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Miércoles, 9 de noviembre de 2016

CULTURA › EMPIEZA LA 10° FERIA DEL LIBRO ANTIGUO DE BUENOS AIRES

“El soporte papel es la vida que rodea al objeto libro”

El encuentro se inaugurará hoy en el Centro Cultural Kirchner y podrá visitarse hasta el próximo domingo, con entrada libre y gratuita. Un vasto universo en el que convivirán textos antiguos con grabados, mapas, fotografías, afiches y manifiestos.

“Leer es ir al encuentro de algo que está a punto de ser y aún nadie sabe que será”, dice Ludmilla en la novela Si una noche de invierno un viajero, de Italo Calvino (1923-1985). El placer de esa inminencia maravillosa es uno de los principales anzuelos de la 10° Feria del Libro Antiguo de Buenos Aires, que se inaugurará hoy a las 18 en el Centro Cultural Kirchner (CCK, Sarmiento 151) y que podrá visitarse hasta el próximo domingo, con entrada libre y gratuita. La cita se ha convertido en un clásico que reúne a libreros anticuarios del país y del extranjero, bibliófilos, coleccionistas y lectores que año tras año disfrutan de hojear libros curiosos, raros, coleccionables y exquisitos, primeras ediciones con dedicatorias o correcciones manuscritas del propio autor o autora (ver aparte). Este vasto universo despliega ejemplares del siglo XV, libros de las vanguardias artísticas y literarias de principios del siglo XX, grabados, mapas, fotografías antiguas, afiches y manifiestos, entre otras piezas bellísimas en soporte papel. Miles de ojos de pupilas dilatadas por el asombro y la emoción se dedicarán a husmear en los stands de los quince expositores que participan de esta edición: Alberto Casares, Poema 20, Aquilanti & Fernández Blanco, Galería Mar Dulce, Helena de Buenos Aires, Hilario, Librería de Ávila, Librería El Escondite, Libros La Teatral, Los Siete Pilares, Martín Casares, Rayo Rojo, The Antique Book Shop, The Book Cellar & Henschel y Víctor Aizenman.

Tres generaciones de libreros se reúnen en la librería Aquilanti & Fernández Blanco, donde funciona también la sede de ALADA (Asociación de Libreros Anticuarios de la Argentina), que organiza la Feria del Libro Antiguo: Alberto Casares, cuya librería homónima creada en 1975 cumple 41 años; Lucio Aquilanti -Aquilanti & Fernández Blanco, combinación de la librería creada en 1939 por el español Gerardo Fernández Blanco, donde trabajó el padre de Lucio y el propio Lucio-; y Javier Moscarola, fundador de la librería anticuaria La Teatral. Los tres afirman ante Página/12 que “el libro antiguo es maravilloso” y polemizan sobre si el libro digital generará o no coleccionismo.

–¿Qué significa celebrar diez ferias?

Lucio Aquilanti: –Deberíamos vivirlo como una fiesta. En una ciudad tan importante en cuanto a cantidad de librerías –Buenos Aires es la ciudad con más librerías per cápita del mundo—, que no existiera esta feria antes era una deuda muy grande de los libreros porque tenemos una tradición de librería anticuaria súper importante. Yo estoy orgullosísimo de que hayamos llegado a esto.

Javier Moscarola: –En estos diez años hubo incorporaciones que hace evidente que el mundo del libro antiguo en Buenos Aires está muy activo, mantiene su interés y cada vez hay gente más joven.

L. A.: –La cantidad de gente joven que vemos no sólo entre los libreros es muy importante. El año pasado notamos que la gente que asiste a la feria es muy joven: un 60 por ciento tiene menos de 40 años.

–Que vayan jóvenes rompe el cliché del libro antiguo asociado a lo viejo, al estereotipo del bibliófilo con libros llenos de polvo, ¿no?

L. A.: –Exactamente, no sólo en el librero, sino en el coleccionista, porque siempre está la idea del coleccionista como un tipo que amarroca los libros. Hoy no es así y hay mucha gente coleccionando temas nuevos que antes no se coleccionaban. Veinte o treinta años atrás siempre se coleccionaba lo mismo. Hoy en día se ha ampliado mucho el panorama.

