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Sábado, 3 de mayo de 2014

DATOS DE AQUI Y DE MAS ALLA DEL ATLANTICO

El significado social de la inversión científica

Un reciente informe sobre los números de la ciencia en Iberoamérica deja al descubierto ciertas paradojas estructurales que afectan al desarrollo de una ciencia y una tecnología autónomas en los países de Latinoamérica en relación con las naciones centrales.

 Por Marcelo Rodríguez

Con los guarismos indicadores de la actividad científica hay que tomarse tiempo y hacerle honor a la complejidad porque, como se ocupó de aclarar Rodolfo Barrere, director de la última edición del informe El estado de la ciencia –publicado por la Red de Indicadores de Ciencia y Tecnología (Ricyt)–, “ningún indicador por sí solo indica demasiado”, sino que sólo teniendo varios es posible contar con un abanico de datos cuyo significado real, en definitiva, “se termina de armar en la cabeza de quien lo está mirando”. Esta ONG viene presentando cada año desde 1996 una nueva edición de su informe, en donde cruzan información cuantitativa sobre investigación y desarrollo científico y tecnológico (la ya consabida fórmula “I+D”, que designa el peso del sector científico dentro de la actividad económica) brindados en su mayoría por los organismos estatales de gestión de ciencia y tecnología de los países de América latina y el Caribe, a los que se agregan España y Portugal. Esto último permite tener información comparada sobre el sector tomando Iberoamérica como unidad, y paralelamente analizar las potenciales diferencias que existen entre los países de la región y las dos mencionadas naciones, integradas a la Unión Europea, lo que permitiría presuponer diferentes patrones de desarrollo tecnocientífico comparados.

Con ese mismo objetivo de análisis se introducen datos de los países de OCDE, el club formado por 34 países –la mayoría de los de Europa occidental, América del Norte, Japón, Australia y Nueva Zelanda, a los que (¿inevitablemente?) se toma como modelo de desarrollo–, y que integran también México y Chile entre los latinoamericanos.

Datos de dos mundos diferentes

La diferencia entre países europeos y los latinoamericanos en cuanto a lo que se invierte en I+D aparece de manifiesto cuando se compara la unidad “América latina y el Caribe” (ALC) contra “Iberoamérica”, porque allí se ve por decantación cuál es el peso de los países europeos (España y Portugal) en el bloque iberoamericano. La inversión en ALC en I+D durante 2011 fue de 44 mil millones de dólares, contra 68 mil millones invertidos en el conjunto del bloque iberoamericano, lo que implica que sólo las dos naciones que ocupan la península ibérica invierten más de la mitad que todos los países latinoamericanos juntos en ciencia y tecnología.

Desde el año 2002, los números absolutos de esa inversión en el sector se incrementaron más del doble en ambos casos, pero la proporción sigue siendo la misma, a pesar de que a causa de la actual crisis económica que atraviesa, la inversión en España bajó un 5 por ciento.

Esto, sin embargo, no debería ser leído al pie de la letra, porque en ALC, el 92 por ciento de la actividad científica se concentra solamente en tres países, para ser optimistas: Brasil, México y Argentina, con una amplia preponderancia de Brasil. Estos tres países, según los datos recopilados por la Ricyt, concentran el 87 por ciento de los recursos humanos en investigación que se encuentran trabajando en toda la región latinoamericana.

El caso de Brasil

Sin embargo, de esos tres países es Brasil el único que empuja hacia arriba el promedio de recursos que la región latinoamericana vuelca en I+D en relación con su PBI. Con un 1,21 por ciento de su producto bruto invertido para desarrollar ciencia y tecnología, supera por mucho el 0,78 por ciento del total del bloque ALC, y es casi el doble de lo que invierte en relación con su PBI la Argentina, que es el país que le sigue en la lista, con un 0,65 por ciento.

El resto de Latinoamérica, con participaciones ya de por sí menores en valor absoluto en el sistema científico mundial, cuenta con una participación relativa aún más baja respecto de su PBI.

En la presentación del anuario, Barrere destacó otro de los esquemas que rompe Brasil en el contexto latinoamericano, aunque esta ruptura terminaría siendo a la larga muy relativa: como aparente excepción a la regla de que toda la inversión en investigación en nuestros países queda a cargo del Estado, en el país vecino las empresas cuentan con una alta participación dentro del sistema científico.

Es relativa, porque esa participación empresaria, si bien da cuenta de una fuerte orientación del sistema en conseguir aplicaciones para el sector productivo, no debe confundirse necesariamente con inversión privada. Por el contrario, este rubro “empresas” incluye a las empresas públicas, y particularmente a las megacompañías del sector energético Petrobras y Embraer, que cuentan con un papel claramente protagónico, que ostentan una participación claramente mayoritaria en el sector CyT de sus país.

En resumen, la regla no está rota, porque el gran ausente en el desarrollo científico autónomo en las naciones de América latina, a diferencia de lo que sucede en los países del Norte a los que se sigue mirando como modelos, es la inversión privada. De esta manera, e independientemente de la valoración que se pueda hacer del fenómeno, es probable que el avance logrado en cada una de nuestras naciones –sea mucho o sea poco– pueda ser visto como un indicador del desarrollo, pero no como un motor para incrementar la productividad social o la generación de riqueza. No es que no lo sea (que quede claro): es que quienes tienen el poder de invertir no lo ven así.

¿En qué trabaja un científico?

Yendo del nivel macro al micro, el mencionado informe también recoge una preocupación habitual en el mundo de la ciencia, que es la de evaluar el trabajo de los investigadores con métodos capaces de dar cuenta de su dedicación a la actividad de una manera más abarcadora que el habitual sistema consistente en contar la cantidad de papers publicados. En este sentido ya había sentado un precedente el llamado Manual de Buenos Aires, presentado por la propia Ricyt en 2010.

En esta ocasión, los investigadores Santiago Barandarián y María Guillermina D’Onofrio presentaron resultados de un relevamiento hecho sobre 7444 integrantes de la carrera de Investigador Científico del Conicet, con el que buscan sistematizar modos de evaluación más amplios del perfil profesional. En el trabajo, publicado en el Anuario, se interrogó por el grado de participación que estos científicos tenían en las áreas de actividad más “clásicas”, como la docencia y la investigación (esta última, por cierto, mayoritaria, ya que el 93 por ciento de la muestra dio cuenta de una participación “alta”), pero también áreas menos típicas, como el desarrollo de innovaciones para el sector de servicios, las tareas de gestión (donde sorprendentemente apenas un 2 por ciento de los científicos evaluados participa intensivamente, mayormente en el sector de la salud) y la divulgación en publicaciones por fuera del ámbito estrictamente académico.

Entre otros datos interesantes, se vio que un 41 por ciento de los científicos tiene una alta participación en la formación de recursos humanos, tarea que no siempre es convenientemente valorada en el sistema, y que la participación en el sector de servicios, que actualmente se busca alentar, es por ahora muy escasa, salvo en los ingenieros y tecnólogos.

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