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Sábado, 4 de diciembre de 2004

FINAL DE JUEGO › DONDE EL EMBAJADOR INGLéS DEFIENDE LA DIPLOMACIA Y EL COMISARIO INSPECTOR SE ENOJA CON LOS LECTORES

Final de Juego

 Por Leonardo Moledo

–La diplomacia –dijo el Comisario Inspector– es el arte de lo trivial. Y si nos ponemos estrictos, la diplomacia no existe.
El embajador inglés, en efecto, parecía asignar una importancia exagerada a cada uno de sus gestos. Por ejemplo, ofreció fuego a todos los presentes, pero sus ojos seguían con toda evidencia la mano que portaba el fósforo, describiendo en el aire un trayecto desmesurado. Los dedos, largos y flexibles como sábanas de Eton o Cambridge, se movían como torres graciosas y en miniatura, o como lanzas que un grupo de alabarderos cruzara cada tanto: de ellos parecían desprenderse como un plasma tratados internacionales, corrimientos de fronteras, votos conjuntos de cooperación transnacional, y guerras. Los había recibido en un salón desusadamente grande, aun para las dimensiones algo fantasiosas de una embajada imperial. Sin embargo, los muebles se acumulaban en un único rincón, presidido por un busto del príncipe Harry tomando mate, mientras que en el otro extremo habían dejado como al descuido una mesa rústica donde los invitó a sentarse. Cerca de la cabecera, una mesita rodante exhibía una enorme cantidad de bebidas. Eran botellas algo cóncavas, con etiquetas monocordes, y, pese a su cantidad, parecían todas iguales. Cerca de la entrada habían instalado una pajarera bastante grande de caña hueca, con multitud de trapecios donde se balanceaban casi inmóviles, como animalitos embalsamados, dos o tres parejas de cintillos. Lo curioso es que las puertas de la jaula estaban ostentosamente abiertas, pero ninguno de los cintillos se movía, como si hubiera comprendido, al fin, las paradojas de la libertad. Algunos empleados pasaron cargando un busto de la Reina de Inglaterra, que el embajador cambiaba constantemente de lugar, trasladándolo ya al jardín victoriano que se adivinaba detrás de los pesados vidrios, ya a las diferentes alas del palacio, ya a los baños de mármol y ébano. Jamás permanecía más de cuarenta y ocho horas en el mismo sitio, y los fatigados esclavos del embajador habían terminado por aborrecerlo. En el lenguaje coloquial de la embajada recibía el nombre de Su Majestad Portátil.
–En verdad –dijo el Comisario Inspector, apabullado– nadie ha contestado el enigma del sábado anterior. Y la ausencia de diálogo con los lectores me paraliza, y no se me ocurre ningún nuevo enigma que proponer.
¿Qué piensan nuestros lectores? ¿Por qué esa ausencia? ¿Y qué piensan de Su Majestad Portátil?

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