Alberto Casares: –Lo que pasa es que nos han favorecido las nuevas formas de comercializar el libro nuevo. El libro nuevo se comercializa en un 90 por ciento a través de las cadenas de librerías. Las librerías chicas están acorraladas y les resulta cada vez más difícil trabajar el libro nuevo porque las editoriales no se los dan, no les dan las condiciones para poder tenerlo. Entonces un poco se van refugiando en librerías como las nuestras, que mezclan no solamente el libro antiguo sino el libro agotado. Eso también te trae un público diferente.

J. M.: –El lector siempre se relaciona con el objeto; es una relación muy íntima y muy amorosa. Si uno es un lector, tiene una relación amorosa con sus libros. Si uno es un lector, quiere su biblioteca ordenada, quiere encontrar sus libros, recuerda sus propias marcas o disfruta las marcas de otras personas. Esa relación íntima con el objeto libro y el sujeto que lee naturalmente se desplaza hacia el amor al objeto también. Yo no conozco a ningún lector que tenga un desapego absoluto por sus libros. Ahí hay un germen de lo que nosotros hacemos.

L. A.: –Quien es amante de la literatura o de la historia es raro que diga: “quiero tener sólo veinte libros”. Quiere tener veinte mil. Y cuando tiene veinte mil quiere tener cuarenta mil. Ese también es un tipo de coleccionismo. El que acumula libros también está coleccionando de algún modo. Yo creo que hay muchos más coleccionistas de lo que se cree. Mucha gente se emociona ante el objeto libro, aunque no lo compre o no pueda acceder a comprarlo.

A. C.: –En nuestras librerías hay visitantes que quieren ver y tocar los libros. El contacto directo con una pieza de ese tipo, con una primera edición o un libro antiguo del siglo XVII, es fundamental. A veces te preguntan: “¿es verdad que este libro es del siglo XVII?” Y lo tocan como si estuvieran tocando un objeto sagrado. Y tiene algo de sagrado. El libro antiguo es maravilloso.

L. A.: –Lo más importante de la feria es acercar el libro antiguo al público general, un público que muchas veces no se anima a entrar a nuestras librerías pensando que hay que saber para entrar y no es así. Cuando van a la feria, descubren que los libreros son muchos más abiertos y que quieren compartir las cosas que tienen. Pero mucha gente que no está iniciada entre comillas, siente que tiene que estarlo para poder entrar a una librería. En la feria se siente mucho menos cohibida.

J. M.: –Lo interesante que tiene el mundo del libro antiguo, el libro de ocasión, justamente es que los libros aparecen. Incluso nosotros estamos expectantes para saber qué van a llevar nuestros compañeros de feria, qué van a exhibir, qué van a compartir. Somos los primeros que nos juntamos entre nosotros y hacemos una especie de intercambio de figuritas y nos asombramos de las cosas que fueron apareciendo a lo largo de este año. Cualquier lector, no sólo el coleccionista, si es un lector que lee como quien respira, encuentra en estos espacios un lugar de asombro.

A. C.: –Muchas veces saben más que uno de algún autor. No te compran nada, pero tenés una hora de conversación sobre la obra o la vida de ese autor que esa persona la quiere compartir con vos. Nosotros aprendemos de nuestros clientes.

–¿Cómo cambió el mundo del libro antiguo con las nuevas tecnologías?

A. C.: –El libro le gana siempre a todas las tecnologías y se alimenta de esas tecnologías. Gracias a todo lo que hay ahora, es mucho más fácil acceder a los libros. La gente busca un libro y lo encuentra en algún lugar del mundo, por lo menos ya tiene alguna referencia. Y cuando son piezas importantes hasta los podés mirar, leer, pasar las páginas. Tenés un acceso previo maravilloso.

J. M.: –La manera de compartir y traficar información gracias a las nuevas tecnologías es fabulosa. A veces uno piensa: esos libreros del siglo XIX, encerrados en sus cuartos con los libros y largos catálogos, es muy romántico. Pero si tuviera que elegir una época para ser librero anticuario es ésta, siguiendo el blog de Maggs en Londres, viendo lo último que compró John Windle o Camille Sourget en París. ¡Eso es increíble!

