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Viernes, 21 de octubre de 2016

PARO DE MUJERES

Con las patas en la calle

El 19 de octubre una marea de mujeres enfrentó la lluvia y se mojó de la cabeza a los pies en una marcha épica contra todas las violencias. Las madres caminan con las hijas del brazo y recriminan la injusticia económica que las desampara en el cuidado de lxs hijxs; las jóvenes relatan que tienen que emigrar por el desempleo y la contaminación y las estudiantes piden jardines maternales para poder estudiar y trabajar. Las chicas resaltan que la precarización laboral potencia la violencia de género y que la educación sexual integral no se aplica en todas las escuelas.

 Por Flor Monfort y Luciana Peker

Fotos: Jose Nicolini y Constanza Niscovolos


Esto es una guerra

Sofía Cherchyk, 22 años, estudiante

Cuando caminás por la calle ya te das cuenta el tipo de sociedad que tenemos. Los tipos se creen que pueden decir cualquier cosa así vayas con una carpa puesta. El femicidio de Lucía Pérez fue la gota que rebalsó el vaso pero aún después de eso los casos se siguieron sumando: una niña de once meses fue violada en estos días así que ni las nenas se salvan. Yo estudio comunicación social y quiero dedicarme a temas de género, espero poder investigar y que me paguen por eso igual que a mis pares varones. La herencia de que la mujer se queda en la casa la vamos a cambiar, la queremos derribar: yo creo que hoy en días las pibas se están abriendo camino de otra manera. Tengo muchos sobrinos y ya estamos cambiando aquello de lo que es de nenes y lo que es de nenas.


Ellos ganan más por hacer menos

Laura Saciuk, 54 años, secretaria

Soy separada, tengo hijos y nietos. Viajo dos horas a mi trabajo porque vivo en Hurlingham y trabajo hace treinta años en el mismo lugar. Nosotras tenemos más exigencias que los hombres, solo por ser mujeres, y también ganamos muchísimo menos: hoy en día un cadete hombre gana más que una secretaria, con la misma antigüedad. Vine a esta marcha porque lo que está pasando se está pasando de la raya. Las leyes no nos acogen, los gobernantes son indiferentes a nuestros reclamos, nadie nos protege, entonces tenemos que salir a la calle. Nunca interesó nuestro tema, bueno, ahora vamos a ver si les sigue sin interesar.


El embarazo como condena

Bernardita Linco, 50 años, técnica en hemodiálisis

Soy chilena, me vine cuando terminé la secundaria de mi país y estudié acá. Gracias a este país hice mi vida, que fue maravillosa porque tuve más oportunidades que en Chile. Pero las diferencias de género me tocó vivirlas en carne propia, tanto de médicos como de compañeros técnicos. A uno tuve que denunciarlo porque me agredió físicamente y nadie hizo nada. Quien tuvo que terminar renunciando al trabajo fui yo. Sufrí la violencia en carne propia, no sólo la justicia me ignoró sino que el centro médico también me hizo a un lado. En mi rubro, toman más a técnicos varones por el tema de las licencias de embarazo. Alguna vez me han dicho en el trabajo “¿otra vez embarazada?”


La vocación olvidada

Silvana Zucca, 61 años, docente y jubilada

Por mis hijas que tienen miedo de salir a la calle, por mis ex alumnas, porque no hay políticas que contengan todo lo necesario para dejar de sufrir estas violencias, por ellas estoy acá, y porque hay demasiado por hacer. Este es el principio de algo, he visto historias de acoso y abuso a lo largo de mi carrera y quedaron tapadas, sepultadas en el tiempo. La docencia fue un refugio siempre plausible para una mujer, yo no sé si es mi vocación o la elegiría hoy pero muchas nos dedicamos a enseñar porque era lo que podíamos hacer si queríamos trabajar. Mis hijas se matan para trabajar, ser mamás e ir a la facultad al mismo tiempo pero por lo menos estudian lo que les gusta.


