futuro

Sábado, 6 de septiembre de 2003

HISTORIA DE LA CIENCIA: SUSTANCIAS QUE NUNCA EXISTIERON

Cómo se desvaneció el éter

Por Leonardo Moledo

El éter oscilaba malamente entre el ser y la nada. Cuando Newton tomó las riendas del mundo, construyendo un sistema pavoroso y universal basado en la acción a distancia y las fuerzas que se propagan a través del vacío, el éter corrió serios riesgos de extinguirse de a poco y caer en el mismo olvido de las sustancias mitológicas, como el néctar y la ambrosía que los dioses bebían en cálices de plata.
Pareció que el éter había perdido toda posibilidad de existir. Pero no. El éter era demasiado atractivo, y sobre todo demasiado cómodo, como para que los científicos, al ver el universo vacío que había inventado Newton, pudieran resistir a la idea de volver a llenarlo de inmediato y convertirlo, nuevamente, en un plenum. El mismo Newton creía flojamente en el éter y le atribuía el origen del calor.
En realidad, el problema, como tantas veces, y en especial si se mira el Génesis, era la luz. Las concepciones tradicionales y que el propio Newton elevaría al rango de gran teoría física concebían a la luz como un flujo de corpúsculos. Tanto Hooke en su Micrographia como Huygens más tarde, propusieron una teoría de la luz radicalmente distinta: sostenían que los fenómenos luminosos se explicaban mucho mejor partiendo de la hipótesis de que la luz no está formada por corpúsculos, sino que consistía en ondas, pequeñas vibraciones.
¿Vibraciones de qué? Porque cuando la luz se propaga en el vacío... ¿qué es lo que vibra? El vacío no es nada, y la nada no puede vibrar. El éter aprovechó y se deslizó por la ranura luminosa. El universo geométrico de la Revolución científica, el universo que era puro espacio abstracto donde se movían los átomos regidos por la gloriosa ley de la gravitación universal y el principio de inercia, volvió a llenarse de pringoso éter medieval para que la teoría ondulatoria pudiera vivir y hubiera algo que vibrara transportando la luz.
Ya no era un éter activo, como el que proponía Descartes; ya no tenía las propiedades mecánicas que lo llevaban a formar torbellinos y generar los movimientos; ya no era un éter que formaba los cuerpos celestiales de Aristóteles, ahora era un éter puramente pasivo, que no ofrecía ninguna resistencia al movimiento de los cuerpos que lo atravesaban (o que él atravesaba).
El éter ya era de por sí bastante inverosímil, pero a medida que la teoría ondulatoria de la luz se afianzaba, fue adquiriendo características estrafalarias. Los trabajos de Young y de Fresnel mostraron que las vibraciones luminosas eran perpendiculares a la dirección de propagación. Pero para que esto pudiera ocurrir, el éter tenía que ofrecer algún tipo de resistencia a la deformación. Pero si esto ocurría, resultaba que el éter se comportaba como un sólido elástico. Lo cual ofrecía un no pequeño inconveniente: ¿cómo hacían los inmensos planetas en el cielo para atravesar enormes distancias de un sólido elástico? Se había alcanzado la posición exactamente inversa a la de Aristóteles. Aristóteles ya no estaba, sus teorías no se usaban más, pero el éter, dicen, es más éter(no) que los filósofos.
Este asunto de los planetas era un engorro, pero se solucionó con cierta facilidad: G. G. Stokes en 1845 –y note el etéreo lector, mon semblable, mon frère, el año– sugirió que el éter se comportaba como un sólido para las vibraciones muy rápidas como las de la luz, pero como un fluido para movimientos muy lentos como los de los planetas. Y así. Todo mejoró aún más para el éter cuando el físico escocés James Clerk Maxwell, entre los años 1864 y 1873, unificó los conceptos de electricidad y magnetismo mostrando que eran aspectos de un único fenómeno –el electromagnetismo– y mediante un puñado de leyes muy simples logró explicarlo por completo. Era una vasta síntesis de tipo newtoniano y que no ahorró notables predicciones; entre ellas, la que afirmaba la existencia de ondas electromagnéticas (la luz misma, sugirió Maxwell, no es sino un fenómeno electromagnético). Afirmaciones puntualmente verificadas un puñado de años más tarde, cuando Hertz detectó las ondas adivinadas por Maxwell, y que hoy nos deparan placeres y delicias como la radio y la televisión. ¿Y dónde se propagaban estas ondas? Ahora el éter había conseguido ser indispensable, que era lo que quería desde el principio.
Pero ya las cosas pasaban a mayores. Para esa época ya se manejaba la tabla de Mendeleiev y se estaba ante las puertas de la radiactividad. ¿Cuál era la naturaleza y el lugar de algo como el éter? ¿De qué estaba hecho? Parecía una sustancia puramente metafísica, pero si lo era, ¿de qué manera una sustancia puramente metafísica puede comportarse como un sólido elástico o como un fluido? El éter no sólo era químicamente molesto, sino completamente anacrónico. En realidad, el éter era una porquería.
Y además, estaba en reposo absoluto. Eso era lo peor de todo. Porque si el éter estaba en reposo absoluto, el movimiento absoluto debía existir también. Enterrar los conceptos de reposo y movimiento absolutos había costado una dura lucha. ¡Y ahora volvían en un caballo etéreo!
Pero además, si el éter, en reposo absoluto, llenaba todo el universo, al moverse la Tierra a través de él, debe recibir una corriente de éter (de la misma manera que un avión en movimiento recibe una corriente de aire). Entonces, si se envía un rayo de luz en sentido paralelo y contrario a la corriente de éter, esta corriente lo retrasará, de la misma manera que la corriente de un río es capaz de retrasar una barca. Y este retraso constataría la existencia efectiva del éter.
Y bien. El físico norteamericano Michelson, perito en medir la velocidad de la luz, llevó a cabo el experimento en 1881. Montó los aparejos y afinó los instrumentos para captar el retraso, por ínfimo que fuera. El rayo partió y llegó sin ningún retraso. Ningún viento de éter lo había perturbado. Finalmente, el éter, que no sólo no existía, sino que nunca había existido, pero que durante dos milenios había luchado tenazmente por existir, perdió su última batalla. Y se precipitó en la nada.

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Vientos de eter. Juno le pide a Aeolus que libere los vientos. F. Boucher (1703-1770).
 
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