futuro

Sábado, 24 de enero de 2004

INVENTOS Y COSTUMBRES: DIATRIBA CONTRA EL AUTO Y...

Elogio de la bicicleta

Por Esteban Magnani

Llega el verano y los cuerpos que estaban olvidados bajo toneladas de ropa empiezan a recordarse. Entre las muchas consecuencias que esto tiene para la vida cotidiana están las que incumben a las bicicletas, que tras ser engrasadas y ajustadas, se echan a rodar por la ciudad. Así es que esas piernas que se aburrieron sobre pedales de automóviles, escaleras mecánicas, ascensores y demás, para ganar el tiempo que luego debería utilizarse en el gimnasio, ahora pedalean por las calles como si se tratara de una osadía. En las grandes ciudades, las bicicletas parecen limitadas al ghetto de las actividades recreativas de los fines de semana (a menos que el bolsillo obligue, claro). Es que esos días no hay que lidiar con los apurados y estresados automovilistas.
Durante la crisis argentina de los últimos años la necesidad se disfrazó de ciclista y las “bicis” se multiplicaron. Algo similar había sucedido a los coquetos parisinos en 1995, durante uno de los paros de transporte más importantes de la historia francesa, cuando descubrieron las bondades del ciclismo y los roller. Por desgracia, cuando hay un poco de plata o se sienten minoría, muchos ciclistas vuelven al miedo de rodar entre las “jaulas ambulantes”, como las llama Galeano. No alcanza con las marcas en el piso que señalan la existencia de bicisendas o “carriles preferenciales” (como los que decoran algunas avenidas porteñas, cordobesas o próximamente rosarinas). Mejor no quejarse: peor la pasan en México DF donde el gobierno recomienda no andar en bicicleta a causa de la contaminación, en lugar de reducir, como sería de esperar, la circulación de autos. ¿Esto no recuerda la lógica bushiana de talar árboles para evitar incendios?

La mejor amiga del hombre
La Encyclopedia Britannica asegura que la bicicleta es el medio conocido más eficiente para transformar la energía humana en propulsión. A pesar de que el mito indica que fue Leonardo da Vinci quien “inventó” la bicicleta, esta enciclopedia ni lo nombra como precursor, probablemente porque lo suyo no pasó del esbozo.
La primera bici concreta, que no contaba con pedales sino que el ciclista debía caminar sentado sobre ella, la exhibió su inventor, el Barón Karl de Drais, en París en 1818. En 1839 el herrero Kirkpatrick Macmillan construyó la primera con pedales, que estaban fijados a la rueda como en un triciclo. Luego vendría, en 1874, la primera bicicleta con una eficiente cadena de transmisión, y más tarde los cambios y el resto de la historia del ciclismo.
En el siglo XX, el lugar de la bicicleta tuvo más que ver con el desarrollo de una sociedad en la que el cuerpo es una mercancía al servicio del consumo. Se le vende comida grasosa que luego se deberá eliminar con medicamentos y gimnasia. Se le ofrecen cigarrillos y parches para dejarlos. Se promete la libertad de un auto a quien debe esclavizarse para mantenerlo. Poco lugar queda en sociedades así para el ritmo esforzado y contemplativo de la bicicleta que fortalece corazón y espíritu.
Es que su gran competidor, el auto, a fuerza de antieconómico e insalubre, es intrínsecamente egoísta. A veces toda esa tonelada de metal y tecnología se usa sólo para protegerse del ruido, el smog y el calor que producen los otros autos. Además, si todos pudieran cumplir con el sueño de tener uno, sólo podrían conducir unos metros hasta el próximoembotellamiento, de la misma manera que si la población mundial consumiera tanto como los habitantes del primer mundo, serían necesarios diez planetas más para abastecerlos. No importa. Ya se verá. Por eso en Beijing el gobierno chino estimula a los cerca de 8 millones de ciclistas que ocupaban las calles de la ciudad para ir a trabajar (y reducir sus riesgos coronarios) a tomar el transporte público. ¿Por qué? Para que los nuevos automovilistas del boom económico puedan ocupar los carriles de bicicletas. Saque el cálculo: 1,5 m2 cómodo por ciclista y no menos de 5 m2 por auto (lleno o no). El esfuerzo será inútil. No importa que ciudades como Buenos Aires dediquen, calculado a ojo, más del 15 % de su superficie a calles (y sólo el 8 % a espacios verdes). Tampoco sirven las autopistas que nutren de más autos el caos de los centros urbanos. Se llegará tan rápido como se lamentará haber ido. Más espacio trae más autos.
Las estadísticas dicen que hay cerca de 600 millones de autos en el mundo y que probablemente se cuadrupliquen en los próximos 20 años forzando más playas de estacionamiento, más ruido y más polución en las vidas ciudadanas. Ellos son responsables de más del 20 % del venenoso dióxido de carbono que se emite, con consecuencias para el efecto invernadero y los pulmones de los vecinos. Pero en ninguna parte dicen blanco sobre negro: “Conducir es peligroso para la salud de todos”.

Dos excepciones
Por suerte, hay esperanzas. Dos ciudades europeas mejoraron su calidad de vida al restringir progresivamente el uso de autos y puede que el ejemplo cunda. En Florencia y Amsterdam la gente no reserva el momento de su actividad física a alimentar la industria de los gimnasios, sino que incorpora la bicicleta o la caminata a su cotidiano deambular por una silenciosa ciudad. Además, por supuesto, quien no pueda andar o necesite recorrer grandes distancias contará con un buen sistema de transporte público. En otras ciudades del primer mundo, como Toronto o París, los ciclistas se reúnen para dar una vuelta a la ciudad haciendo una muestra de su poder y de cómo se ve y se oye cuando mandan las dos ruedas.
La solución no será toda de la bici, obviamente, y mucho le toca al transporte público (como los tranvías, que acá son el pasado y en otros países el futuro). En cualquier caso queda mucho por pedalear para que viajar sea un placer.

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