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Sábado, 10 de marzo de 2012

Disparos en la madrugada (el destino de los Romanov)

 Por Raul Alzogaray

Las once personas que iban a morir abandonaron sus habitaciones poco después de las dos de la mañana. Primero salió Nicolás, que llevaba en brazos a su hijo Alejandro, de trece años. Lo siguieron su esposa Alejandra y las cuatro jóvenes hijas del matrimonio. Por último salieron la doncella, el médico, el asistente y el cocinero de la familia. Todos iban tranquilos y en silencio. Les habían dicho que iban a trasladarlos a un lugar más seguro, porque el ejército enemigo se acercaba a la ciudad.

Los hicieron esperar en un cuartito sin muebles, iluminado por una lámpara eléctrica que colgaba del techo. Alguien llevó dos sillas y Nicolás depositó suavemente a su hijo en una de ellas. De repente, diez hombres armados con pistolas y revólveres entraron al cuarto. Jacobo Yurovsky, jefe del escuadrón, se paró delante de Nicolás y le dijo que, dado que los simpatizantes de la monarquía seguían atacando a la Rusia soviética, las autoridades de la región lo habían sentenciado a muerte. La ejecución se llevó a cabo de inmediato.

Nicolás murió enseguida. Después, el escuadrón le disparó al resto de la familia y a sus acompañantes. El humo espeso e irritante que desprendían las armas impedía ver a las otras víctimas. Algunos tiradores hirieron accidentalmente a sus propios compañeros. Los gritos de las mujeres eran más fuertes que los sonidos de los disparos. Yurovsky hizo salir a sus hombres. Estuvieron un rato en el pasillo, con la garganta y los ojos irritados por el humo, alterados por lo que estaban haciendo. Del cuarto salían quejidos y sollozos.

Cuando los asesinos volvieron a entrar, siete de las víctimas seguían con vida. Los hombres dispararon de nuevo. Algunos usaron sus bayonetas. Minutos más tarde, un camión con los once cuerpos se alejó de la ciudad rumbo a un bosque cercano. Eran las tres de la madrugada del 17 de julio de 1918.

Buen padre de familia, mal gobernante

En marzo del año anterior, presionado por la revolución bolchevique, Nicolás Romanov, conocido como Nicolás II, emperador de Rusia, había abdicado. Buen esposo y padre de familia, Nicolás era muy religioso. También era antisemita. Los historiadores lo consideran un mal gobernante. Creía firmemente que su destino y el de Rusia estaban en manos de Dios. Durante su mandato, el pueblo ruso siguió siendo tanto o más pobre, y pasando tanta o más hambre que con los emperadores anteriores. Había jornadas laborales de dieciocho horas muy mal pagadas, y era común hacer trabajar a los niños en las minas y los campos de petróleo. Todo esto propició la revolución bolchevique.

Después de su abdicación, Nicolás y su familia se convirtieron en prisioneros del nuevo gobierno ruso. En mayo de 1918 los trasladaron a la ciudad de Ekaterimburgo, al este de los Montes Urales, cerca del límite entre Europa y Asia. Permanecieron arrestados en la Casa Ipatiev, la residencia privada más importante de la ciudad.

Unos meses antes, los simpatizantes del emperador habían iniciado una guerra civil y ahora se acercaban a Ekaterimburgo. Las autoridades bolcheviques de la región de los Urales pensaban que los Romanov no debían seguir con vida. Si la familia imperial era rescatada, se convertiría en un estandarte de la contrarrevolución. Las autoridades locales decidieron asesinar a toda la familia.

Huesos

En septiembre de 1978, el geólogo Alejandro Avdonin y el escritor Geli Ryabov, que también era funcionario del Ministerio del Interior, encontraron un madero enterrado en un bosque cercano a Ekaterimburgo. El descubrimiento los excitó, porque sabían que los Romanov habían sido sepultados en esa zona, y que sobre los restos de la familia se habían colocado maderos de vías de ferrocarril. Su principal fuente de datos era un informe donde Yurovsky, el jefe del escuadrón asesino, describía con lujo de detalles lo sucedido aquella noche en la Casa Ipatiev, pero no indicaba el lugar exacto donde habían sepultado los cuerpos.

