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Viernes, 11 de marzo de 2016

COSAS VEREDES

Dimes y diretes XXX

Un nuevo estudio afirma que quienes consumen porno son más propensos a tener ideas igualitarias y definirse como feministas. Otra investigación que se suma a la larga lista de teorías poco concluyentes que continúan intentando develar los efectos de los controvertidos contenidos para adultos.

 Por Guadalupe Treibel

En materia de pornografía, hay de todo, como en botica. Y no solo en cuanto a las etiquetillas que disponen las webs especializadas, ordenando según preferencia tal o cual narración. También, y fundamentalmente, están las posiciones encontradas que, harto sabido, discurren respecto a cuán beneficioso o pernicioso es el visionado de films triple X. En las propias filas del multifacético feminismo, por caso, el tópico sigue sin hallar consenso, dividiendo las aguas como un Moisés con más y menos pilchas (según la orilla). Entonces, están quienes, de décadas a la fecha, apuntan –y disparan– contra una industria mainstream que perpetúa valores como la mercantilización y degradación del cuerpo femenino, incidiendo en preferencias y prácticas sexuales que ubican a la mujer en una posición de vulnerabilidad, opresión y sometimiento, contribuyendo a establecer como norma conceptos erróneos o equívocos sobre sexo y sexualidad, naturalizando formas violentas, propias de la cultura de la violación. “La pornografía mainstream –acuerdan estas voces– moldean nuestras fantasías para la sociedad patriarcal, y acaba siendo un reflejo del machismo extendido, de sus representaciones estereotipadas”. En esa línea, por ejemplo, estaría Gloria Steinem, quien a menudo se refiere al gran peligro del porno: normalizar la idea de que, aún en el plano placentero, el vínculo humano se cimenta en la dominación. O Germaine Greer, pronta a llamar al subgénero “el veneno de nuestra cultura”.

De la vereda de enfrente, mientras tanto, están quienes advierten la oportunidad que brinda el consumo triple X, no solo por la apropiación del paraíso negado (el gozo gozoso) y la exaltación de la libertad sexual, sino por la posibilidad de crear una variante ética y superadora del formato extendido (sexista, clasista, racista, homofóbico, transfóbico). Un formato con defensoras históricas como Annie Sprinkle o Ellen Willis, donde los derechos de actrices estén contemplados, donde se muestre placer genuino y consensuado, cuerpos reales, diversos, disidentes, alejados ya de los patrones heteronormativos y la “belleza” tradicional. El posporno, por caso, que busca “hackear el género”, según banderean sus defensores, reuniendo manifestaciones que desbordan lo “convencional”. El porno feminista, con autoras como Erika Lust, prolífica creadora de cine adulto independiente, como gusta llamar a sus piezas, donde la mujer está en el centro de la acción, las historias son contadas desde su perspectiva, y el cuidado de la estética se vincula más al cine erótico o indie que al propio de la pornografía.

Luego, están las cifras. Como resumió El País en cierta ocasión, “una tercera parte de los adultos que ve pornografía online son mujeres, según la medidora de audiencias Nielsen. Y cerca de 13 millones de estadounidenses lo consumen al menos una vez al mes, según la cadena CNN. En Francia, más de lo mismo: el 82% de las mujeres y el 99% de los hombres aseguraron ver porno en un sondeo reciente del instituto IFOP. El estudio Hustler Video (parte del imperio de Larry Flynt) va más allá: el 56% de sus clientes son chicas. Más datos elocuentes: Candida Royalle, realizadora del género, despacha 10.000 cintas al mes. Nada mal en una época donde casi nadie paga por el ocio. Y en Holanda triunfa Dusk!, un canal porno solo para ellas”. Datos a los que habría que sumar otros, provistos por la pornógrafa feminista, activista y performer Pandoka Blake, de UK, que en un artículo de 2015 hablaba de este movimiento global: “El porno feminista tiene hoy su propia categoría, el Feminist Porn Release of the Year, en los XBiz Awards. Los Feminist Porn Awards van ya por su noveno año y, en 2014, la Universidad de Toronto realizó la segunda Feminist Porn Conference, en paralelo al lanzamiento del Journal of Porn Studies. Todos proyectos que focalizan en pornografía política y radical que critica a la industria y ofrece una visión alternativa. Diré más: la mitad de los films proyectados en el Berlin Porn Film Festival el pasado año fueron dirigidos por mujeres. Los cambios que están ocurriendo son gigantes”. Como explicaba Maxine Holloway, responsable del sitio Cum & Glitter: “El porno machista triunfa, pero las cosas están cambiando. Si ofrecemos calidad, la gente se vuelve exigente”.

Nuevamente: nada nuevo bajo el sol de marzo; en especial en estas páginas, que –en pluma de diferentes colegas– se han ocupado del tema en repetidas ocasiones, abarcando su intrínseca complejidad. Lo que sí es reciente es un estudio que, conforme a tiempos donde tres de cada diez espectadores/as de porno son mujeres (según informó los pasados meses el sitio Pornhub), jura y perjura cierta idea: que las personas que miran contenido adulto son más propensas a ser feministas. A tener mejores actitudes hacia las mujeres, en general. A teneres mejores actitudes hacia las mujeres en posiciones de poder, en particular. A ser pro-choice en materia de aborto. Concluida un cachito a la ligera por investigadores de la Western University de Ontario, Canadá, que analizaron 24 mil entrevistas realizadas a hombres y mujeres entre 1975 y 2010, la afirmación –sin embargo– no contempla factores clave como, por ejemplo, el tipo de porno consumido, las ideas político-culturas previas, entre otras cuestiones. Lo cual no hace titubear a los researchers al momento de anotar para el Journal of Sex Research que “la evidencia parece indicar que el uso de pornografía no puede asociarse con actitudes no igualitarias hacia las mujeres, del modo que sugiere la teoría feminista radical. La posición anti-porno, entonces, parece injustificada”. Cosa curiosa, la “ciencia”, presurosa en ofrecer grandes sentencias. Porque así cómo se ha “constatado” la susodicha teoría, también ha hablado de la adicción –“narcótica”– que presuntamente generan estos films, y luego, la no-adicción que generan estos films. El vínculo de su consumo con la disminución de delitos sexuales; el vínculo de su consumo con el aumento de delitos sexuales. La afectación que genera en el desempeño sexual; la improbabilidad de que afecte el desempeño sexual… Investigaciones poco concluyentes que, como se ha enunciado, solo ponen sobre el tapete que, en materia porno, hay de todo, como en botica. Así están las cosas; hasta el próximo gran descubrimiento…

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