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Viernes, 4 de marzo de 2005

VIOLENCIAS

El ocaso del patrón

Fue el grito de una niña de ocho años, la menor de las hijas de Valentina Luzco, el que empezó a derrumbar el muro de silencio que protegía al salteño Simón Hoyos. Ahora sus hermanas, marcadas como ella por las huellas del abuso, se animan a hablar y están cambiando el rumbo del juicio oral que se le sigue al estanciero que se creía todopoderoso. La mamá de las Luzco cuenta por qué.

Por Roxana Sandá

“Hace ocho años buscaba trabajo, como lo hice siempre, con mis hijas a cuestas, hasta que un día un tío le dijo a mi madre que en la finca San Clemente tomaban empleados. Ella me alentó a ir porque hacía tiempo que mi tío trabajaba en una mina cordillerana de Simón Hoyos, de quien se sabía que cumplía en la paga, aunque era poca, y que cada tanto necesitaba gente para sus empresas. Porque además de la mina, creo de que bora, tenía transporte de vagones desde Salta y hacia fuera del país, era propietario de una calera, de la finca tabacalera y de una fábrica de pastas y restaurante que estaba en la ciudad. Nosotros éramos de Rosario de Lerma, yo venía de muchos viajes y muchos trabajos, y ya estaba cansada de seguir andando, por eso vi como algo bueno para mí y para mis hijas ser mano de obra de ese hombre. Pero el tiempo y sus actitudes me fueron confundiendo. Yo notaba que cada vez íbamos cayendo más profundo, que las chicas estaban mal, que las cosas se ponían patas para arriba y que los abusos de Simón Hoyos fueron convirtiendo nuestras vidas en nada.”
Durante una hora de conversación telefónica desde Salta, lugar donde insiste en seguir viviendo pese a la cantidad de horrores que campea desde que conoció “al patrón”, la voz de Valentina Luzco se desliza con mansedumbre, apenas eleva algún tono cada vez que recuerda “el miedo que le teníamos”. En cada respuesta se impone un aire de humildad que parece situar a quien pregunta en un lugar incómodo de autoridad y poder. Su abogado, Santiago Pedroza, sostiene que “se trata de una pobre mujer”, como si el adjetivo encerrara la imagen de un ser desvalido en su naturaleza, incapaz de hallar algún nudo de autonomía. Valentina tiene 42 años, una madre y seis hijas. Sus abuelos murieron cuando cumplió 9 años, sus hijas son de diferentes padres; ella dice que no quiso quedarse con ninguno de esos hombres. Es madre soltera y las ramas de su árbol genealógico suman en total cuatro generaciones de pobreza familiar, de otras mujeres que tuvieron miedo de otros patrones, sin la posibilidad de escaparle a ese destino fragmentado por la miseria y el sometimiento.
A ella y sus hijas les tocó nacer y crecer en una de las provincias del noroeste argentino donde aún hoy se reparte el poder entre los señores de ingenios y haciendas, todos ellos propietarios de tierras y cuerpos.
Pero Valentina es, por sobre todas las cosas dichas, la madre de una joven de 20 años que hace unos días denunció ante un tribunal salteño haber sido violada por Simón Hoyos desde los 12 años, embarazada por él y obligada a abortar; de una niña de diez años que también lo acusó de abuso sexual en un hotel alojamiento cuando tenía ocho, y de otras cuatro mujeres de 23, 18, 15 y 12 años, de las cuales las dos del medio llegaron a trabajar en la finca “del patrón”.
“Al principio parecía una buena persona. Empecé trabajando para él en la tabacalera San Clemente, en Cerrillos, para las tareas del verano, entre diciembre y marzo. El resto del año hacía las tareas que me pidieran y llegué a ser ayudante en chapa y pintura. Estuve un año en la calera de La Merced, hasta que me derivaron a la fábrica de pastas y restaurante La Piamontesa, en la ciudad de Salta. Eso ya no lo tienen, creo que lo alquilaron o lo vendieron. Y después me llevó a trabajar a su casa hasta principios del 2003, cuando pasó lo de la más chica.”
“Lo que le pasó a la más chica” es la culminación de una serie de aberraciones que Simón Hoyos habría practicado sistemáticamente durante décadas con las trabajadoras de su finca, con las hijas de aquéllas, con las esposas de los peones y con las hijas de éstos, sin distinción. Así lo afirman ex empleados, testigos y víctimas que se atrevieron a señalarlo ante el tribunal que desde hace quince días viene juzgándolo por el cargo de “abuso sexual con penetración en grado de tentativa” contra la menor de las hijas de Valentina.