La siguiente primavera, Avdonin y Ryabov volvieron al lugar e hicieron un pozo. Encontraron tres capas de maderos de ferrocarril y, más abajo, los restos óseos de varias personas. A pesar de su cargo en el ministerio, Ryabov no consiguió ayuda oficial para realizar una investigación. Cuando sus amigos del Comité de Seguridad del Estado le aconsejaron olvidar el asunto, decidió dejar todo como estaba.

Pasaron diez años y las cosas empezaron a cambiar. A fines de los años ’80, el jefe de Estado, Mijail Gorbachov, impulsó las reformas que iban a conducir a la disolución del Partido Comunista y de la Unión Soviética. El 10 de abril de 1989, unos meses antes de la caída del Muro de Berlín, el diario Noticias de Moscú publicó una nota donde Ryabov revelaba lo que habían descubierto en el bosque.

El gobierno autorizó una investigación oficial. De la fosa común se recuperaron cerca de ochocientos fragmentos de huesos. Los expertos rusos estimaron que pertenecían a cuatro hombres y cinco mujeres, tres de ellas muy jóvenes. Este resultado coincidía con la narración de Yurovsky, quien afirmaba que sus hombres enterraron nueve cuerpos en una fosa, pero que los otros dos fueron quemados con gasolina y sepultados en otra parte.

Los huesos presentaban agujeros de balas y marcas de armas blancas. Los rostros estaban tan destrozados que no se pudo hacer una reconstrucción facial (el informe de Yurovsky decía que, para dificultar la identificación de los restos en caso de que alguna vez fueran encontrados, ordenó arrojar ácido sulfúrico sobre los cuerpos y desfigurar los rostros a culatazos). Como Rusia no tenía los medios para realizar análisis de ADN, le pidió ayuda al gobierno inglés. El genetista ruso Pablo Ivanov voló a Londres con pequeños fragmentos de fémures y tibias de los nueve esqueletos.

ADN

En las células humanas, el ADN se encuentra dentro de dos compartimientos: el núcleo (ADN nuclear) y las mitocondrias (ADN mitocondrial). La mitad del ADN nuclear de una persona proviene de su padre; la otra mitad, de su madre. El ADN mitocondrial, en cambio, proviene íntegramente de la madre. Esto se debe a que cuando ocurre la fecundación, las mitocondrias de los espermatozoides no ingresan al óvulo. Por lo tanto, todas las mitocondrias de una persona, sea hombre o mujer, derivan solamente de las que había en el óvulo originado por su madre.

Al comparar el ADN nuclear de los huesos que Ivanov llevó a Londres, los ingleses descubrieron que las tres jóvenes mujeres eran hijas de dos de los adultos encontrados en la fosa. También se hizo evidente que no había parentesco alguno entre estas cinco personas y las otras cuatro.

Para probar que los padres de las tres jóvenes eran Nicolás y Alejandra, era indispensable conseguir ADN de sus parientes vivos o muertos. Felipe, duque de Edimburgo, esposo de la reina Isabel II de Inglaterra y sobrino nieto de Alejandra, aceptó entregar una muestra de sangre. Como el duque era pariente de la ex emperatriz por línea materna, los investigadores extrajeron el ADN de sus mitocondrias. Los ADN mitocondriales de Felipe y la mujer de la fosa resultaron idénticos. Ella era Alejandra.

Para identificar a Nicolás se comparó su ADN mitocondrial con el de dos parientes por línea materna y con el de su hermano, el gran duque Jorge, que murió de tuberculosis en 1899 y fue sepultado en la catedral de San Pedro y San Pablo, en San Petersburgo. Al finalizar el estudio, los científicos calcularon que la probabilidad de que el hombre de la fosa fuera Nicolás era superior al 99,99 por ciento.

La otra tumba

Cuando los asesinos volvieron a entrar, Alejandro Romanov seguía sentado en la silla donde Nicolás lo había dejado unos minutos antes. Estaba “aterrorizado”, relató más tarde Yurovsky. “Su rostro ceniciento estaba salpicado con la sangre de su padre”, describió otro de los presentes. Le dispararon varias veces. Alejandro cayó al suelo, pero no murió. Lo atacaron con una bayoneta y tampoco lograron ultimarlo. Todos ignoraban que, al igual que su madre y sus hermanas, debajo de su ropa escondía las joyas de las que los Romanov nunca se separaban. Estaba literalmente envuelto con piedras preciosas que actuaban como un chaleco antibalas. Finalmente, Yurovsky sacó la pistola Colt que llevaba en el cinturón y disparó las dos balas que pusieron fin a la vida de Alejandro.

