espectaculos

Viernes, 4 de noviembre de 2016

MUSICA › SUSANA RINALDI INICIA UN CICLO DE SHOWS EN EL PICADERO

“El cantante popular pone al pueblo delante de lo que canta”

La Tana celebra sesenta años con el 2x4, con conciertos en los que recorrerá el repertorio plagado de clásicos que la consagró en la Argentina y en el mundo. “Nadie podrá desapropiarme de lo que es mío y el tango es mío por esencia”, afirma.

Susana Rinaldi celebra sesenta años con el tango. Lo hace con un ciclo de seis conciertos, en los que propondrá un recorrido por ese repertorio que la consagró en la Argentina y en el mundo. Hoy y los viernes 11 y 25 y los sábados 5, 12 y 26 de noviembre, a las 20.30, en el teatro El Picadero, volverán aquellas versiones únicas de “Yuyo verde”, “Tinta roja”, “Naranjo en flor”, “A un semejante” o “El trompo azul”, entre otros temas que registra una discografía extensa y ejemplar, con verdaderos monumentos a Homero Manzi y a Cátulo Castillo, entre los clásicos. Además, claro, de esos diálogos con coetáneos que Rinaldi siempre supo entablar: Eladia Blázquez, Héctor Negro o Chico Novarro, a quien recientemente dedicó un trabajo íntegro. Junto a la cantante sonará un quinteto sólido, integrado por Nicolás Gerschberg en piano, Mariano Cigna en bandoneón, Jorge Pérez Tedesco, en violoncello, Juan Pablo Navarro en contrabajo y Juan Carlos Cuacci –arreglador histórico y cuñado de Rinaldi– en guitarra, arreglos y dirección musical.

Rinaldi es la gran lectora del tango, la que escuchó a los poetas, hizo propios sus versos y exaltó sus dramas. Fue cuando la década del 50 se agotaba y el género salía de las orquestas y los bailes para refugiarse en locales pequeños. En esa intimidad, a esos mismos tangos que antes otros habían bailado, “la Tana” les ponía gesto y peso dramático. Palabra por palabra, inventaba otra manera de cantar, que demandaba otra manera de escuchar.

Seis décadas después, sentada en un café de Belgrano, Rinaldi lo cuenta con naturalidad, como si todo aquello hubiese sido fácil. “No sabría decir si entonces tenía conciencia del desafío que asumía, con interlocutores como Cátulo Castillo y Homero Manzi. Yo llegaba desde el teatro, dispuesta a extraer esa base impresionante que está en lo que te cuenta el tango, que de pronto te está aventando lo que no querés oír”, dice la cantante al comenzar la charla con Página/12. “Yo estaba sola. De un lado tenía a la historia del tango, que yo no quería representar; del otro, el tango que nacía con Piazzolla, con el que tampoco me sentía involucrada. Quería sentirme incluida en José María Contursi, Manzi, Cátulo, en los poetas... Y como venía del teatro, pensaba desde ese lugar, como una actriz ante un texto”.

–¿La palabra antes que la música?

–Algo así. Había pasado por el Conservatorio Nacional, había educado mi oído, y sabía lo que debe y lo que no debe hacer una cantante. Todo lo otro me lo dio el teatro: la técnica y sobre todo el compromiso, la ética de saber y hacerme cargo de lo que estoy diciendo.

La memoria hace su recorrido y el camino es fascinante. Rinaldi puede contar sobre cuando Joan Baez preguntaba por ella: “¿Dónde está la tigre?”, decía; o cuando el gran violinista Yehudi Menuhim la citó para conversar después de escucharla cantar en Francia. “Yo no sé lo usted que canta, pero es maravilloso”, dice que le dijo. Recordando los años de París, aparecen Julio Cortázar, que mitificó su voz en un poema: “No sé lo que hay detrás de tu voz/ Nunca te vi, vos sos los discos/ Que pueblan por las noches este departamento de París”, dice en el comienzo; o Héctor Bianciotti, el escritor cordobés naturalizado francés.

