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Viernes, 10 de septiembre de 2004

TEATRO

Camino de conocimiento

La esperada y polémica pieza de Tony Kushner,
En casa/En Kabul se estrena hoy en el San Martín, bajo la dirección del maestro Carlos Gandolfo, con un impecable. El autor de Angeles en América, recientemente vista en la versión televisiva, acude a tres personajes femeninos para representar la esperanza humanista

 Por Moira Soto

Una mujer sin nombre, inglesa, ama de casa, casada y con una hija, lectora curiosa y desordenada de textos sin mayor prestigio, deja todo y se va a Kabul justo antes de que los norteamericanos bombardeen supuestos campos de entrenamiento en Kohst, Afganistán, en 1998. Pero antes de partir monologa largamente, dirigiéndose al público, desde la cocina de su casa: lee una guía obsoleta de Kabul, habla sobre sus gustos literarios, hace comentarios sobre su familia, cuenta una anécdota –quizás una fantasía– reveladora en la que un vendedor de sombreros afgano le dice “usted nunca va a comprender”. Pero ella quiere comprender y recurre a la poesía, a los versos de un persa del siglo XVII que después de pasar por Kabul declaró que nunca volvería a ser el mismo, conmovido por “las incontables lunas bellísimas sobre sus techos, los cientos de soles soberbios que se ocultan tras sus muros”. Elena Tasisto interpreta a esta mujer en busca de un cambio radical que revoque el descontento que la acosa en la pieza teatral En casa/En Kabul, de Tony Kushner (Angeles en América) que se presenta hoy en el San Martín. Integran el elenco Alberto Segado y Laura Novoa, en los roles de Milton, el marido, y Priscilla, la hija que van a Kabul, donde acaso la viajera fue asesinada; Horacio Peña, encarna a Khwaja, poeta afgano tajik que escribe en esperanto, acompañante de mujeres; Marta Lubos es la ex bibliotecaria, afgana pastún, ex esposa del posible nuevo marido de la inglesa; Claudio Tolcachir hace a Quango, joven inglés que trabaja para una ONG y es contacto extraoficial del gobierno británico en Kabul. Otros papeles están a cargo de Ricardo Merkin, Pablo Razuk, Sergio Oviedo y Norberto Trujillo. Además del castellano (traducido del inglés), que hablan los personajes británicos y balbucean algunos afganos, de párrafos en francés, se escuchan dialectos –pastún, dari– por lo que se hizo necesario el entrenamiento linguístico de Emilia Shabnam Yazdani y Sohrab Yazdani. La dirección es de Carlos Gandolfo (en su rentrée después de la magnífica Copenhague), la iluminación de Héctor Calmet y Miguel Morales. En el bar Premier, antes de una de las últimas pasadas generales, entre cortados y medialunas, departen los intérpretes de ese grupo de familia, “occidental y cristiano, con todo lo que puede implicar esta definición”, ríe Alberto Segado. “Con una falta de comunicación total”, acota chispeante Elena Tasisto. “Y yo soy un ingeniero en redes de comunicación”, redondea Segado.
–Pasemos al encuentro de ustedes, actrices y actor, con esta pieza osada, compleja, rebosante de ideas y emociones, de planteamientos políticos de enorme actualidad.
A. S.: –Creo que el autor, para introducirnos en sus temas, habla de individuos rotos: de una familia rota, de países rotos, de un mundo roto. Así, en esa escala. Es un cachetazo esta obra: tiene la virtud y el coraje de ser un espejo del mundo de hoy, jamás es complaciente. Una mirada así me parece necesaria, estimulante para la reflexión. Por supuesto, no hay happy end, tampoco end. Como si Kushner dijera: hasta acá llegamos, si nos lo proponemos, podemos terminar con todo. Un verdadero sacudón. Yo leí la primera versión del ‘98, y ahí se perfilaba algo más polarizado entre las dos culturas, sin llegar a plantear el choque. Creo que el paso del tiempo y ciertos sucesos históricos modificaron la mirada del autor, que se volvió más integradora. Está claro que a Kushner le importa, le duele el daño que nos estamos haciendo como humano, como especie. Las superestructuras nos están llevando cada vez más cerca del abismo, lo que se refleja en estas pobres gente que son los personajes de la obra, de un lado y del otro, de Oriente y de Occidente. Todos ellos son prisioneros de algo que no eligieron.
