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Viernes, 13 de mayo de 2016

RESISTENCIAS

Bonita es la que lucha

El 23 de julio de 2015, Micaela Gaona fue hallada muerta en su vivienda de la Villa 21-24 de Barracas, con un balazo en la cabeza. La había asesinado su pareja, Alexis Arzamendia, preso en la cárcel de Ezeiza hasta que se sustancie el juicio oral por femicidio en 2017. La tragedia movilizó a todo un barrio gracias a la acción militante de las mujeres, que salieron a las calles a clamar Justicia por Micaela y lograron que se detuviera al femicida en tiempo record. Pero de esas luchas también surgieron reuniones semanales donde se debate y reflexiona sobre la violencia de género y la Cooperativa Mika de servicios de belleza y estética, una estrategia amorosa que desde el trabajo genuino transforma historias de sufrimiento en nuevos mundos de placer y de reconstrucción de la autoestima.

 Por Roxana Sandá

Es día de semana por la tarde y el cruce de la avenida Iriarte y Luna, en Barracas, parece un dique de contención que va distribuyendo escolares de regreso a casa, gente con las bicicletas cargadas de herramientas, líneas de colectivos que congestionan para bien de puestos de choripanes y hamburguesas que nunca dejarán de humear. En ese horizonte, la Casa de la Cultura Popular de la Villa 21-24 abre un claro que despabila como el manifiesto más abarcativo de la inclusión, construido desde sus cimientos con ayuda de lxs vecinxs del barrio. Al grupo de mujeres que se reúne allí cada martes en el taller de maquillaje de la Cooperativa Mika de Servicios de Belleza y Estética, las convoca saber que la Casa barre con toda noción de cultura elitista, pero el vínculo íntimo con ese espacio capaz de albergarlas y rescatarlas de la violencia de género se aprendió desde el dolor que les provocó el femicidio de Micaela Gaona en julio de 2015 y que las motivó a reconstruirse como mujeres fuertes, autónomas y autogestivas.

“Desde un lugar diferente, la belleza”, cuenta Norma Ramírez, una de las vecinas históricas del barrio junto con Ana de Jesús Ramírez y Miriam Elena Díaz, por nombrar algunas de las que organizaron una movilización masiva para reclamar justicia en cuanto se supo que “Mica” apareció muerta en su cama con un balazo en la cabeza que le disparó su pareja, Alexis Arzamendia, hoy preso en la cárcel de Ezeiza hasta el juicio oral que se realizará en mayo del año próximo y acusado también por el homicidio de Brian Serrano, el 20 de enero de 2013. “El Facha”, como se lo conocía en el barrio, era un tipo que sistematizó la violencia sobre su mujer y el hijo de ambos, Byron, de dos años y ocho meses. Fue prolijo: la asesinó en la madrugada del jueves 23 de julio de 2015, al otro día llevó el bebé a la casa de Lidia, la madre de Micaela, y antes de despedirse le preguntó si tenía una SUBE para prestarle. Después se fugó a Entre Ríos, a esconderse en la casa de algún familiar con particular sentido de la solidaridad. Hasta que lo encontraron.

Norma recuerda la impotencia de las primeras horas, cuando en la comisaría les decían una cosa por otra; no eran pasivos pero se mostraban lentos, empastados en una investigación que fue esclarecedora gracias a las presiones de vecinas, trabajadoras sociales, referentes de organizaciones, docentes, amigas y familiares de esa chica que hacía tareas de limpieza en el Hospital Churruca y que nunca había denunciado a Arzamendia porque tenía miedo de que le hiciera algo al bebé o a sus cuatro hermanos. “Vivo aquí hace cincuenta años y jamás me enfrenté con una situación de violencia tan extrema por el solo hecho de ser mujer. Después de los reclamos, decidimos mantener viva esa llama que se había logrado y comenzamos a reunirnos todos los lunes en la Escuela de Educación Media (EEM) N° 6 del Distrito Escolar N° 5, que hasta hoy nos asiste, asesora y acompaña”, explica Norma. De las juntadas surgió una organización alimentada por charlas colectivas cada vez más íntimas, que las sorprendía a todas describiendo situaciones de violencia en las casas y en las camas.

