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Lunes, 22 de octubre de 2012

TEATRO › EL BARRO SE SUBLEVA, ESCRITA Y DIRIGIDA POR NORMAN BRISKI

Subjetividad revolucionaria

La nueva obra de Briski es otra crítica al capitalismo, pero no se queda en el pesimismo sino que avanza hacia una propuesta.

 Por María Daniela Yaccar

Un postulado filosófico en el que se perciben huellas de Sartre y de Deleuze gira en El barro se subleva, la última obra que escribió y dirige Norman Briski. El dramaturgo vuelve a demostrar que es de los mejores a nivel local en eso de plantear ideas gigantes en cuerpos y textos, en lo particular del hecho teatral. El barro... es, como muchas obras de Briski –incluyendo la anterior, No te vayas con el amor o sin él–, una crítica al capitalismo, pero no se queda en el pesimismo sino que avanza hacia una propuesta: la configuración de una nueva subjetividad revolucionaria. “Mi sujeto (...) será acusado de inocente, boludo, trosko y anarco. Sea ésta la mejor definición del hombre que estoy buscando, y si la busco es porque ni está solo ni lo estoy yo porque me están leyendo”, escribió el autor para la contratapa del libro que contiene este texto y la novela Nagasaki de memoria (editorial Dunken).

El que no podrá ser acusado de “boludo” es el espectador de Briski, pues queda claro que con El barro... va a la caza de un público atento, desprejuiciado, ávido de preguntas y con ganas de seguir pensando cuando la obra termine. Es un trabajo extraño, alocado, en el que un solo hombre es todos los hombres (encarnados por el interesante Eduardo Misch), en donde a una escena con un perro de plástico que fallece le sigue otra en la que un reno navideño vende postales del fin del mundo con las caras de Marx y Engels. Después aparecerá un helicóptero de juguete que volará por los aires con una banana colgando. Locuras de Briski que, hay que decirlo, no son para cualquiera. Las mentes más posmodernas rechazarían, tal vez, este teatro importante, hecho de ideas potentes, que lleva a la máxima expresión su naturaleza de encuentro, de invención y de resistencia, palabras que gustan al autor.

Son episodios breves y delirantes que apelan más a las pasiones que al intelecto los que configuran el sentido total de El barro.... “La revolución no se hace con todos sabiendo. Está esa cosa de contagio, de compañerismo, de ‘si vos vas, yo también’”, expresó Briski a Página/12 previamente al estreno de su obra Las primas, en 2010. Sabe de lo que habla. Para entender mejor su producción no está de más conocer que a fines de los ’60 fundó el Grupo Octubre, que se especializaba en teatro asambleario en barrios y villas del país. También fue militante del Peronismo de Base. Se exilió en los tiempos de la Triple A y volvió al país con el retorno de la democracia. Durante el gobierno de Alfonsín fue encarcelado por su pasado militante. En 1984 fundó el Teatro Calibán, un sucucho al final de un largo pasillo ubicado en el barrio de Monserrat, donde, además de exponer su trabajo, da clases. Es posible, entonces, adivinar cuáles son las ideas que el actor pretende rescatar en El barro..., título que remite al tango “La última curda”. El barro sublevado es la revolución que nace desde abajo, la legítima, la popular.

Lo triste es que está sólo ese hombre escéptico que interpreta Misch, que es, en palabras de Briski, un intelectual que “genéticamente nació para creer que el mundo debería ser distinto”. No obstante, hay una paradoja que se establece a partir del hecho de que Misch esté solo en escena y que, a su vez, dé vida a un relato coral. El actor se pone sin exageraciones en la piel de otros personajes, como su novia o sus compañeros de prisión (ésta es una de las escenas más significativas de la obra). Se plantea una dicotomía: masa-asamblea. ¿Los otros existen realmente o son producto de la fantasía del hombre sin nombre? Es una de las dudas que deja el autor, no de escasa importancia si de un cambio social se trata. Misch realmente se la juega. Se pone al servicio de acontecimientos desopilantes que se incrustan casi deliberadamente –Briski es aquí un tirano– en una historia ambiciosa.

Aunque se reconoce primero como actor y después como todo lo demás, Briski hace un uso exquisito del lenguaje. También seduce desde la puesta. Frente a las gradas, a las que hay que subirse trepando, hay una cinta de peligro, porque la obra también transcurre en una fosa que hay en la sala. Desde allí, Misch hablará sobre la libertad y la sexualidad, un tema que está casi siempre presente en el teatro briskiano. En otro momento habrá una crítica al mundo cibernético. El traje de reno, con Misch subido a unos zancos, es de los más impactantes. Los recursos van por un lado bastante bizarro: una dentadura luminosa, un perro de plástico, sangre en escena. Y hay música en vivo, que se hace detrás de la platea.

“Estamos en el barro que se subleva. Necesito convencerme de que loco puedo, loco de creer que tengo yo la llave maestra. No sirven las conexiones explícitas, la ‘comunicación comunicacional’. Es por atrás, por debajo, subrepticiamente. Sin partido, sin miembros, por casual... porque sí”, dice, en un momento, el personaje de Misch. En este párrafo Briski da una pista de la revolución posible. El barro... es, desde la desesperanza, un canto a la esperanza. Es, también, el afán de un autor por encontrarse con otros que piensan parecido. El dijo alguna vez: “La mejor obra de teatro es la que termina en una asamblea”.

8-EL BARRO SE SUBLEVA

De Norman Briski

Elenco: Eduardo Misch.

Escenografía: Guillermo Bechthold y Daniel Ferrandino.

Iluminación: Magalí Luraschi.

Músicos: Federico Santisteban y Joaquín Chiban.

Sonido: Martín Pavlovsky y Pablo Largente.

Vestuario: Silvina Pedernera.

Realización de objetos de la escena: Débora Pitcovsky, Marilyn Sila.

Video: Ignacio Liang y Juliana Appel.

Mecanización de puertas: Sergio Baratucci.

Lugar: Teatro Calibán, México 1428, planta baja 5.

Funciones: Sábados a las 21. Localidades: 50 pesos.

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