L. N.: –Muy inteligentemente, Carlos (Gandolfo) nos sugirió a nosotros, como actores, que buscáramos paralelos locales de esta situación tan injusta y violenta. No limitarnos al Kabul que aparece en la pieza, buscar el nuestro propio, el que tenemos acá con gente que se muere de hambre, hospitales que no tienen insumos, tantos excluidos de la educación más elemental.
–Las mujeres pobres obligadas a tener hijos que no desean ni pueden alimentar, a veces recurriendo a abortos clandestinos en malas condiciones con riesgo de vida.
A. S.: –Sí, con la Iglesia Católica oficial condenando de manera medieval el aborto, incluso obstaculizando el uso de anticonceptivos. Me habría gustado ver alguna vez a alguno de sus representantes anatematizar a los fabricantes de armas, para no hablar de cómo se condujeron durante el Proceso. Se preocupan por atentar con la libertad de las mujeres con su cuerpo, pero nunca los vi hacer nada por dejar fuera de la Iglesia a los grandes fabricantes de armas. Después, claro, se rasgan las vestiduras frente a los horrores de la Guerra.
–Es que leyeron una versión tergiversada de los Evangelios.
A. S.: –Así como los talibanes leyeron una mala versión del Corán. Y Sharon lee mal la Biblia.
–Laura, ¿cómo se va de la Julieta de Shakespeare a la Priscilla de Kushner?
L. N.: Desde que nos propusieron esta pieza, pensé que era un gran desafío y una de esas raras oportunidades que se te ofrecen en la profesión. Además, esta obra tan extraordinaria está en manos de un director maravilloso que te incita a indagar, a profundizar. Gracias a él pude superar dificultades, porque me costó el código, el registro de Kushner. Y ahora puedo decir realmente que estoy creciendo a través de este trabajo.
A. S.: Creo que En casa/En Kabul va a sensibilizar aún a los más distraídos. En esta historia singular, con múltiples resonancias, van a encontrar algún punto de anclaje en la exposición de toda esa problemática que está afectando al mundo entero, que se ve cotidianamente en la televisión, en los diarios. Si el público establece alguna conexión con las lecturas que propone esta pieza, me parece que se cumple el objetivo de encender un poquito la luz, mostrar algo que expande la mirada. En esos occidentales y en esos afganos que aparecen en la obra estamos todos, más allá de las particularidades culturales.
–Elena, ¿cuánto tiempo te llevó aceptar esta propuesta?
E.T.: –Me impactó muy fuertemente la primera lectura. Me pareció un texto necesario, schockeante, y al mismo tiempo no lograba imaginar cómo contarla desde el escenario. Pero dije sí en el acto. Además, en el proyecto estaba Gandolfo: una de mis ambiciones era trabajar con él. Así es que interpreto a esta pobre mujer desquiciada, queriendo cambiar su vida, encontrar un camino. Con un gran deseo de salir de todo ese mundo que ha comprendido que no la satisface.
A. S.: –Ella, la inglesa, en esta especie de rapto, casi podría decirse que suicida, en su manera desprolija de nutrirse, recorre un camino espiritual por su cuenta. Una búsqueda transformadora que la llevará a quedar atrapada entre dos fuegos.
