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Domingo, 25 de noviembre de 2007

EL BAúL DE MANUEL

 Por Manuel Fernández López

Vendé esas joyas

La economía clásica, en cierto sentido, era más “humana” que otras formas de economía subsiguientes, pues, aunque no distinguía diferencias entre individuos, al menos reconocía la pertenencia a una u otra clase social. Lo hacía al distinguir el modo de participación en la producción, y con ello los respectivos niveles de ingresos, y por tanto el acceso a distintos tipos de bienes: los asalariados sólo podían acceder a “bienes para asalariados”, en tanto los terratenientes, cuyos ingresos dependían de las buenas o malas cosechas y por tanto –cubiertas en todo momento sus necesidades básicas– tenían acceso a bienes reservados al alto poder adquisitivo: los llamados “bienes suntuarios”, aquellos consumidos por puro lujo u ostentación, que no son insumos de ningún proceso productivo. Los terratenientes, según los economistas clásicos, en tiempos de buenas cosechas, y por tanto de ingresos abundantes, gastaban (o mejor dicho, dilapidaban) sus incrementos de ingresos en emplear criados, servidores cuyos servicios mejoraban el tenor de vida del terrateniente, pero no la cantidad de producción social o la acumulación de capital. Esas ideas, expresadas en términos más generales, sugieren que los bienes suntuarios son aquellos demandados al ocurrir incrementos de ingresos de agentes económicos cuyas necesidades de subsistencia ya se hallan cubiertas, y forman una alternativa a ahorrar el incremento de ingresos. Bienes así son las joyas. Estos bienes tan especiales, que uno asociaba a la imagen de los reyes y alta aristocracia, hoy aparecen en los medios, indicándonos que se ha formado un mercado para ellos. ¿Cómo entender de otro modo los siguientes mensajes?: “Esas joyas que usted ya no puede usar, ese viaje con que soñaba y no puede pagar: llévelas a Casa X: 85 años en el mercado, pago en efectivo, precios internacionales, absoluta reserva”. El mensaje claramente implica una redistribución de ingresos: de una clase cuyos ingresos bajaron (algún estrato de la clase media) hacia una clase cuyos ingresos ya eran altos antes de la redistribución, y cuyos nuevos ingresos crean, después de la misma, una nueva demanda de bienes suntuarios. Es un caso clarísimo de una sociedad que se vuelve más desigual. La historia se repite, como se ve, en el sentido de una redistribución perversa, de dar más riqueza a los ricos, haciendo más pobres a los pobres.

Justo el 28

“Sin saber, nada se adelanta”, decía Belgrano, y a renglón seguido indicaba una serie de conocimientos indispensables para que América del Sur saliese de su estado de atraso e inacción. Los instrumentos para transmitir conocimientos a grupos humanos y para incorporar adelantos generados en otras latitudes son la escuela y el libro, respectivamente. Ese espíritu de mejorar a través del saber nos hace conmemorar cada 28 de noviembre como el doble aniversario de medidas para mejorar la sociedad a través del conocimiento económico. En primer lugar, la creación de una cátedra específica de Economía en la Universidad, el 28 de noviembre de 1823. El mérito fue de Bernardino Rivadavia, tras haberlo intentado once años antes. Cuando propuso, en 1812, que se enseñase Economía Política en un salón literario, no tenía definido a quién se confiaría tal misión, con qué texto se enseñaría, dentro de qué plan de estudio, en qué lugar y aula, y con qué fondos se pagaría tal servicio. En 1823, luego de haber visitado Inglaterra y Francia, acordó con el creador de la primera moneda patria, Pedro José Agrelo, que tomase la tarea, hizo traducir el texto de James Mill para ese fin, y fijó las áreas que se enseñarán y obligaciones del profesor. En 1824, triunfal, declaró en la Legislatura que “ha comenzado a enseñarse la economía política y pronto el país contará con administradores inteligentes”. En segundo lugar, la aprobación de un plan de estudios para enseñar Ciencias Económicas, en el seno de una Facultad específica de la UBA, el 28 de noviembre de 1913. En octubre de 1909 Antonio Dellepiane, en la colación de grados de la Facultad de Derecho, propuso abrir en esa misma casa de estudios una nueva carrera, la de Altos Estudios Comerciales. Hizo suya la idea el ministro de Instrucción Pública Rómulo S. Naón al fundar en la UBA una nueva facultad, “de ciencias económicas y comerciales”, denominada, en el presupuesto de 1910, “Instituto de Altos Estudios Comerciales” (IAEC). El IAEC estaba destinado a enseñar dos carreras: Licenciado en Ciencias Económicas (4 años) y Contador Público (3 años). Sobre la base del Instituto y conforme al proyecto del médico y diputado José Arce, se creó la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA por ley Nº 9254, del 30/9/1913, promulgada el 9/10/1913. El 28/11/1914 el CD aprobó el primer plan de estudios de ciencias económicas de la Argentina.

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