“Fue como si nos volviéramos a conocer”, dice Ana, una de las pocas que se asume libre de violencias pero que a los 55 años se le hizo imprescindible cada reunión de mujeres en la Casa de la Cultura Popular. “Amamos juntarnos a hablar espontáneamente, proyectar nuestros deseos y brindarle contención a otras. Llegamos a ser unas cincuenta mujeres con carencias, anhelos y necesidades similares prometiéndonos que esta red no se cortaría jamás, pero para eso debíamos saber cómo queríamos avanzar y qué podíamos hacer.” Los debates sobre empoderamiento, independencia económica y derechos trajeron respuestas concretas. “Más que respuestas, sacudones para que nos corriéramos del lugar de víctimas y nos plantáramos como gestoras de nuestro propio proyecto”, ríe Vanesa, la hija de Norma. “La cooperativa ocurrió, simplemente, como la salida exacta para hacernos sentir bien desde el maquillaje, la peluquería y la manicuría, y transformar una dinámica de sufrimiento en otra de placer, de reconstrucción de la autoestima, que a la vez funcione como salida laboral desde el trabajo registrado y con derechos.”

Vanesa tiene 33 años y sufrió violencia doméstica a manos de su ex pareja desde los 18. Recuerda cuando le decía que la amaba antes de una lluvia de golpes y de la promesa de no volver a hacerlo. El hombre se emborrachaba, llenaba la casa de otros nadies que bebían con él mientras ella trabajaba a destajo. Lo denunció ante la OVD y volvió a lo de su madre, pero era rehén en su propia casa. “Adonde iba, me encontraba. Tenía miedo por lo que pudiera hacerles a mi mamá, a mi abuela y a mis hermanos. Hasta que un día dije basta, arremangué mis puñitos y peleé con él como si fuera un hombre. Te imaginás cómo habré quedado, pero era él o yo. Cuando terminamos le dije ´nunca más me tocás´. Se fue y volví a hacer mi vida.” Mujeres Unidas, el taller sobre violencia de género que este año se dará los jueves, rema en esa travesía. La Cooperativa Mika terminó de sellar el futuro. Ahora Vanesa destaca como hábil maquilladora. “Si esta organización hubiera existido antes, otra habría sido mi historia.”

Desatanudos

Cada martes, las mujeres se apropian de una de las aulas del centro cultural para comprobar que en la capacitación del taller de maquillaje social y artístico que dicta Florencia Orlando están las llaves que desmadejan conflictos. Aseguran que todas pueden acceder a esos servicios de belleza en un diálogo con el cuerpo que la actividad posibilita y que permite andar caminos de libertad, cuidado y respeto físico y psicológico. “Hay algo natural e inexplicable que sucede en ese acto de inclinarse sobre otra mujer, involucradas desde lo estético y sintiendo sus propias respiraciones a distancias milimétricas en lo que se transforma en un acto confesional que abre nuevas puertas”, describe Orlando. “Una se convierte en canal de embellecimiento genuino pero también en una especie de acompañante terapéutica que conversa y a abre mundos.” Todavía les sorprende el hilo conductor que puede existir entre un modo de ganarse la vida y la asistencia amorosa a otras pares. “Me dicen que cuando maquillan, las mujeres empiezan a soltar sus universos y sus miedos. Entonces ellas tratan de cambiarles el foco de la violencia para que no sigan encapsuladas en esa realidad. De algún modo, es una sanación de las propias historias personales.”

La mesa de trabajo, una pista bifurcada por delineadores, bases, rubores, lápices labiales, espejos, brochas de mil tamaños y sombras de colores nunca antes vistos, es santuario, punto de encuentro y confesionario. Mónica González es maquilladora y peluquera experimentada del grupo; conoce de sobra el efecto poderoso de esa tabla de salvataje cosmético. “Hace unos años mi marido se fue con otra mujer. Me separé y fui a Paraguay con mis dos hijos buscando trabajo de peluquera. Volví sin un peso y me quedé en lo de mi mamá vendiendo ropa interior, a rebuscarme de lo que sea. Hasta que empecé a venir al taller de maquillaje a ayudar un poco, a escuchar. Aprendí que la estrategia maravillosa del enlace y la confianza entre mujeres da resultados.” El año pasado hubo dos casos que llevaron tiempo. El más complejo fue el de Carla R., madre de cuatro niñas y de Milo, que el 25 de mayo cumple un año. Estuvo atrapada por su ex pareja en un círculo que le impedía trabajar o pedir ayuda. Otras mujeres la convencieron de asistir a las reuniones de Mujeres Unidas. A escondidas de él, cada lunes se animaba a soltar un poco más hasta que les dijo a sus compañeras “quiero dar el gran paso de mi vida”. Salió bien, Carla hizo la denuncia, le otorgaron un botón antipánico que hasta el momento sólo debió usar una vez y tiene ganas de vivir. “El grupo me hizo sentir más mujer, algo que desconocía. Me había dejado estar. Soy otra, más segura, más acompañada. Llegué a sentir mucha tristeza, por eso ahora me cuido tanto.”

