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Sábado, 8 de mayo de 2004

ANTICIPO: LOS ULTIMOS LIBROS DE LA COLECCION “CIENCIA QUE LADRA”

Segundas partes que sí son buenas

En Hollywood, hay una tácita ley que dice: “Todas buenas primeras partes (es decir: taquilleras) tienen su secuela”. No pasa siempre, pero ocurre. Y hay tanto de las malas como de las buenas segundas partes. En este caso no son películas sino libros (y de los buenos) de divulgación científica, más precisamente los últimos títulos de la Colección “Ciencia que ladra”, publicada por la Universidad Nacional de Quilmes y la editorial Siglo XXI: Ahí viene la plaga. Virus emergentes, epidemias y pandemias de Mario Lozano; Una tumba para los Romanov (y otras historias con ADN) de Raúl A. Alzogaray (colaborador de Futuro); El huevo y la gallina. Manual de instrucciones para construir un animal de Gabriel Gellon, y la reedición de El cocinero científico (cuando la ciencia se mete en la cocina) del biólogo Diego Golombek, director de la serie. A continuación, Futuro presenta un adelanto:

Este libro (y esta coleccion) *
“La gallina es la forma que tiene el huevo para hacer otro huevo”, supo decir Samuel Butler. Y es una explicación tan buena como cualquier otra o, al menos, es una respuesta posible a uno de los mayores desafíos de la biología moderna. Porque pese a los enormes avances en biología molecular y en la traducción de esa maraña que es el genoma humano, hay dos cuestiones fundamentales para las que recién estamos vislumbrando las preguntas (que para las respuestas, ya habrá tiempo): cómo funciona el cerebro y, sobre todo, cómo a partir de una célula de mamá y una de papá se llega a un embrión y a un bebé sapo, bebé gallina, bebé lombriz o bebé humano.
Las preguntas son fascinantes: ¿cómo a partir de una única célula se llega a un organismo entero, con partes y funciones tan diferentes entre sí? ¿Cómo “sabe” un embrión qué genes tiene que prender o apagar a lo largo de su desarrollo? ¿Por qué tenemos la cabeza en la cabeza y la cola en la cola, y no al revés? En este libro lleno de éstas y otras preguntas maravillosas, Gabriel Gellon nos lleva a través de las posibles respuestas, como un guía con el que recorremos la historia de las ideas y los experimentos de la biología del desarrollo. Así, nos sorprendemos junto con Aristóteles al mirar lo que pasa dentro de los huevos, exploramos el manual de instrucciones que llevamos dentro y nos emocionamos al entender cómo se va formando una mosquita bebé, tan dulce ella.
Y si algún lector se desilusiona frente a la ausencia de cigüeñas o repollos, tendrá muchas más historias maravillosas (y reales) con las que asombrarse y quedarse pensando en todo lo que pasó desde que éramos un proyecto en la cabeza de un par de jóvenes enamorados hasta ser el grandulón que lee estas líneas.
Esta colección de divulgación científica está escrita por científicos que creen que ya es hora de asomar la cabeza por fuera del laboratorio y contar las maravillas, grandezas y miserias de la profesión. Porque de eso se trata: de contar, de compartir un saber que, si sigue encerrado, puede volverse inútil. Ciencia que ladra... no muerde, sólo da señales de que cabalga.
Diego Golombek

* Fragmento de El huevo y la gallina. Manual de instrucciones para construir un animal de Gabriel Gellon.

Como convertirse en neandertal y no morir en el intento **
Quienes quieran ver un neandertal deben agarrarse la punta de la nariz con el pulgar y el índice y estirarla hacia adelante y ligeramente hacia abajo, arrastrando al mismo tiempo hacia afuera el centro del rostro. Introduzcan esos mismos dedos en las fosas nasales y ensanchen la nariz. Apoyen la palma de la mano en la frente, empujen hacia abajo y atrás. Eliminen el mentón. Fortalezcan el maxilar. Aumenten el tamaño de los incisivos. Inyecten un poco de colágeno detrás de las cejas. Busquen un espejo y miren cuál era el aspecto de los neandertales.
¿Quieren seguir? Pasemos al cuerpo, entonces. Para empezar, la altura. Los que midan más de 1,70, quítense varios centímetros. Los delgados, vuélvanse robustos (los neandertales tenían lo que se llama tórax tipo barril y grandes caderas). ¿Peso? 80 kilos como mínimo. Acorten unos cuantos centímetros los antebrazos, engruesen todos los huesos.
¿Qué falta? ¡Ah!, el cerebro. La cavidad craneana de los neandertales era por lo menos 150 cm3 mayor que la nuestra, que sólo tiene 1350 (el record, con 1700 cm3, lo ostenta un neandertal encontrado en Israel).
Listo. Ya se han convertido en unos neandertales hechos y derechos. Sobre todo derechos, porque ellos andaban tan erguidos como nosotros.

** Fragmento de Una tumba para los Romanov (y otras historias con ADN) de Raúl A. Alzogaray.

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