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Viernes, 25 de febrero de 2005

LECTURAS

Pasiones de papel

Atraída por el papel que la traducción (como práctica, pero también como plan formador de gustos) tuvo en la literatura argentina, la investigadora Patricia Wilson llegó hasta el alma mater de la empresa: Victoria Ocampo. Sobre ella, su escritura y la obsesión que siempre tuvo por ser protagonista de las escenas que contaba, se explaya en esta nota.

 Por Laura Rosso

Patricia Wilson se declara una gran tímida y dice que quizás, por eso, sea traductora. Es doctora en Letras, docente de Literatura argentina del siglo XX en la Universidad de Buenos Aires, y profesora de Traducción literaria y de Traductología en el Lenguas Vivas. El día de la presentación de La Constelación del Sur –su tesis de doctorado de la Universidad de Buenos Aires que dirigió Beatriz Sarlo y editó Siglo XXI– recuerda haber dicho que el mejor proyecto para una tímida es dedicarse a traducir: “Ser tímida se condice con ser traductora, porque uno escribe mucho, tiene influencia a través de las versiones de los libros que traduce pero, al mismo tiempo, el estatuto del traductor es bastante invisible en la cultura contemporánea; hay como una situación no de total invisibilidad pero sí de secundariedad respecto del autor traducido”. La Constelación del Sur es un estudio sobre traductores y traducciones en la literatura argentina del siglo XX que analiza la gestación de un mapa de lecturas y modelos de escritura. Se trata de atender el modo en que la traducción de textos europeos y norteamericanos, llevada adelante en la Argentina en las décadas de 1940 y 1950 por escritores como Victoria Ocampo, Jorge Luis Borges y José Bianco, asume la función de presentar materiales narrativos extranjeros, desconocidos en el panorama local y presentados en sociedad mediante la editorial de la revista Sur.

–En tu libro analizás la labor de Victoria Ocampo como traductora, pero, ¿qué opinás de su literatura?

–Todo en Victoria Ocampo es interesante. Sus escritos autobiográficos -Testimonios y Autobiografía–, sus cartas, ensayos, críticas. En la correspondencia que mantiene con el sociólogo Roger Caillois, que escribe en francés y con algunos ligeros errores de lengua, las mejores cartas, de lejos, son las de ella. Claro que es un epistolario entre intelectuales, pero sus cartas son increíbles. Tienen una especie de apasionamiento, están inflamadas de pasión y además hacen referencia a las cosas de todos los días. Ese salto entre lo que puede ser erudito y el detalle nimio en ella me encanta.

–¿Qué te atrae de su escritura?

–Algo cuyo origen es indemostrable; en la escritura de Victoria hay permanentes saltos pragmáticos: de registro (escrito, oral, incluso familiar), de idiomas (citas en inglés, francés, italiano), de contenido (el traje de chez Chanel y el concierto de Stravinsky, o los textos de Virginia Woolf). Me atrae esa mezcla. Y esto es lo indemostrable: que en una lengua extranjera uno tiene más dificultades para captar los cambios de registro (¿no nos hemos sorprendido alguna vez al escuchar a un extranjero que habla muy bien el español, con aprendidos términos librescos, intercalar un “boludo” o un “carajo” donde no corresponde?). Si bien la historia cuenta que la verdadera lengua materna de Victoria es el francés, yo creo que lo aprendió de una manera no tan “natural”, no tan de “lengua materna”, y esos saltos formaron, de algún modo, una matriz de escritura. Además me impacta el uso permanente de la primera persona y lareferencia a sí misma. Ella siempre tiene que construir una escena en la cual esté incluida. La tensión de su escritura está volcada hacia la primera persona, todo lo refiere a su presencia en determinado lugar.

–¿Qué ves en la figura de Victoria Ocampo como pionera en el desarrollo de un proyecto cultural?

–La cualidad que más me impresiona es la tenacidad, haber sostenido el proyecto de Sur, revista y editorial, durante tantos años, con altibajos, desde luego, con momentos de esplendor y otros de mera repetición, de epigonismo. Haber podido contener en ese proyecto tendencias contradictorias, estética e ideológicamente.Mantenerse en algo en lo cual uno cree durante tantos años, tantas décadas, es muy loable. Ella quiso crear la editorial para salvar los gastos de la revista. Eso era lo que había hecho Ortega y Gasset con Revista de Occidente, que al poco tiempo de ser fundada, en 1923, inició una editorial.

–¿Cómo llegás a ella?

–Llego a ella de adulta, por la recomendación de leer La rama de Salzburgo, uno de los tomos de su Autobiografía, que me hace Adriana Mancini, autora de un ensayo sobre su hermana, Silvina Ocampo. Ese texto me impresionó: ¿cómo alguien podía escribir así una pasión propia? Me impresionó y también me emocionó, porque tal como ella relata las cosas, alejarse de su gran amor, Julián, es uno de los precios que paga por convertirse en una “mujer de letras”.

–¿Qué otras escritoras te gustan?

–Me atraen más las poetas (¿o poetisas? He notado que entre ambos términos existe una relación de exclusión: cuando está de moda “poeta” es de mal gusto decir “poetisa”, o viceversa) que las narradoras: Pizarnik, Plath. Pero también me gustan mucho algunas poetas del pasado, entre ellas, Louise Labé, mujer letrada del renacimiento francés, por su inteligencia y apasionamiento –reaparece aquí la figura de Victoria–. Y también Eloísa, mujer inteligentísima, gran autora de cartas. Al pie de este parnaso, otra mujer que me interesa como escritora y que se encuentra en los antípodas de las que acabo de citar es Patricia Highsmith. Esas son las dos formas de inteligencia que me atraen en las escritoras: la inteligencia apasionada, y la fría, distante, calculadora.

–¿Cómo comienza tu amistad con los libros?

–Cuando era niña, era insomne, aunque “insomnio” es una palabra un poco exagerada, porque remite a una afección pertinaz. Digamos que a veces no podía dormir de noche. Mi madre –las mujeres son dadoras de libros y relatos en mi vida–, cuando no podía contarme cuentos, me daba libros para leer, que por supuesto no solucionaban mi insomnio, pero me aliviaban de la angustia infantil por la espera vacía del sueño. Me daba de todo, desde las vidas de pintores de Vasari hasta algún número del Intervalo. Después fui leyendo los libros clásicos para niñas, Mujercitas, Heidi, pero sobre todo me gustaban los libros que le regalaban a mi hermano mayor: los de Salgari, los de Verne, las lecturas más típicamente de varones...

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