En la madrugada del 19 de julio de 1918, en medio de un bosque cercano a Ekaterimburgo, los hombres de Yurovsky rociaron con gasolina a Alejandro y a una de sus hermanas y les prendieron fuego. Después arrojaron a un pozo lo que quedaba de los dos cuerpos. Los cubrieron con tierra y alisaron el terreno. Más tarde, en otra parte del bosque, sepultaron los nueve cuerpos restantes.

Un día de julio de 2007, en un claro del mismo bosque, Sergio Plotnikov encontró una ligera depresión del suelo. Plotnikov era un profesional de la construcción que los fines de semana trabajaba como voluntario en un equipo de historiadores aficionados que buscaban los restos de los dos Romanov perdidos.

Al hundir su pica en la depresión, algo ofreció resistencia y se escuchó un crujido. Podía ser carbón, pero también podía ser lo que estaban buscando. Llamó a uno de sus compañeros y se pusieron a cavar. Encontraron unos huesos que parecían humanos.

Al mes siguiente se hizo público el hallazgo de los restos de un muchacho de unos doce años y una joven de alrededor de veinte. Los huesos estaban en muy mal estado y presentaban señales de haber sido expuestos al fuego. Se recuperaron poco más de cuarenta fragmentos, incluidos algunos dientes (que son las partes más duras del cuerpo humano y, por eso, las que mejor se conservan).

Anticipándose a las posibles críticas, y para garantizar la transparencia de los resultados, el gobierno ruso envió muestras de los huesos a laboratorios de diferentes países para que hicieran análisis independientes. Todos coincidieron. El ADN indicaba que los restos correspondían a un varón y una mujer que eran hijos de la pareja encontrada dos décadas antes en la primera tumba. Alejandro y su hermana habían sido encontrados.

Epilogo

Mientras los Romanov permanecieron en la Casa Ipatiev, los bolcheviques la llamaban “Casa del Propósito Especial”. Cuando terminó la guerra civil, el edificio fue preservado como Museo de la Venganza del Pueblo. En 1977, Boris Yeltsin, en aquel entonces primer secretario del Partido Comunista en Ekaterimburgo, la mandó demoler. En su lugar se levanta hoy la Iglesia sobre la Sangre, llamada así para conmemorar lo que ocurrió en la madrugada del 17 de julio de 1918.

A lo largo del siglo XX, muchas personas afirmaron ser Alejandro, Anastasia o alguna de las otras hijas de Nicolás y Alejandra Romanov. La identificación de los restos encontrados en las dos tumbas del bosque puso fin a todas las imposturas. Considerando la evidencia reunida, la posibilidad de que los restos no pertenezcan a la familia Romanov es bajísima.

Los rusos y los estadounidenses nunca se pusieron de acuerdo acerca de la identidad de la joven sepultada en la segunda tumba. Para los rusos, es María; para los estadounidenses, Anastasia. La evidencia aportada por el ADN es insuficiente para resolver esta cuestión.

Entre 1991 y 1998, los restos encontrados en la primera tumba permanecieron en la morgue de Ekaterimburgo. Era fácil acceder al lugar, así que, además de científicos que iban a estudiarlos, entraron curiosos, personas que querían ofrecer sus respetos a los difuntos y ladrones que lograron llevarse algunos huesos.

El 17 de julio de 1998, al cumplirse ochenta años de la ejecución de los Romanov, los restos de las nueve personas encontradas en la primera tumba fueron sepultados en una capilla de la catedral ortodoxa de San Pedro y San Pablo, en San Petersburgo.

En agosto de 2000, la Iglesia Ortodoxa Rusa declaró strastoterpets a Nicolás, su esposa y sus cinco hijos. El término significa “portadores de pasión” y representa una categoría de santidad. A diferencia de los mártires, que son asesinados a causa de sus creencias, se considera portadores de pasión a quienes enfrentaron la muerte con humildad cristiana.

La iglesia no encontró razones para declarar portadores de pasión a la doncella Ana Demidova, al médico Eugenio Botkin, al asistente Alejandro Trupp ni al cocinero Iván Kharitonov. Estas cuatro personas acompañaron voluntariamente a los Romanov mientras la familia estuvo arrestada. Nunca se imaginaron que los iban a seguir hasta la tumba.

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LOS ROMANOV: EL ZAR NICOLAS II Y SU FAMILIA.
 
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