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Viernes, 7 de octubre de 2016

ENTREVISTA

Reescrituras sobre blanco

Si hace dos años la cineasta Mariana Arruti se asomó a una escena de la historia argentina plagada de silencios -Trelew, la fuga que fue masacre (2004)-, ahora quiso mirar ahí donde habitaban las palabras no dichas: la muerte traumática de su padre en 1973. El resultado es una película íntima que da cuenta de lo irrecuperable y también de los modos en que el lenguaje puede suturar heridas.

Foto: Jose Nicolini

Juan Arruti tenía 42 años cuando murió, el 13 de septiembre de 1973. Su cuerpo fue encontrado junto a las vías en la playa de maniobras de Avellaneda. Nunca se supo qué había ocurrido. En la Argentina de entonces, los sucesos de Ezeiza habían dejado muy atrás la primavera camporista, se agudizaban los enfrentamientos internos del peronismo y crecían la violencia y el miedo. “Los ocultamientos y silencios se llevaron los relatos de mi padre, los borraron”, dice Mariana, su hija y directora de la película “El padre”, parte de una búsqueda sostenida por la necesidad de descubrir la verdad de lo ocurrido y de reconstruir la imagen olvidada de su padre.

“La conmoción del último beso” tituló Las 12 a la entrevista de esta cronista a Mariana Arruti en octubre de 2004, cuando su documental “Trelew, la fuga que fue masacre” se estrenaba en el circuito comercial. El título aludía a lo que, según ella fue el disparador afectivo y sostén de aquella película: cómo la golpeó leer el texto escrito por Manfredo Sabelli tras el último encuentro con su hija María Angélica –fusilada pocos días después–, impacto que la cineasta asoció entonces con su propia vida, marcada por la ausencia de su padre. “Hace poco volví a leer aquel texto de Sabelli y no podía terminarlo. Toca algo mío muy hondo, quizás por las palabras de tanta ternura a su hija, que yo nunca escuché de mi padre. Puede que ese sea el nexo mas fuerte entre esta película actual y lo que sentí al hacer Trelew. Aquella era una historia silenciada en términos masivos, colectivos. Yo ahora abordo un silencio que tiene que ver con algo familiar y personal, que me implica fuertemente. Me produjo sufrimiento hacer Trelew, sí, pero ésta supuso cuotas enormes de dolor. No fue sencillo transitarla”.

“No tengo ningun recuerdo de mi padre, ninguno. Nadie habló más de él. Y yo me olvidé de mi papá”. Mariana explica que nunca existió la transmisión que le posibilitara armar su imagen, que no ha tenido memoria ni sensación alguna de escenas vividas con él. En la película narra las que imagina, las que desea. “Hice imágenes de esa época en super8 porque cuando una recuerda, recuerda movimientos, un caminar, escenas en las que algo pasa, no escenas fijas. Usé una foto del cumple de cuatro años para recomponer la escena en movimiento…

–¿Y por qué no pusiste esa foto?

–Porque lo que busco a lo largo de la película es reconstruir ese recuerdo. Y la verdad que sentía que no lo podía reconstruir con una foto fija. Claro que es una licencia narrativa desde el cine que me tomo y que puede estar bien o mal, pero es lo que yo encontré para poder recomponer el tiempo que pasé con mi padre, esa sensación de felicidad que imagino haber tenido con él…

– ¿Cómo era la vida familiar tras la muerte de tu papá?

– Difícil, agobiante. Hay algunas imágenes en la peli que son parte constitutiva de cómo yo me sentía entonces. Con un papá que no estaba y una mamá atravesada por una depresión tan fuerte que no se podía decir ni el nombre de mi padre… Hay reconstrucciones también en super 8 de esa situación, que trasmiten mucha soledad… Son imágenes que para mi daban la clave de que eran construídas. Pasábamos mucho tiempo en la casa de una pareja muy vinculada a mi Vieja, gente que era parte de su entorno laboral y social. Yo sentía que no tenían nada que ver con nosotros, ni ellos ni la cotidianeidad de esa casa. Y no quería estar ahí sino con mi mamá. Pero ella no podía…

- Vivían ustedes en Buenos Aires…

Mis viejos se habían conocido en Bahía Blanca militando en el Partido Comunista. El era albañil, no había terminado la escuela primaria. Era muy lector. Mi mamá estudiaba. En la entrevista ella evoca alguna escena de aquella militancia. Cuando se recibe de ingeniera, mi madre parte a Buenos Aires donde le ofrecian un trabajo. Mi papá se va al poco tiempo, tras el golpe de Onganía en 1966. Allí nacemos y vivimos mi hermano y yo. Mi mamá trabaja en su profesión con gente que conformaba su entorno social, personas que según la empleada doméstica, rechazaban a mi padre. La diferencia social era fuerte. Yo creo que también la mirada del mundo. Mi papá primero trabajó en la construcción. Luego de dedicó a vender diversos artículos. En la última época vendía libros educativos al gremio ferroviario de Avellaneda.

–La película está dedicada a tu mamá…

–Sí. Desde mi lugar de hija yo necesité hacer un transito para poder comprender su lugar. Necesité enojarme, demandarla, necesité decir yo hubiera querido qué… Pero también después hubo otro proceso personal que ella hizo. Por eso la película está dedicada a ella. Y porque yo también pude hacer un tránsito con ella, comprenderla. Hay un haber puesto el cuerpo en esta búsqueda que ella aceptó acompañar y que yo, la verdad, le agradezco muchísimo.

