, abrigándolos del frío ambiente y protegiéndolos contra invasiones de otros seres peligrosos. No el material de que están hechas, sino las funciones que cumplen, es lo que define a entes como las casas y también el dinero. Muchas cosas que parecen monedas metálicas o billetes de papel moneda en realidad no son dinero desde el momento que no son reconocidas por otros como tal. En el intercambio, como en el tango, hacen falta dos para llevar a cabo la acción. Si uno tiene una mercancía que otro apetece, pero el segundo ofrece en pago algo que no es reconocido como medio general de cambio, la compraventa no tendrá lugar. Y por el contrario, algo cuya forma o material no coincidan con la noción popular de “dinero”, pero goce de aceptación general, sin duda puede funcionar como dinero, como los cigarrillos, al finalizar la Guerra Mundial. El dinero se caracteriza por las formas de utilidad que presta. Una: el dinero “sirve para” intercambiar bienes y servicios. Un trueque, donde cada uno ofrece al otro algo que el otro necesita o apetece, puede ser totalmente imposible si no coinciden el tipo de mercancía y la cantidad que uno ofrece y el otro pide. El empleo de dinero resuelve el problema. Pero una vez consumada la venta, el receptor de plata se encuentra con una suma de dinero que, mientras no la emplea, equivale al valor de la mercancía que poseía y entregó al comprador. Mientras conserve el dinero, éste le sirve como un “depósito de valor”. Cuando, un tiempo después, decida cambiar su dinero por otros bienes, lo que obtenga dependerá de si los precios de esos otros bienes se mantuvieron constantes, o si subieron o bajaron. Si subieron –el caso más común–, el dinero del vendedor inicial ya no valdrá lo mismo, sino menos: con inflación el dinero pierde valor, y para conservarlo conviene reemplazarlo por otro activo que gane interés. Conservar o no dinero efectivo dependerá del nivel de inflación y tasa de interés esperados en el futuro.

Secuestros express

La voz latina plagium expresa (en América) el secuestro de alguien para obtener rescate por su libertad, y también la copia de obras ajenas, dándolas como propias. En ambos sentidos nuestra historia reconoce numerosos casos. Un grupo de ellos apareció en la enseñanza de Economía. La Argentina careció de textos propios, sobre todo en el siglo XIX, para enseñar la ciencia económica. Rivadavia era consciente de ello, y a poco de crear la Universidad de Buenos Aires en 1821 mandó que los profesores escribieran textos para sus cátedras, incluyendo, en el caso de Economía Política, aplicaciones a la realidad del país, a la hacienda pública, a la estadística y, por si faltase algo, la historia de la disciplina. El primero que enseñó la materia, Pedro José Agrelo, no cumplió con la directiva. Pero sí lo hizo el sacerdote Juan Manuel Fernández de Agüero, puesto por Rivadavia para enseñar la filosofía de Destutt de Tracy, por lo que su cátedra se llamó Ideología, que curiosamente incluía la ciencia económica como parte de la Metafísica. Fernández de Agüero, con gran esfuerzo, escribió gruesos manuscritos que presentó como propios, copiando lo esencial de Destutt de Tracy, incluida la Economía Política. Estos textos quedaron inéditos hasta la década de 1940. Otro fue Clemente Pinoli, a cargo de la cátedra de Economía desde 1855, quien tradujo íntegro, resumiéndolo, I Principi della economia sociale esposti in ordine ideologico (Turín, 1846) de Antonio Scialoja, cuyo manuscrito presentó como propio con el nombre de Curso de economía ecléctica. A fines de ese siglo, en 1895, el profesor titular de “Ferrocarriles” en la facultad de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, ingeniero Alberto Schneidewind, luego de estudiar en Alemania, publicó en la Sociedad Científica Argentina su traducción, con ejemplos adaptados al país, de la obra Teoría de la Traza (1887), del profesor del Instituto Politécnico (hoy Universidad) de Hannover Wilhelm Launhardt, notable ingeniero y autor de un tratado de teoría económica en el que introducía en Alemania los enfoques del profesor de Lausana León Walras y otras contribuciones, como el llamado “embudo de Launhardt”. Lo curioso de la traducción de Schneidewind es que el libro se publicó bajo dos carátulas distintas, una que indica como autor a Launhardt, y otra con idéntico texto en la que el propio Schneidewind aparece como autor de la obra.

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