espectaculos

Sábado, 5 de noviembre de 2016

TEATRO › CACTUS ORQUIDEA, DEL GRUPO ENSAMBLE ORGANICO, PUEDE VERSE EN TEATRO ANFITRION

Entramado rico en cuestiones afectivas

Con un puñado de historias de gente común, que se hilvanan a la vista del público en un espacio casi vacío, la obra ya va por su tercera temporada. La clave de ese éxito tal vez resida en que están barradas sin solemnidad, con humor y algo de magia.

Su nombre, Ensamble Orgánico, no podría ser más exacto. Se conocieron en la Escuela Municipal de Arte Dramático y Cactus orquídea, tercera obra del grupo, consolidó la idea de una estructura que se sostiene por la acción casi permanente de los intérpretes en escena, por los aportes de cada uno de ellos y por los del resto del equipo creativo. No hubo trabajo en compartimentos estancos. ¿El resultado? Una obra redonda, que respira simpleza y a la vez complejidad, sutil y emotiva. Va por su tercera temporada (los sábados a las 21.30 en Teatro Anfitrión, Venezuela 3340) a sala prácticamente llena.

El público lo componen adultos, jóvenes, algunos chicos, habitués del off y no tanto. La trama es sencilla: un puñado de historias de gente común en lugares reconocibles de Buenos Aires, con sus penas y alegrías cotidianas a cuestas, que se hilvanan a la vista del público en un espacio casi vacío. Tan sólo un dispositivo de madera que los actores manipulan (estructuras simples que devienen marcos, ventanas, pisos o paredes) y sugieren distintos espacios, como también la música que disparan desde un aparato y los objetos que usan. Todo está expuesto: sentimientos y acciones teatrales. Los ambientes se arman y desarman y la trama avanza como escenas de un libro plegable en constante movimiento. Son relatos de pérdidas, de soledades, de encuentros, de encierros y de búsquedas, sin grandilocuencia ni solemnidad, con humor y algo de magia, como el cactus que va pasando de mano en mano o las semillas que traen de vuelta, por unos instantes, a la persona fallecida.

Cecilia Meijide asumió esta vez la dirección y la dramaturgia. El punto de partida fueron preguntas, vivencias y mitos sobre la ciudad. “No quería hacer una obra sobre Buenos Aires, pero sí trabajar a partir de experiencias y temas que trajeran los actores. Y sobre todo me interesaba generar una dinámica especial en escena: que estén todos presentes, sosteniéndose aunque no actúen”, cuenta a Página/12. Fue un proceso de investigación que duró casi un año y medio. Ella aportó lo suyo, y también escribió a partir de las anécdotas y del material que cada actor iba sumando. Cada micro historia está cargada de detalles significativos, que tejieron juntos un entramado rico en cuestiones afectivas, como si la lupa estuviera puesta en el mundo interno de cada criatura. Ignacio Bozzolo es Boris, el ferretero que no puede olvidar a su mujer y va al Museo de Bellas Artes para reencontrarse con ella a través de un cuadro de Modigliani. Peque (Lucas Avigliano) es su empleado, un obsesivo compulsivo entrañable, que rotula todo acaso como un modo de mantener a raya ciertos demonios. El circuito se completa con Imelda, la guía del museo (Laila Duschatzky), acostumbrada –a pesar de sí misma– a los romances efímeros; Esmeralda (María Estanciero), la camarera amarga que se ilumina con su pasión por Frida Kahlo; y Denzel (Gastón Filgueira Oria), un empleado bancario que brilla en los videoclips mentales donde baila como loco. Hay más personajes, periféricos, que cada actor interpreta. Así arman un mapa colorido y diverso, con un efecto camaleónico. Todo está expuesto: armados escenográficos, entradas y salidas de los personajes, sentimientos. Ellos lo hacen todo: son actores pero también tramoyistas; mueven las estructuras de madera, ponen la música de cada escena, acercan los objetos. El hilo conductor es la historia sobre Boris que Imelda le cuenta al escritor falto de inspiración (también a cargo de Avigliano). A partir de eso, aparecen los vínculos con las demás historias, porque los personajes se cruzan en el bar, por ejemplo, y porque ciertos elementos los van uniendo. Como si todos pertenecieran a un todo que los engloba.

“Me imaginaba que las cosas tenían que aparecer e irse, como en esos libros infantiles con relieve, que abren mundos que se cierran cuando das vuelta la página. El trabajo de Javier Drolas y Soledad Ruiz Calderón, los escenógrafos, fue muy importante: presenciaron los ensayos y crearon este dispositivo que adopta distintas formas. También fue clave la escultora, que diseñó objetos como el pájaro, para que los actores pudieran moverlo con comodidad”, señala la directora. Para Estanciero, uno de los hallazgos de la propuesta es que hace foco en el corazón de los personajes.”Trabajamos mucho esos momentos de intimidad de cada uno, esos matices, que no son los que se muestran socialmente”, advierte. “Lo importante son los encuentros fortuitos con los demás, ahí aparece la posibilidad de un cambio”, agrega Duschatzky. En esta obra y en este grupo de artistas, más que el lucimiento personal priman las relaciones, las conexiones y las permanencias, a pesar de los cambios y de las ausencias. Por eso, constituye una invitación a entrar en un mundo en red donde todo está entrelazado.

Compartir: 

Twitter
 

Los integrantes de Ensamble Orgánico se conocieron en la Escuela Municipal de Arte Dramático.
 
CULTURA Y ESPECTACULOS
 indice

Logo de Página/12

© 2000-2018 www.pagina12.com.ar | República Argentina | Política de privacidad | Todos los Derechos Reservados

Sitio desarrollado con software libre GNU/Linux.