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Viernes, 28 de agosto de 2015

PERFILES > PAULA PARETO

La reina del tatami

 Por Roxana Sandá

“¡Vamos chiquita, sos campeona mundial! ¿Sabés lo que es eso?” La entrenadora Laura Martinel envolvió como una madraza gigante a su pupila Paula “Peque” Pareto, y se lo fue repitiendo al oído, pegándose a esas mejillas húmedas por el llanto y por el esfuerzo descomunal que consagraba a esa argentina de 29 años en Kazajstán por primera vez como campeona mundial de yudo, frente a la japonesa Haruma Asami. La Pareto se impuso por dos penalizaciones a una en lo que constituye el segundo título de la historia para el país luego del obtenido por Daniela Krukower en 2003, también bajo la dirección del hada madrina Martinel.

Cada vez que la televisión convoca a la Peque, suele encorsetarla en el exhibidor de chica simpática con la sonrisa apresurada y los gestos sencillos, en uso pleno de frases amarretas para las declaraciones jugosas, un personaje casi aniñado que enorgullece pero le resta puntos al prime time. Los periodistas especializados revelan por suerte a una mujer franca, una estratega aguda y referente indiscutida en la vidriera de los deportes de alto rendimiento. Paula es metódica en los entrenamientos y en la vida, porque de esa minuciosa trama que fue tejiendo desde pequeña surgió su título en medicina y las medallas olímpicas. Se alzó con la de bronce en los Juegos de Beijing 2008, la de plata en el Mundial 2014 de Rusia y obtuvo posiciones relevantes en los Juegos Panamericanos, con el tercer lugar en Río de Janeiro 2007, el primero en Guadalajara 2011 y el segundo en Toronto 2015. “Soy perfeccionista. Una de las desventajas de serlo es buscar que todo salga bien, y a veces el deporte no depende tanto de una”, le confió a Gonzalo Bonadeo en una entrevista del programa Dimensiones, en el canal UN3 de la Universidad de Tres de Febrero. “Pero la felicidad de llevar a tu país a lo más alto del mundo no tiene explicación.”

Para su cuenta de Twitter (@paulipareto) eligió una frase que la define: “Si no podemos hacer nada para cambiar el pasado, hagamos algo en el presente para mejorar el futuro”. Y firma Yudoka-Doctora con la certeza de haber elegido buenos destinos en este mundo, donde otras y otros criollistas con pretensiones ya hubieran usufructuado de los títulos como honores redituables. Sus tuits confirman esa madera de gente de a pie que se agradece: “Pensás que vas a llegar muy temprano a entrenar hasta que estás más de una hora en la parada y dos cole ni te paran...”. Quienes la conocen dicen que atesora una inteligencia agradecida con la vida, que fue curtiendo los enojos y la autoexigencia, varas calibradas con esmero por el psicólogo, la familia y la filosofía del yudo que celebra y la coloca en eje. Por estos motivos y algunos otros que prefiere guardar para sí, el oro no debilitó su temple. “Es una de las medallas más soñadas. Si bien tuve muchas competencias este año, la más importante era ésta y vinimos bastante cansados. Pero estoy feliz porque terminó de la mejor manera.” Jamás entraría al tatami en zapatillas y nunca olvidará saludar a los cuadros con las fotos del maestro de artes marciales japonés y creador del yudo, Jigoro Kano, que suelen colgarse en los espacios de competencia. “Yudo significa camino a la suavidad, y para mí es un estilo de vida.” Paula Pareto es afortunada. Pertenece a una generación de yudokas con derechos y equidades adquiridas hace décadas, si bien ella era única niña en la escuelita del club San Fernando. Tiene ancestras que allanaron el camino. El yudo fue durante siglos un arte marcial reservado a los hombres como un mandato que otra mujer, la maestra Rena Kanokogi, recién pudo romper en 1988. Una especie de Mulan que debió ocultar su identidad para competir, nacida en 1935 en el hogar de una familia judía del sur de Brooklyn y la primera en lograr que el yudo femenino fuese incluido en los Juegos Olímpicos de Seúl. Descubrió lo prohibido de adolescente, cuando un amigo que tomaba clases de yudo en el Centro de Jóvenes Cristianos de la ciudad le enseñó una llave iniciática, que le hizo descubrir la magia indescriptible de canalizar energías y saber defenderse.

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