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Domingo, 5 de octubre de 2003

EL BAUL DE MANUEL

Baúl I y II

 Por Manuel Fernández López

 

Todo cambia
Llegó la primavera y todo se ve distinto. Los árboles, antes con ramas desnudas, y ahora cubiertos de hojas nuevas y flores. El tiempo, antes frío, ahora es templado. Lo que era, ya no es más. Este asombro por el cambio es el mismo que el percibido por los griegos hace más de 2500 años. ¿Qué es lo característico de las cosas? ¿Cambiar o permanecer? Ambas posibilidades tuvieron sus defensores: Heráclito y Parménides, respectivamente. Para el primero, las cosas pasan del ser al no-ser y viceversa. La realidad es devenir. “Uno no puede bañarse dos veces en el mismo río.” Y en el fluir, en el pasar, está el gusto de la vida. ¿Se imaginan bañándose una y otra vez con la misma agua con que se bañaron antes? En economía, Joseph Schumpeter estudió el cambio como motor principal del proceso económico. Hay dos tipos de cambio, decía, uno que opera por variaciones graduales y continuas, y otro que se produce a saltos, como ocurre al introducir innovaciones en los procesos productivos. Lo cual complicó enormemente la vida de los economistas, cuya herramienta de análisis –el cálculo diferencial– sólo era aplicable a cambios infinitesimales. Fue necesaria la teoría distribucional, un capítulo de la topología general, para tener una herramienta capaz de captar cambios continuos y discontinuos, indistintamente. La formación de capacidades laborales, por ejemplo, es un cambio continuo y gradual. La supresión súbita, por una ley, de las conquistas laborales, es un cambio súbito y discontinuo. Hay otros cambios discontinuos y súbitos: hace unos años yo me aficioné a la “nueva” historia económica cuantitativa, o “cliometría”, en la que han sido figuras eminentes Douglas C. North y Robert W. Fogel, ambos galardonados en 1993 con el Premio Nobel en Economía. También Donald McCloskey, profesor en Chicago y en Iowa. Su biografía aparecía en Grandes economistas desde Keynes (1ª ed. 1985) de Blaug. En 1998 Blaug publicó la 2ª edición del mismo libro. Cuál no sería mi sorpresa al buscar la biografía de Donald McCloskey, en su lugar había la foto de una maquillada dama, Deirdre McCloskey. ¿Acaso la hija? ¿O la esposa? No. Es él mismo (o ella misma) quien en 1995 cambió de sexo. Su cambio no obedeció a razones académicas, ya que los suecos no dan el valioso premio a damas. Pero no puede negarse su capacidad innovadora, que va al frente caiga quien caiga y cortando lo que haya que cortar.

Enrique Silberstein (1920-1973)
En la Argentina no han existido ni existen economistas clásicos que hayan llegado a la esencia de la cuestión y que hayan dejado huellas profundas de su pensamiento en la teoría económica. Son economistas vulgares, no sólo porque en ningún momento se han hecho presentes en la realidad nacional. Las constantes económicas, teóricas y prácticas, hacen que el país se desenvuelva como exportador de productos primarios y como importador de artículos manufacturados y de ideas. Ese factor económico constante: precios altos y costos bajos, es típico de una mentalidad empresaria subdesarrollada.” Esto decía Silberstein, un economista de cuya desaparición recordamos el 30º aniversario. Había nacido un 5 de enero en Rojas. Hizo la primaria y la secundaria en Rosario, terminó la universitaria en La Plata, y enseñó economía en Bahía Blanca. Pero era un porteño y una esquina le inspiró Cuentos en Corrientes y Paraná. Allí, en una mesa de café escribía sus obras de teatro –como Necesito 10.000 pesos, premiada– que el Teatro de los Independientes le ponía en escena. Colaboró en la “edad de oro” de la UBA, como prosecretario general y asesor económico del rector Risieri Frondizi, y participó en la fundación de Eudeba. El gobierno de Onganía atacó en 1966 la UBA y entonces Silberstein escribió la mayoría de sus obras: Keynes, Los economistas,Charlas Económicas, y tradujo Análisis Económico de Due. Incisivo, remedaba cómo habla un ministro de Economía: “Jamás el país estuvo peor, desde el punto de vista económico; hay que hacer toda clase de sacrificios para salir adelante; la estabilidad es lo fundamental; conseguida la estabilidad estamos salvados; la moneda sana es el objetivo de nuestra acción de gobierno; el déficit fiscal se reducirá hasta más allá de lo posible; terminaremos inexorablemente con la burocracia; las medidas impopulares que debemos tomar son inevitables; suframos hoy, que mañana (o pasado) estaremos bien”. También: Los constructores del capitalismo, Dialéctica económica y desarrollo, El asalto, Vida y milagros de nuestro peso. Durante casi dos años escribió “Charlas económicas” en El Mundo, de las que recopiló 181 (un cuarto del total). Dicen que Enrique se fue. Pero se nos hace que, escondido, nos mira, como duende burlón, buscando pasar desapercibido y sonriendo cuando ve que alguna de sus radiografías económicas sigue vigente.

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