L. A.: –Yo soy un poco más conservador (risas). A mí me gustaba recibir el catálogo de Maggs en papel. Yo también uso mucho Internet, pero extraño ciertas cosas…

A. C.: –Los que empezamos a ser libreros anticuarios antes de Internet, yo por lo menos, me pregunto cómo hacía para buscar los libros para los clientes. Tenías que tener una memoria fabulosa y caminar todo Buenos Aires. Me acuerdo que alguien venía y me preguntaba: “¿usted tiene tal libro?”. “No, no lo tengo, pero se lo puedo conseguir”. Automáticamente me acordaba que lo había visto hacía seis meses en tal librería en la calle Corrientes, salía corriendo a buscarlo y se había vendido. Entonces tenías que buscarlo en otro lado y llamabas a cinco colegas por teléfono y cuatro te decían que no lo tenían, aunque lo tuvieran. Una cosa que hemos cambiando con ALADA es que hoy los libreros estamos mucho más abiertos entre nosotros. Aparte, si no estamos abiertos, alguien te dice: “che, vi el libro en tu página, si no me lo querés vender, no me lo vendas, pero no me digas que no lo tenés”. Lo extraordinario es que el libro no quedó postergado con las nuevas tecnologías; al contrario, está más que vivo que nunca.

L. A.: –Una vez me preguntaban por el libro en papel y el libro digital y quizá el mejor ejemplo que pude poner al respecto es que se puede leer digitalmente, pero es como tomar vino de una botella o de una copa. Yo prefiero de la copa. Me parece que la sensación es distinta y uno lo aprecia mejor con el papel. No es una cuestión romántica: uno lee mejor en papel y tiene otras emociones y otras sensaciones, desde el perfume del papel hasta el tipo de papel. Hay una diferencia muy grande y creo que esas tecnologías no van a terminar con el papel.

A. C.: –Las nuevas tecnologías no van a terminar con el libro, lo que pasa es que hay libros que tienen mucho más sentido que estén en forma digital y no en papel. No tiene sentido tirar árboles para hacer textos de medicina que tienen una vigencia de seis meses. El libro que no sirve para nada, que es el que nos gusta a nosotros, ese va a seguir en papel necesariamente.

J. M.: –Esto prueba que el problema no es el soporte sino la vida, es decir el libro que el visitante podrá disfrutar en la feria es un libro ilustrado por un artista que implica un disfrute visual, una primera edición con la dedicatoria del autor a su madre, por ejemplo. O anotaciones y correcciones de Sarmiento en un manuscrito con una encuadernación determinada. El soporte papel es la vida que rodea al objeto libro.

A. C.: –De todas formas, nosotros como libreros profesionales no tenemos que despreciar el libro digital. No deja de ser un libro.

–¿Habrá coleccionismo del libro digital, algo así como libreros anticuarios de ebooks?

J. M.: –Sí. Supongamos que hay un grupo de poetas en una localidad de La Pampa que está haciendo unas ediciones digitales que ninguno de nosotros conocemos. Ese grupo de poetas evoluciona, crece, ellos mismos pierden los archivos, desaparecen. Eso va a ser buscado y va a ser adquirido y disfrutado por futuras generaciones. Eso es coleccionismo. ¿Yo tengo ganas de salir a buscar colecciones digitales por la Argentina? No, pero estoy seguro de que alguien lo hará. Lo que se colecciona es lo que tiene una individualidad y lo que refleja la vida.

L. A.: –No, yo no creo que pueda existir el coleccionismo del libro digital. Quizá soy un dinosaurio, pero no creo que suceda (risas).

A. C.: –Yo creo que van a pasar cosas que nosotros ni nos imaginamos.

L. A.: –Una de las cosas que me lleva a pensar que la relación con el papel va a decaer muchísimo es que las nuevas generaciones van a aprender a leer con las computadoras; entonces no van a tener relación con el papel.

J. M.: –Lo que observamos nosotros que tenemos librería a la calle es que el mundo impreso genera fascinación en los chicos y adolescentes como ventana al pasado. “¿Se puede pasar?”, “¿Estos libros se venden?”, me preguntan chicos de 10 o 15 años. Esto es un brillo nuevo que tiene el libro, una novedad. Lo que sobrevuela en esta discusión es Apocalípticos e integrados de Umberto Eco: uno puede lamentarse o entrar en esta transformación.

L. A.: –El gran problema que está enfrentando la humanidad es la falta de placer y por eso hay que sostener el placer del papel.

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Tres generaciones de libreros: Lucio Aquilanti, Alberto Casares y Javier Moscarola.
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