“Con ellos se dio una comunidad, donde nunca me preguntaron si tenía plata, o si me gustaban los hombres o las mujeres. Eso me educó, primero medio a las trompadas, claro, porque yo venía de otro lugar, no estaba acostumbrada a esa libertad”, rememora Rinaldi.

“Para este ciclo de El Picadero me mandé un programa que espero que los muchachos me lo publiquen. Es simplemente el agradecimiento a personas más o menos conocidas que me acompañaron durante todos estos años”, observa ligando aquella historia al presente. “Ahora me acuerdo, por ejemplo, de Bruno Coquatrix, que fue el inventor del Olympia en el mejor momento de su historia, acercándose a lo popular desde un lugar artístico. En fin, esos amigos que ya no están pero viven en mí. Los que me ayudaron a interpretar esa libertad y me dieron convicciones”.

“Sin convicción no somos nada”, repite Rinaldi, y en algún momento de la charla lamenta no tener la edad “de esas mujeres que el otro día salieron a la calle, bancándose la lluvia, haciéndose escuchar, reclamando el lugar que les corresponde en una sociedad que no deja de ser machista”, en referencia a la última marcha que levantó la consigna “Ni una menos”. Pero no todas son caricias entre los recuerdos de la intérprete. “A veces pienso que como cantante no hice escuela y eso, para una artista comprometida con la vida desde todo punto de vista, es una decepción”, asegura.

–Pero hay un antes y un después de Susana Rinaldi. Sin ir más lejos, fue la primera que cambió el género en las letras...

–Eso es cierto. Recuerdo que cuando estrené “Porque amo a Buenos Aires”, en un verso Eladia Blázquez había escrito “Me siento el dueño de tu voz”, y lo canté “Me siento la dueña de tu voz”. Ahí empecé a cambiar el género en las letras. Le decía a Eladia: “¡vos sos la dueña!”, pero no había caso, ella lo grabó “sos el dueño”. No sé, tenía miedo a lo que pudieran decir. Algo parecido pasó cuando Héctor Negro escribió el hermoso “Viejo Café Tortoni”, pero no nombraba a Alfonsina Storni, que estaba ahí mañana, tarde y noche peleando con uno y otro. Yo le pedía que la incluyera, porque necesitaba que esa mujer estuviera. Qué sé yo... Era una pelea constante, en la que estaba sola. Pero bueno... ¡mejor sola que acompañada de un mal productor! (risas).

–¿En esa soledad se sintió parte del tango?

–Nadie pudo impedir lo que soy. En mi casa mi mamá tenía la radio prendida todo el día. Ella tenía buen gusto y cantó tangos hasta que se casó con mi papá, porque al tano distinguido le gustaba la ópera más que el tango. Y desde esa mezcla miré al barrio y sus historias. A mis primeros pequeños recitales asistía un público de lo que entonces era la sociedad porteña, que se enteraba a través de recomendaciones de Victoria Ocampo, de quien años después me enteré de que era mi admiradora. Esto pasaba en el momento en el que acabábamos de fundar el Centro de Estudiantes de Institutos Especializados, con alumnos del Conservatorio Nacional de Música, la Escuela Nacional de Arte Dramático, las escuelas de artes plásticas. En fin, en ese clima me formé y de ahí vengo. Nadie podrá desapropiarme de lo que es mío y el tango es mío por esencia.

–¿Qué es ser una cantante popular?

–Poner al pueblo delante de lo que se canta.

Compartir: 

Twitter
 

Rinaldi es la gran lectora del tango, la que escuchó a los poetas, hizo propios sus versos y exaltó sus dramas.
 
CULTURA Y ESPECTáCULOS
 indice

Logo de Página/12

© 2000-2019 www.pagina12.com.ar | República Argentina | Política de privacidad | Todos los Derechos Reservados

Sitio desarrollado con software libre GNU/Linux.