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Sábado, 18 de junio de 2005

NOVEDADES EN CIENCIA

Novedades en ciencia

LAS DESILUSIONES DE UNA LUNA

nature

Como de una vedette en decadencia, ya nadie habla de Titán –una de las lunas de Saturno, que estuvo en boca de buena parte del mundillo científico hacia fines del año pasado– excepto para develar falsas expectativas alguna vez creadas. En los últimos meses cayó en un encono de sombras y lo único que hace desde entonces es sembrar la desolación: ahora resulta que los lagos, deltas y océanos de metano líquido que se prometían subterráneos, según parece, no fueron más que eso, promesas de un paisaje supuestamente similar (de lejos) al de la Tierra.

Así lo anunciaron investigadores de la Universidad de Nantes (Francia) que tras analizar las imágenes infrarrojas tomadas por la sonda Huygens pintan otro escenario para el segundo satélite más grande del Sistema Solar luego de Ganímedes, una de las lunas de Júpiter. En vez de océanos ocultos y ríos congelados lo que abundaría en Titán serían volcanes, posiblemente aún en actividad.

Comprobada la existencia de metano en su atmósfera, los científicos franceses esperaban pues encontrar en Titán las supuestas fuentes de las que el gas emanaba: lluvias de metano líquido que alimentaban grandes lagos de hidrocarbonos cuyo vapor, a su vez, lograba por algún medio alcanzar la superficie. Pero las ilusiones se hicieron trizas ni bien se estudiaron con precisión las fotografías tomadas por la pequeña sonda.

Bajo la densa neblina que cubre la superficie del satélite, lo que pudo divisarse fue una enorme cúpula de 30 kilómetros de ancho, que no sería otra cosa que un volcán. Y no cualquiera: en su interior habría metano congelado, el material del que estaría conformado el suelo titánico.

Mark Leese, de la Universidad Milton Keynes (Inglaterra) señaló que el descubrimiento, sin embargo, “de ningún modo descarta la posibilidad de que haya metano líquido en la superficie de Titán”. La esperanza, evidentemente, es lo último que se pierde.

BACTERIAS AUDITIVAS

Science

Agazapadas, se mueven en silencio y esperan que el momento llegue. ¿Pero cómo logran las bacterias “saber” cuándo atacar la célula que será infectada? Un estudio reciente de microbiólogos de la Escuela Médica de Harvard (Estados Unidos) afirma que algunas bacterias escuchan o por lo menos detectan por medio de un sonar cuándo la célula-víctima se acerca. Como los murciélagos o los delfines, cuyo sonar sirviera de inspiración a la industria bélica para desarrollar algo similar en barcos y submarinos hace más de sesenta años, la Enterococcus faecalis, tal el nombre de esta bacteria que suele habitar en hospitales, siempre se moverá en la dirección correcta.

Y no es una bacteria cualquiera la Enterococcus. Como buen villano, tiene dos caras. La menos maligna reside impávida en el intestino humano en busca de alguna herida que infectar. Pero está la verdaderamente siniestra, la que espera que su sonar le diga cuándo y hacia dónde liberar una cantidad suficiente de toxina para dañar por completo al enemigo. Para colmo, no se da por vencida: hasta ahora, no se ha conseguido erradicarla con antibióticos.

El proceso de infección también parece un plan macabro. La Enterococcus produce sin cesar dos tipos de moléculas, una pequeña y otra más grande, que se mantienen unidas y que no entran en acción hasta toparse con alguna célula. Entonces la molécula mayor se a dhiere a la víctima y suelta a la más pequeña, que regresa a la bacteria para hacer “oír” el sonar. Es allí cuando se libera la toxina y la bacteria logra su cumplido.

“El descubrimiento puede ser el talón de Aquiles del bacilo”, afirmó Michael Gilmore, uno de los autores del estudio. Ahí está la trampa: si se consigue bloquear a la molécula menor, el sonar nunca se hará sentir. Al fin de cuentas, como en las mejores novelas policiales, siempre es el cómplice quien tiene la verdad.

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