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Sábado, 7 de febrero de 2009

COCO ROMERO, ANTE EL COMIENZO DEL CARNAVAL 2009

“Lo que el Carnaval necesita es músculo, hacer ejercicio”

Como referente ineludible del festejo del Rey Momo, Romero apunta que el crecimiento de las murgas es el principal sostén de la fiesta y que queda mucho camino por recorrer para resolver las contradicciones y la falta de una proyección federal.

 Por Andrés Valenzuela

Esta noche los bombos pasarán del ensayo a la función. Primero uno, luego otro. Así, en 29 corsos, zurdos y redoblantes, silbatos y platillos marcarán los tiempos de saltos, patadas y flameos para recibir al Rey Momo en su habitual fiesta de espuma, papel picado y lucecitas de colores. Hoy empieza el Carnaval en Buenos Aires, con la propuesta de salpicar y ser salpicado hasta el 1º de marzo.

Si de hablar de Carnaval porteño se trata, Coco Romero es un referente imposible de gambetear. Lleva una punta de años trabajando en el tema: más de 30. De ésos, 21 fueron desde el Centro Cultural Ricardo Rojas, donde dirige el Area de Circo, Murga y Carnaval de la que salieron varias agrupaciones, la más emblemática de ellas, Los Quitapenas. Si hasta escribió un libro, Murga porteña: historia de un viaje colectivo, y edita la revista de investigación Corsito. Nadie como él para analizar la situación del Carnaval en esta costa del Río de la Plata.

Carnaval que pasó de tener 40 corsos el año pasado a 29 (ver recuadro), aunque justo es decir que se sumaron centros culturales para otras actividades relacionadas, entre ellos el Rojas. Un festejo por el que desfilarán, según cifras oficiales, alrededor de 17.000 artistas populares en 105 murgas “y miles de instrumentos de percusión” y que, según Romero, “expresa las contradicciones de la democracia al mantener vigente una prohibición de la dictadura” (el decreto-ley 21.329 de 1976 con el que se eliminó del calendario los feriados de Carnaval).

Romero llama a articular los carnavales del país y a convertir la fiesta popular en auténtica política de Estado “porque la alegría del pueblo, el optimismo, es una herramienta de cambio. Jauretche lo decía: sin optimismo no pasa nada”. La cultura como herramienta transformadora. Viendo los números, es indiscutible que el fenómeno murguero experimenta un crecimiento sostenido. “Cuando empezamos, había diez murgas en toda la ciudad”, cuenta Romero. A partir de esta noche, serán 105 las que recorran las calles porteñas, sin contar las decenas que caminan y saltan empedrados y asfaltos del conurbano en cada partido bonaerense.

–Muchos críticos señalan que, pese a la mayor cantidad de murgas, cada vez menos gente va al Carnaval.

–Es que hay que difundirlo. Y además, faltan condimentos. ¿Cómo puede ser que no vaya disfrazada la gente? Si el que organiza el corso no hace una convocatoria formal, no interactúa con la gente, no sirve. Nosotros desde el Rojas lo hacemos. ¿En qué se gasta la guita en un corso? En vallas, baños químicos, la iluminación y el sonido. Los murgueros trabajan prácticamente gratis, porque la plata se te va en la movilidad y un sandwich para la noche. Goethe decía que el Carnaval es una fiesta que el pueblo se regala para sí. Es el teatro del pueblo, pero si tenés un problema con el pueblo ya es otro tema.

–También se suele criticar el Carnaval porteño comparándolo con el de Río de Janeiro, el montevideano, incluso el de Gualeguaychú.

–Es que la fiesta necesita un músculo. El Carnaval necesita ejercicio. Esa crítica ignora los orígenes y la historia del Carnaval porteño. En todos los países nombrados no sólo hay un pueblo que celebra, sino en todos los estamentos una producción cultural que abarca libros, discos y la misma producción del evento. Es toda una gimnasia la que permite la construcción de eso. Pero si vos tenés una fiesta prohibida, sólo un día de asueto en la ciudad y en el resto del país eso no corre, tampoco hay circulación entre los distintos carnavales del país y hablás con un tipo de Cultura y se dedican a la cultura-espectáculo...

–¿A qué llama “cultura-espectáculo”?