Las Mika viajaron en octubre pasado a Mar del Plata para participar del Encuentro de Mujeres, y se preparan para el próximo 3 de junio, cuando se cumpla un año de la movilización multitudinaria del #NiUnaMenos en todo el país. Quieren ser parte de ese grito contra la violencia machista. La menor del grupo, Paula Ramírez, de 17 años, recuerda que en la marcha por el esclarecimiento del femicidio de Micaela algunas mujeres escribieron con letra gigante sobre cartulinas “La violencia deja marcas. No verlas deja femicidios”, una de las consignas de NUM que tardó en comprender. “Pensaba que era fácil: si no querés que te maltrate, dejalo y listo. Creía que una mujer nunca debe someterse, hasta que un día caí en mi propio episodio de violencia. Mi novio me pegó y no le conté a nadie. Comencé a encerrarme pero me avivé y entendí que ser golpeada por la persona que querés es humillante. Jugaban los sentimientos pero no podía permitir que un chabón me hiciera eso.”

En el barrio las reconocen con respeto. Norma asegura que “el boca a boca es nuestro. Las casas de estas calles son de puertas abiertas, muy pegaditas, todo se ve y todo se escucha”. Junto con especialistas del Centro de Salud Comunitario (Cesac) N° 8 en Osvaldo Cruz y Luna, frente a la iglesia de Caacupé, participaron de campañas de vacunación masiva, detectaron casos de meningitis, asistieron en las casas de la manzana 19, inundada por las aguas servidas que brotaban de las cloacas. Presienten que la sociedad bajaría los niveles de violencia si se hicieran más reuniones para adolescentes y si los mecanismos institucionales funcionaran con sentido común. “Se necesita un enlace con los organismos”, insiste Norma. “Cuando estás en las calles presenciás situaciones de violencia entre parejas y nadie se mete ni denuncia. La comisaría está en un extremo, el organismo estatal en otro y el problema es un agujero negro que está en el medio. Hay que buscarle la vuelta porque las mujeres quedamos indefensas y el papel con la orden de restricción perimetral no sirve para nada.”

Vanesa agrega que la custodia policial frente a las casas de las mujeres genera un efecto contraproducente porque nadie quiere tener a la policía cerca las 24 horas. “Genera sensaciones de pánico y hostilidad, además de que la víctima termina siendo cautiva en su casa. Es una doble discriminación por sufrir violencia y por ser pobre.” Durante el hallazgo del cuerpo de Micaela Gaona a cargo de Gendarmería, no se respetó el protocolo de actuación frente a casos de presunción de femicidios elaborado por el Ministerio de Seguridad de la Nación. Los abogados de la familia, Nahuel Berguier y Gabriela Carpineti, denunciaron el hecho en la fiscalía de Pompeya que tomó el caso y es parte acusatoria contra Alexis Arzamendia, y lo elevaron a la Procuración General de la Nación.

“Esas irregularidades forman parte de la cadena de violencias institucionales que sufrió Micaela”, señala Carpineti, que además acompaña y representa a las mujeres de la Cooperativa. “La primera fue no recibir una educación sexual integral que le aportara herramientas para enfrentar la violencia de género que sufría. La segunda, producto de la primera, no haber tenido la confianza ni la seguridad necesarias para hacer las denuncias.”

La asistente social Liliana Sarmiento trabaja en el Cesac N° 35, en Osvaldo Cruz y Zavaleta, uno de los centros que recibe mayor cantidad de adolescentes en la zona. Junto con el equipo médico se encargan de hacer campañas de prevención primaria en salud sexual y reproductiva, y en anticoncepción. Sin embargo desde diciembre faltan partidas de implante subdérmico, que se coloca en el brazo de la mujer y tiene un 99 por ciento de efectividad durante tres años. La situación inquieta en la salita y en el Hogar de Cristo Hurtado, uno de los diez hogares que dependen de la vicaría para las villas de emergencia del Arzobispado porteño, en Monteagudo y Amancio Alcorta, donde Liliana también colabora. “Logramos colocar el implante a muchas chicas en situación de calle y de consumo que asisten al hogar y no pueden sostener las dosis de anticonceptivos orales o inyectables. De hecho, antes que apareciera ese método teníamos que salir a buscar a algunas chiquitas en las ranchadas para darles las inyecciones. Este año volvimos a realizar el pedido de implantes subdérmicos, pero hasta ahora no los entregaron.”