–¿Cómo llegaste a investigar lo ocurrido a tu papá?

– Con el tiempo, y desde no se cuándo, ese “yo no tengo recuerdos de mi padre” constituyó el motor de de mi búsqueda, su disparador. Pienso que problematicé el “¿Por qué me olvidé´? y llegué a otras preguntas: ¿Por qué no se habló más de su muerte? ¿Qué pasaba?”

Durante muchos años de mi vida me manejé con dos frases congeladas: “Mi papá se murió en un accidente ferroviario” y “mi papá era militante del PC”. Era solo eso, no podía contar el accidente, no había escena. La primera vez que alguien cuestionó esa versión fue en mi adolescencia. Años después, en 2007, charlando en una siesta pueblerina en Río Colorado, mi tía Nelly, hermana de mi madre interrumpió: ‘Yo no puedo más, necesito decírtelo, a tu papá no lo mató un tren, lo encontraron al lado de las vías en una playa de maniobras…’. Esa charla fue clave para mí. Su fuente era Boris, marido de otra hermana. Pasado un tiempo, en un impulso, lo llamé por teléfono. El había sido el familiar a quien convocaron los conocidos de mi madre para que viajara a reconocer el cuerpo y firmar el acta. Boris constató que se trataba de un acta de hallazgo del cadáver, lo reconoció, supo que no había rastro alguno de accidente, lo comentó a los allegados a mi madre. No obstante, estos mantuvieron la versión del accidente con un tren, la que trasmitieron a ella y a otros familiares. Pero el relato de Boris abrió otra etapa de la búsqueda. Me volqué a encontrar información documental y testimonial que posibilitó avanzar en el esclarecimiento de muerte de mi Viejo y, sobre todo, fue vital para ir construyendo su imagen.

–¿Cual era tu vinculación con la familia paterna ?

–Mi padre tenía once hermanos, yo sabía, pero nunca había conocido a mis primos, y sí veía a tres tíos en los veranos, cuando iba a Monte Hermoso. Pero era tipo visita de médico. Se los miraba como conocidos pero extraños…Cuando yo empiezo a hacer la peli quiero que me cuenten de la infancia de mi padre, lo cotidiano, la abuela. Y busco a mis primos mayores, los que se acuerdan de mi Viejo. Era llamar por teléfono y encontrarme con alguien que se ponía a llorar. Para ellos era como si nosotros viviéramos en otro planeta.

–Hay una voz que incorpora una mirada diferente, la de la empleada doméstica…

–Sí, es Teresa. Su testimonio me pareció fabuloso. Tiene una mirada muy aguda en torno a lo que significaba mi padre en el marco de una familia y de un entorno social en el cual no cabía. Ella dice: Él era como yo…Y me devuelve amorosamente lo que mi padre hacía conmigo: el te adoraba, te ponía a caballito, te llevaba arriba…Es la única que me devuelve esa sensación bien infantil, bien de juego y de cercanía. Yo no la busqué. Ella apareció, milagrosamente, quería saber cómo andaba.

–¿Qué encontraste al buscara armar la imagen de tu padre?

–Primero, la información del archivo de la Policía de la Provinca de Buenos Aires (la DIPBA ) Fue todo un viaje para mí. Estaban fichados mi papá y sus hermanos, y hasta mi tía Ela, (como simpatizante comunista). De mi Viejo había mucho material en Bahía Blanca hasta mediados de los sesenta: informacion detallada del seguimiento sistemático que le hacían, día por día, con fechas, con las palabras textuales dichas en cada asamblea. Y algo impresionante: del otro lado de su ficha, la cana anotó: “Considerado fuerza moral entre sus compañeros”. La policía lo describía así. Paradójicamente, ese relato me devolvió un personaje que yo no conocía, ese hombre joven militando en el PC y en su gremio con mucha intensidad.

–¿Hasta donde llegaste sobre lo ocurrido a tu papá? ¿Creés que su fin estuvo vinculado a la política?

– Creo que es una posibilidad. Yo sólo puedo hacer suposiciones. Pienso que a mi papá no lo mató un tren. Pero no puedo asegurar que a mi padre lo mataron por razones políticas, porque no he podido reconstruir sus últimos años. Accidente no fue. Lo encontraron muerto. Hasta ahí llegamos. Por eso queda abierto. Y muestro un contexto, por que éste existía. Me parece que en una muerte que fue muy dudosa y que tuvo una serie de idas y vueltas para quienes estuvieron en contacto con esa situación, ese ocultamiento y esos silencios se llevaron los relatos de mi padre, los borraron.

– ¿Creés que con la película lograste lo que querías?

–Sí, así lo estoy viviendo. La peli devuelve situaciones que expresan lo no dicho, y esto supone lograr que la gente pueda interpelarse sobre los silencios. Y también pega mucho la reconstrucción de un espíritu de época a través de un personaje anónimo, un albañil que tuvo una vida que valió la pena ser vivida. Y, en lo personal, consolidé escenas de las que no tengo memoria y que quizás ahora forman parte de ella. Por todo esto, creo que valió la pena.

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