–A juntar dos o tres murguitas, un artista conocido y llenar con 50.000 personas. Eso no es Carnaval. El Carnaval es la articulación de la gente, que participa, cada estamento propone cosas. Es más horizontal. Quizás por eso es la fiesta con más prohibiciones de la historia, la que está presidida por una deidad expulsada del Olimpo por criticar. Esa simbología me parece sumamente interesante. Ahora, con la cantidad de expresiones artísticas que hay en este país, ¿cómo no va a haber una fiesta imponente? ¿Quién lo prohíbe? La propia dinámica. ¡Convoquemos a la gente!

Entonces Romero se frena un instante, toma aire y se ocupa de marcar algunos problemas del propio festejo carnavalero. “Acá hay que señalar las contradicciones, yo he ido a algunos corsos a los que no volvería. En contados corsos se ven disfraces, no hablemos ya de los enmascarados, el baile natural, actividades para la gente mayor, muestras, cine, todo lo relacionado con el festejo, como sucede en otros países”, descarga. La solución, asegura, está en analizar “las gramáticas” de los carnavales más convocantes para ver qué herramientas pueden aplicarse a la experiencia porteña y potenciarla sin perder sus rasgos característicos.

–¿Qué podría hacer el gobierno porteño para fomentar el Carnaval?

–En primer lugar hay un tema de presupuesto, que es delicado en una sociedad con una coyuntura híper complicada. Pero un corso debería ser un lugar adonde la gente le atraiga ir. Esto es: buena iluminación, sonido y una calle vestida de fiesta. Se está trabajando, están la Comisión del Carnaval, las murgas, se abrieron talleres. Están trabajando para encontrarle la vuelta, pero el Carnaval no nos pertenece, es una fiesta de todo el mundo y hay lugares donde se hicieron cosas interesantes que habría que mirar. Si el Carnaval se sostuvo todos estos años fue por el gran esfuerzo de las murgas.

–¿Y a nivel nacional?

–Ahí ya es más complejo, porque cada región se retrotrae para sí. Gualeguaychú se propone como el Carnaval del país, mientras Corrientes también tiene un Carnaval muy importante. Pero como el otro está más cerca de un centro urbano importante eso le juega a favor. También está la gran cosa del noroeste, con toda la región andina con un poder carnavalero muy fuerte. Visto así, la dimensión territorial de Argentina que parece una condena, también es una virtud, porque hay pocos países con esa variedad cultural: Litoral, Norte y Buenos Aires. Hay una cuarta región que es la de los exilios, todos los que fueron expulsados de su tierra y siguen reproduciendo su Carnaval en otro punto del país. Uno va a Comodoro Rivadavia y se encuentra una comparsa de indios salteños. O murgueros a los que el bombo se los lleva el viento. Hay que articularlos. Tímidamente alguien de turismo pone algo en Internet, pero sin una mirada cultural. Además, ninguna autoridad política hasta ahora ha derogado el decreto de la dictadura.

A lo largo de la charla, Romero vuelve a un recuerdo de su infancia, los corsos de mediados de los años ’60 a los que su tío lo llevaba. “Ese clima festivo es lo que me permitió, 40 años más tarde, seguir peleando por el Carnaval –cuenta–, pero para la sociedad de los adultos ése era un conflicto y un corso que se caía a pedazos, para ellos no tenía ningún valor. Pero para el niño era una patria.” El futuro del Carnaval, pues, parece estar en los niños. “Si a un chico se le niega esa posibilidad del teatro, la máscara, el juego, la poesía, el canto, el baile, la fiesta... prefiero mil carnavales a un Halloween.” El espíritu festivo, agrega Romero, “está metido desde siempre en las entrañas de la gente”.

Romero sugiere entonces ver el Carnaval con ojos de niño: “Hay que pensar en un espacio espiritual de alegría. Cuando uno crece reproduce ese espacio de la patria del niño, de la fiesta. Sueño con que todos los niños que vengan al corso vivan eso y que les quede”. Es que para él, “el tipo de 30 ya está quemado, jamás movió una pata y no la va a mover, quizás lo viva como una añoranza y diga ‘¡qué boludo que no sé bailar!’, y es una boludez, pero bueno, la sociedad quema a la gente”.

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“Hay que pensar en un espacio espiritual de alegría. Sueño con que todos los niños que vengan al corso vivan eso y que les quede.”
Imagen: Alfredo Srur
 
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