Lo que falta

Con la desazón de fin de año, “todo se nos cortó de repente”, lamenta Vanesa en referencia al acompañamiento de diferentes organismos, como la Oficina de Violencia Doméstica de la Corte Suprema y la Unidad de Coordinación Nacional para la Prevención, Asistencia, Erradicación de la Violencia Contra las Mujeres, que dirigía Victoria Montenegro. “En diciembre nos quedamos solas y ahora estamos buscando que nos escuchen. La directora de Diversidad y Cultura Comunitaria, Sabrina Landoni, nos propuso integrarnos a una Ong, pero nosotras le dijimos que somos una cooperativa constituida y que necesitamos las herramientas políticas que ella tiene para poder avanzar en aquellos trámites que nos permita acceder a trabajos registrados.”

Para Carpineti, ciertas miradas institucionales arrastran deficiencias en la formación cultural de la gestión pública vinculadas a políticas de la gestión macrista, “a la que el perfil que mejor le cuadra es la violencia de género, pero cuando empezás a hablar de que el trabajo no es una bendición sino un derecho, de cooperativismo de mujeres, de estructuras y recursos, ya no conmueve tanto porque el sistema te prefiere víctima”. Hace tiempo que las Mika decidieron desandar el origen que las había convocado, empoderarse y cuestionar los factores que las convirtieron en víctimas. “Creo que el componente ideológico de derecha de este gobierno colabora con esa mirada y la respuesta es penal para una violencia encorsetada sólo en la agresión física y psicológica, sin atender violencias múltiples, bien descriptas en los marcos normativos vigentes.”

La coyuntura laboral crítica terminó de pulverizar lo poco que había reconstruido Lidia Gaona después de la muerte de su hija. Por épocas se siente invisible, aunque concurre a las reuniones de familiares de víctimas que organiza el Consejo Nacional de la Mujer y aguarda que quieran asistirla hasta que obtenga la tutela de su nieto, Byron, y cobre la Asignación Universal por Hijo (AUH) correspondiente. Lidia es madre soltera de tres adolescentes y una niña, todxs en edad escolar, pero el ingreso mínimo del Programa Ciudadanía Porteña que cobra por lxs cuatro no alcanza ni para empezar. “Hasta que pasó lo de Mica trabajaba por horas en casas de familia, pero ahora no tengo con quién dejar al bebé y lavo ropa ajena en mi casa. Somos seis bocas y necesitamos ayuda urgente.”

Las talleristas se ensombrecen, ansían que algunas gestiones den frutos. Esperan acceder al Programa de Trabajo Autogestionado (PTA), del Ministerio de Trabajo de la Nación, que les provee de infraestructura, apoyo para cada cooperativista y capacitaciones. Hay trámites avanzados en el Inaes, organismo del Ministerio de Desarrollo Social que promueve estos emprendimientos, y para las docentes de la Cooperativa, que ingresarán a un programa de talleres del Ministerio de Cultura porteño en articulación con la Casa de la Cultura Popular.

Cuando baja el sol, y antes que las mujeres comiencen a guardar los materiales protestando por lo que aún resta hacer en las casas, algunas proponen repasar conceptos. Son tareas para próximos encuentros. Coinciden en que es difícil garantizar la paz social con trabajos precarios y que profundizar ese debate no es capricho. “Porque cuando discutimos violencia de género y violencia machista estamos discutiendo cómo queremos vivir las mujeres en esta sociedad”, concluye Florencia Orlando. La sigue Ana, repite como un mantra “trabajo libre, autogestionado y sin patrón”. Norma suma “tierra, techo y trabajo con derechos”, el tríptico que Carpineti les fue revelando desde que se conocen. “En estas discusiones las mujeres tenemos un lugar estratégico, y en ese lugar la cooperativa es una herramienta que no sólo construye una salida de la trama de violencias, sino que busca partir de un modo de trabajo que resignifique y mejore el acceso de todas a derechos y Justicia.”

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