Para el salteño Hoyos, un encumbrado de la sociedad local, los setenta y los ochenta fueron años privilegiados, en los que el buen nombre y honor pudieron más que las acusaciones por abusos sexuales reiterados –precisamente en tres oportunidades– que lo tuvieron como protagonista. La Justicia sobreseyó, desestimó y observó falta de mérito en cada una de las causas hasta la semana pasada, cuando su ex chofer, Tomás Erazo, recordó un caso ocurrido en la década del setenta, de una niña que Hoyos comenzó a violar a los ocho años hasta que a los 13 quedó embarazada y la obligaron a abandonar la finca.
“En 31 años vi cosas de él que nadie las puede contar sin sentir asco. Y no me refiero sólo al tema de las violaciones, porque eso es de vieja data, sino a la forma inhumana de vida que les imponía a sus servidores y empleados”, dijo Erazo a un medio local. “Siempre hizo (en San Clemente) su voluntad, sobre todo con las menores de edad. Es un abusador enfermizo, que nunca tuvo el menor cargo de conciencia.”
A mediados de los noventa, Jessica, una de las hijas de Valentina Luzco, había cumplido 12 años cuando llegó a San Clemente junto con su madre y sus hermanas para quedarse en un ambiente de silencio, donde no era posible –ni deseado– cuestionar. En poco más de un año las mujeres fueron liberadas de las tareas rurales para mudarlas a la casa que habitaban Hoyos y su esposa en la ciudad de Salta, donde Valentina se desempeñó como empleada doméstica hasta febrero de 2003.
“El se mostraba bueno y yo le di mi confianza, pero no quería pagarme el salario de lo que me correspondía por cada hija. Un día me dijo que teníamos que arreglar ese tema en algún reservado; me advirtió que aceptara la mitad del sueldo o me despedía. Tomamos una ruta como para salir hacia Buenos Aires, tuvimos relaciones sexuales y se puede decir que desde ese momento me convirtió en algo así como su amante.”
–¿Usted sabía que Jessica también era abusada por Hoyos?
–No, mi hija no hablaba.
–¿Nunca notó nada extraño en ella?
–Yo la veía distinta, no comía, se desmayaba en el colegio, se descomponía. Me decía “mamá, no me sale nada”, pero al mismo tiempo él les demostraba a todas mis hijas cariño por igual y les compraba cosas.
Hasta el día de su detención, Hoyos se paseaba a la vista de todos acompañado por niñas o adolescentes en calidad de “tutor”, y las llevaba a pasear o a comprar ropa como un signo, a su manera, “de protección”. Nunca se lo inquirió por esas compañías infantiles permanentes y hasta el momento nadie se atrevió a revelar si el individuo era cliente habitual del hotel alojamiento de la zona de Los Cerrillos, donde fue encontrado con la niña, y si ingresaba a sus habitaciones acompañado por menores de edad.
Sin embargo, su ex chofer dijo que la hija menor de Valentina y sus hermanas “iban a todas partes” con el empresario, y estaba seguro de que “las fue desflorando de arriba abajo”. “Una vez salí de chofer con Hoyos hacia La Merced. En el camino vio a una de las hijas de Valentina abrazada con un noviecito. Hoyos se bajó del vehículo y se puso como loco: lo echó al joven a los alaridos, la chica cruzó la ruta bajo una crisis de pánico y casi la atropella una camioneta.”
La relación de la entonces nena de 12 años y el patrón se prolongó hasta el 2003. Los magros 40 kilos que pesaba Jessica no fueron suficientes para rechazar los 100 kilos de Hoyos, que la obligaban a someterse cada vez que él se lo imponía. “Ahora sos mi mujer, yo te inicié”, le dijo al cabo de la primera violación y le puso diez pesos en una de sus manos. Los siguientes abusos fueron construyendo una relación perversa, en la que el victimario pretendía que se lo llamara “papá” delante de extraños, mientras que en la intimidad solían acostarse en su cama matrimonial, intercambiaban misivas de contenido sexual y utilizaban material pornográfico.
A los 16 años Jessica descubrió su embarazo de cuatro meses y se lo comunicó a Hoyos. El le dio unas pastillas que le provocaron sangrado, pero de todos modos consultaron a un médico amigo que se negó a practicarle un aborto porque la gestación “estaba muy avanzada”. Un segundo profesional le aplicó una inyección y le dio pastillas que le provocaron el aborto de regreso a la casa de Hoyos. Dolorida, desde la cama en la que estaba acostada preguntó por el feto que había expulsado: el hombre contestó que “no se preocupara, que él lo tiraría al río”.
–¿Sabía algo de todo esto?
