futuro

Sábado, 6 de enero de 2007

CIENCIA Y ARTE: RADIOGRAFIA ARTISTICA

El mundo privado de las cosas

 Por Federico Kukso

Los astrónomos y los médicos lo saben desde hace rato: el ojo, órgano maravilloso y de una historia evolutiva curiosa, es un órgano insuficiente para apreciar en todos sus detalles la faceta visible de la realidad. Es como si la naturaleza ostentara una dimensión oculta y preciosa que no exhibe, en un intento de preservar su intimidad y de conservar para sí la majestuosidad de sus secretos. Así se entiende la limitación inherente de la luz visible, pequeñísima porción de la luz existente en el universo. Rayos gamma, rayos X, los diversos niveles de ultravioleta e infrarrojo, las microondas y las ondas de radio están ahí, aunque uno no las advierta o ni se entere de que se es más de lo que se muestra; se es más de lo que se ve.

Hace 108 años y unos días, el físico Wilhelm Röntgen levantó la venda que hasta entonces cubría los ojos humanos y simplemente vio. El descubrimiento de la radiación X (o rayos X) –radiación electromagnética de alta energía que viaja como la luz común, pero que tiene la capacidad de atravesar la mayoría de los objetos– abrió la puerta a un universo escondido, un universo oculto. No sólo significó un avance tecnológico descomunal para la medicina (advertir lesiones óseas sin necesidad de desgarrar piel y músculo), sino que provocó un sacudón perceptivo, un electroshock retinal del que aún se sienten sus vibraciones. A fin de cuentas, abrió lo que estaba cerrado, exhibió lo escondido. Sus primeros experimentos rozan lo lúdico. Röntgen pispeó la interioridad de libros, cajas de cigarros, cofres de pesas, y la cara oculta de los naipes. Pero la sorpresa mayor la tuvo cuando accidentalmente atravesó la mano frente a la pantalla cortada por la radiación. Con el mismo tono lánguido de un taxonomista dejó escrito: “Si se interpone la mano entre el tubo de descarga y la pantalla, se ve la sombra oscura de los huesos de la mano”. Sin embargo, fue la mano de su mujer la que quedó asentada como la primera radiografía humana de la historia. Fue el 22 de diciembre de 1895 y el tiempo de exposición fue de 20 minutos.

Con bastante rapidez, Röntgen ascendió al rango de celebridad. El 13 de enero de 1896 el kaiser Guillermo II lo invitó a una cena en la que además de pronunciar un discurso bien protocolar, el prusiano tuvo la deferencia de mostrar el chiche en acción. El efecto fue inmediato: los presentes quedaron boquiabiertos.

También cundió el miedo, provocado claramente por el temor visceral a lo desconocido: cuando la noticia saltó el Atlántico, se presentaron leyes en estados como el de New Jersey prohibiéndose cualquier aplicación de rayos X a actores de teatro. Pero pasado el miedo inicial, el descubrimiento de Röntgen se masificó. Los rayos X no eran una tecnología compleja sino simple, al alcance de cualquier fotógrafo. Aparecieron así unidades baratas, se vendió ropa interior femenina opaca a los rayos X (para evitar ojos mirones), fueron utilizados en las zapaterías para ver si el pie entraba bien en el zapato y por supuesto los rayos X dijeron presente en las ferias de pueblo a través de demostraciones en vivo y en directo. Incluso la radiactividad llegó a usar utilizada a la hora de fabricar dentífrico y supositorios.

La efervescencia duró un par de años. Hasta que la gente que los utilizaba con la misma habitualidad con la que se lavaba las manos comenzó a caer como moscas, en el peor de los casos. Los que más sufrieron fueron los ayudantes de grandes científicos, como el asistente de Edison, que prestaba su mano para hacer placas demostrativas. Murió a los 29 años luego de varias amputaciones. Los signos generales más visibles, en cambio, fueron lesiones en la piel y caída del cabello.

Sin embargo, no todo fue éxtasis, muerte y consternación. Según varios historiadores del arte, los rayos X influyeron en gran medida en los cubistas de principios del siglo XX, al correrle la cortina a la realidad y presentar una dimensión alterna. Lo que comenzó como inspiración, se volvió con las décadas una técnica: de la misma manera en la que son utilizadas por técnicos y médicos, las radiografías actualmente sirven también para examinar obras artísticas y para revelar hasta las manías, retoques y errores enmendados de pintores y escultores.

Trascendiendo los límites de la dimensión material, uno de los artistas más reconocidos en esta nueva corriente es el fotógrafo francés Xavier Lucchesi, que no se achica ante nada: máscaras mortuorias africanas, estatuillas de tribus oceánicas, rollers, celulares, Barbies, cuadros de Van Gogh, lagartijas, revólveres, camiones y cuerpos enteros, son algunos de los objetos que posan frente a sus lentes especialmente alteradas para la ocasión. Pero así como entran, salen distintas. No los objetos en sí, sino los retratos radiológicos tomados por Lucchesi. Es el efecto voilà: la advertencia de la segunda dimensión de los objetos, aquella que va más allá de la superficie.

Su última exposición se centra ni más ni menos que en la obra escultórica de Pablo Picasso. Bajo el título de “Picasso Xrays”, Lucchesi desnuda las esculturas realizadas por el artista español entre 1930 y 1950. Tras someterlas a un bombardeo de fotones, el fotógrafo radiológico francés descubrió las entrañas artísticas de las obras de Picasso: clavos, restos de latas y juguetes ocultos, son algunos de sus hallazgos. En Buste de femme (Busto de mujer, 1931), por ejemplo, Lucchesi sacó a la luz una especie de figura alargada que se asemeja a un totem del neolítico y que hace de armazón o esqueleto de la pieza.

Lucchesi se valió de un instrumento similar a un escáner conectado a una cámara para ver donde el ojo está prohibido. De las fotografías –presentadas en el mismísimo Musée Picasso en París– se deriva que el autor de Les demoiselles d’Avignon acostumbraba a no desperdiciar nada: reciclaba todo lo que encontraba para convertirlo en armazones, los corazones estructurales de sus esculturas. “La cámara captura la piel de las cosas, pero las radiografías nos muestran su alma”, arriesga el fotógrafo francés, ratificando una vez más que lo esencial es invisible a los ojos.

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