Limpieza afuera y adentro

Roxana Limache, 29 años, empleada doméstica

Soy boliviana pero hace veinte años vivo en la Argentina. Trabajo en una cooperativa de limpieza y el tema laboral es complicado, las que hacemos limpieza siempre somos mujeres y en mi caso particular uso sus horarios escolares para poder salir a pagar la olla, sin contar que además cocino, limpio y hago las compras en mi casa. Sin embargo, hay compañeras que la tienen más difícil, por suerte tengo una pareja que me ayuda pero siempre las cosas son más pesadas para nosotras.


Menos comida y más hambre

Vanesa Marino, 36 años, desocupada

Vine con mi hija Paloma, de 8 años, porque no se quiso quedar con los tíos. Ella me dijo que también es mujer y quería estar. Yo estoy desocupada y ayudo en dos comedores de González Catán, en La Matanza. Está muy bravo. Hay el doble de gente y encima nos bajan menos leche y menos carne. Yo cobro la Asignación Universal por Hijo (AUH) por mis dos hijos mayores, pero por mi nena menor no porque aunque el padre no me pasa nada como él está en blanco recibe la asignación familiar y yo no puedo recibir nada. Eso también es violencia hacía mí y hacía mi hija. Por eso reclamo por nuestros derechos.


La precarización también es violencia

Maga Brosio, 27 años, economista

Esta marcha es la cristalización de las luchas que llevamos todos los días. Tenemos que ir en contra de los femicidios que es la forma más brutal de violencia contra las mujeres y retomar la pelea contra la precarización laboral y en nuestras vidas. La desocupación incide en que las mujeres sean más dependientes de un jefe de hogar o de un varón y que sea más difícil la decisión de irse de la casa si hay violencia. La precarización laboral también es violencia. Es importante e innovador que se haya tomado la medida de un paro para decir que la vida vale y que el trabajo reproductivo tiene valor aunque no tenga precio en el mercado.


Educación sexual desde chiquitas

Brenda Rojas, 28 años, estudiante

Es fundamental que se de educación sexual integral, en todas las material, en la escuela y desde chiquitos. Para poder trabajar dejas a tu hija en manos de otro y es fundamental que conozcan su cuerpo. Es fundamental entender, además, que si no tenes para comer eso también es violencia y que no podes ni pensar. Necesitamos que nos ayuden a cuidar a nuestros hijos. Yo estudio para ser docente y, aunque no se puede, muchas veces lleve a mi hija al profesorado porque sino no puedo ir o tengo que dejar la escuela. Yo soy mamá soltera y trabajo totalmente precarizada durante nueve horas y viviendo con la plata justa. Es una realidad muy injusta.


Los hijos liberados

Andrea Vázquez, 45 años, médica

Vine con dos de mis hijos. Me siento orgullosa. Ellos no son hijos del patriarcado. Son resilientes de la violencia. Cuando los veo con un megáfono o tocando el bombo se me llena el corazón y el alma. Estar con ellos es producto de una lucha y hay que seguir luchando para que otros chicos sean liberados y que no haya mujeres en la bolsa, revinculaciones forzadas y reversiones de tenencia. Mis hijos vivieron una tortura y esperemos que la justicia no siga siendo sorda, ciega y muda.


Las mineras sin minas

Natalia Panis, 24 años, enfermera

En San Juan era de un grupo que se llama Las Hilarias Feministas aborteras de Socorristas en Red y en Buenos Aires estoy en un grupo que se llama Las Furias y acompañamos a mujeres que quieren interrumpir un embarazo. Yo soy de San Juan, pero me tuve que venir a vivir a Capital porque la minera nos contamina todo y no tenemos laburo. En San Juan los empleos tienen que ver con la minera y son para varones. Cada tanto te ponen a una mujer manejando un camión, pero la mayoría de las mujeres no tenemos trabajo. El desempleo es terrible. Las egresadas de la Universidad de San Juan nos vivimos a Buenos Aires y tenemos triple opresión. Nos pagan menos y no conseguimos los mismos puestos de trabajo que los varones.

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