–Me enteré de estas cosas cuando mi hija las denunció, no antes. Si hasta almorzábamos todos juntos en la mesa familiar. El le decía a su señora cuánto quería a Jessica, que por su inteligencia le hacía acordarse de su hija. Decía que nos quería mucho a todas, llevaba a pasear a las chicas y les pagaba los estudios. Era como un tutor, un padrino.
El 7 de febrero de 2003, Carlos Romay, el gerente del hotel Las Palmeras, forzó la puerta de la habitación 23 con la certeza de que esta vez las cosas se habían ido de las manos. Una empleada corrió a buscarlo a su oficina, asustada por los alaridos “como de una criatura” que salían de ese cuarto. Tras mover el picaporte, se encontró con “don Simón” en la cama, junto a una niña desnuda y mojada que no paraba de llorar. El hombre empezó a enlazar frases desordenadas que hablaban de mugre que había que limpiar, de un hidromasaje para calmar el dolor de cabeza, de una sobrina díscola, de olvidar todo y dejarlos partir.
Los empleados no sólo impidieron la huida, sino que dieron parte a la policía y cercaron la camioneta hasta la llegada de los policías Víctor David Zurita y Efraín Arancibia Farfán. Zurita fue el primero en ver Hoyos al volante de la Ford blanca y al lado, “sentada en el piso o en una caja de herramientas había una nena muy chiquita” que estaba “nerviosa, llorosa, como perdida, no estaba normal”. Farfán relató que el hombre “estaba nervioso y decía que sólo habían ido a bañarse, que la menor tenía 12 años y que ella había pedido ir, por lo tanto, ella tenía la culpa”. Pero, además, que Hoyos “quería hablar con el comisario para arreglar las cosas”.
–Valentina, ¿qué sucedió con su hija desde aquel día?
–Comenzó a recibir atención médica y de una psicóloga, pero después tuve que dejar de llevarla, porque no tenía dinero para seguir con el tratamiento.
–¿Cómo está ella ahora?
–Intranquila. Tiene picos de fiebre, dolor de cabeza. Le da pánico estar con hombres mayores, le vienen temblores y se hace pis encima. Nunca volvió a estar bien, y menos en estos días del juicio. Me decía que noquería hablar, que no quería estar frente “a esa persona” porque tenía miedo de lo que pudiera pasarle.
–¿Por qué cree que Jessica decidió contar ahora su historia?
–Le hace muy mal ver que su hermanita está peor, que sufre mucho. Creo que contó todo porque no quiere que a sus hermanas les pase lo mismo que le pasó a ella.
La fiscal a cargo de las causas de Jessica y del hotel alojamiento, Graciela Herrera de Gudiño, investiga ahora la posibilidad de una tercera relación entre Hoyos y otra de las hijas de Valentina Luzco, a partir del hallazgo de cartas “con contenido erótico” escritas por la adolescente y que él guardaba en su escritorio bajo llave. A esta altura de los acontecimientos, la fiscal sabe que está desandando una ceremonia de vasallaje relatada por otras mujeres, como Sandra del Valle Rodríguez, de 26 años, que pasó su vida entre las plantas de tabaco de los Hoyos y las violaciones del patrón apenas cumplidos sus 13 años. Es el derecho de pernada ejercido sobre niñas, adolescentes y jóvenes desde los tiempos de la colonia y que pervive en los países del sur del mundo.
Un estudio publicado por la Universidad de Salta en 2000 revela que las tasas de natalidad más elevadas y el número más alto de hijos de padres desconocidos se registran en las áreas rurales, donde prevalece el régimen de hacienda. En el departamento de La Caldera, el índice de natalidad es del 10,1 por ciento; el 30 por ciento de niños nacidos entre 1995 y 1999 llevan el apellido materno. En Rosario de la Frontera la natalidad es del 21,3 por ciento y en un 11 por ciento de los casos no puede establecerse la paternidad. En Rosario de Lerma, donde el 9 por ciento de los niños son fruto de “uniones irregulares”, el índice de natalidad supera el 23,1 por ciento. En infinidad de casos prevalece un espíritu de amenaza y maltrato sobre las parturientas.
“Desde que ocurrió lo de mi hija menor en el hotel y la denuncia de Jessica, vivimos amenazadas. Simón Hoyos me mandó a su hermana primero y después a sus hijos. Me dijeron que levantara el juicio porque yo no iba a saber enfrentar a la Justicia, que todo lo que denunciamos era mentira, que si Jessica se iba de Salta le pagaban todo en otro lugar. Pero no quisimos callarnos más.”
–¿Y la esposa de Hoyos, con la que convivieron, nunca se acercó a ustedes, antes o después de estos hechos?
–No, ella vive en otro mundo, como si no viera ni escuchara nada. Nunca quiso ver nada.

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