E. T.: –Hay una intuición en ella, no una voluntad explícita. Un hecho fortuito le despierta esa necesidad de poder proyectar lo que siente en algún lugar, encontrar una respuesta. A través de ese primer monólogo hay algo profundo que surge, algo que estuvo acallado. Ella trata de leer, de conectarse a través de estas fiestas, aunque le salgan mal y el marido la critique y la hija esté en otra. Hay en esta mujer una fuerza poderosa, una convicción de que las cosas deberían ser de otra manera. Esta mujer se ve a sí misma en Afganistán, sujeta a leyes, toda tapada. Y sin embargo, piensa que allí va a encontrar algo genuino. Va a un país de tribus nómadas, con reiterados intentos de invasión. Un país descuartizado, que no tiene centro porque todos están en las fronteras.
–También hay en ella esto de arriesgarse, que la emparienta con otras aventureras, exploradoras de lo absoluto, como Isabelle Eberhardt, May Sheldon, Ida Pfeiffer.
E. T.: –Mi personaje carece de una profesión, una meta laboral, digamos. Entonces, se expone ella misma, que es todo lo que tiene. Aunque ella no lo verbaliza, creo que esta mujer intuye que podría cumplir una misión en Kabul, una misión que no sabe bien cuál es. Pero hay algo que ella espera encontrar fuera de su cocina, lejos de las presiones familiares. No es que no esté afectada por el dolor, los desgarramientos, la muerte tan presente en el lugar al que va.
A. S.: –Ella empieza a repudiar algunas cosas de la cultura occidental, como el consumismo. Piensa que no le puede hacer un bien a su hija en ese momento, pese a que esta chica hizo un intento de suicidio estando embarazada. Trata de ser honesta, aunque no tenga el pensamiento convencional de una madre. Es casi trasgresor lo suyo.
L. N.: –El personaje de Elena es clave, de una complejidad ilimitada. Yo le decía ayer: no tengo manera mejor de concentrarme que mirar y escuchar todos los días ese monólogo inicial, siempre surge algo nuevo. Esta obra es así, produce ondas expansivas, es cuestionadora, revulsiva, te plantea preguntas.
–Sin desmerecer el interés de los personajes masculinos, En casa/En Kabul propone tres roles femeninos tan diversos como significativos: la madre, la hija Priscilla y Mahala, la bibliotecaria afgana que perdió sus derechos y se siente asfixiada.
A. S.: –Sí, la tríada es femenina, lo que no quiere decir que los personajes masculinos no tengan riqueza. Pero es verdad: la posibilidad de transformación está puesta en la inglesa que va hacia Kabul y se funde con ese lugar, en la afgana de Kabul que termina en Londres sembrando su jardín y leyendo el Corán en inglés, y en la más joven, Priscilla, que del enojo y la desesperación en que ha estado viviendo empieza a conformarse como mujer, a abrir su cabeza como persona. Ojalá que le vaya bien, pero la obra no da garantías. Cada espectador que haga su viaje.
L. N.: –Me costó mucho Priscilla, como te decía. Esta es una pieza que no se parece a ninguna, de una modernidad, de una hondura increíbles. Priscilla es una chica muy joven que ya hizo un intento de suicidio que incluyó un aborto. Viene de estar dos años sin salir de su casa, con este estado de introspección. Y en este lugar de explosión que es Kabul, al que viaja en busca de su madre, empieza a salir, y en ese camino, como dice Alberto, a construirse. O al menos comienza a despertarse y a movilizarse.
–Sin hacer hincapié, se abre una esperanza en la mirada de Tony Kushner sobre estos personajes femeninos que no se desintegran, todavía capaces de compasión, que no detentan el poder.
A. S.: –Sí, representan una posibilidad de salvación, hay algo de lo humano más noble que se preserva en ellas. No es que la pieza lo plantee taxativamente, pero es como si hubiese una reserva en las mujeres. Creo que todo lo que tiene que ver con la codicia, la ambición, el dominio del otro están encarnados, si hablamos de género, en el hombre. £

La funciones tendrán lugar de miércoles a domingos,
a las 20, a $ 12 (los miércoles a $ 6).

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