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Viernes, 29 de julio de 2005

RESCATES

La sangre donde ardía

Blanca Ibarlucía es mucho más que una estrecha colaboradora de Eva Duarte, militante de la Resistencia peronista, fundadora de la fundación feminista Flora Tristán en Perú. Es una mujer que abrió caminos y que a los 82 sigue activa y aprendiendo, aunque también se queja: “Parece que para triunfar hay que convertirse en amazona”.

 Por Roxana Sandá


En esa casa de militantes socialistas se reunían Leguisamo, Alfredo Palacios, Lisandro de la Torre, cuando no Carlos Gardel, que acostumbraba regalar algún tango a los presentes, aunque Blanca Ibarlucía, por entonces de apenas cinco años, y sus hermanos debieran espiar a tanto personaje junto desde el ventanal de alguna pieza disimulado al crochet. Con igual mesura de niña educada aprendió en cada golpe del puño de su padre sobre la mesa que en 1920 el silencio era la señal más ostentosa del respeto y que la boca sellada de su madre y aun la suya propia era lo esperado en mujeres de su tiempo. “Aceptaba, pero no entendía”, dirá 82 años después, sobre la imposibilidad de ser doctora pero sí maestra, sobre los casamientos por imposición y las libertades depuestas. “Cómo no entender entonces por qué miles de nosotras decidimos seguir ciegamente a Evita, si nos ardía la sangre y ella nos decía que saliéramos a la calle a exigir nuestros derechos”. “Jajasita”, como llamaba su padre a esa nena ligera y pequeña, con la risa a flor de labios, pasó por el inevitable derecho de criar a sus hijos sin marido que no deseara al lado y logró agotar los repertorios obsoletos de la condena social para darse el gusto de construir una vida sin fragmentos, desde su paso –”que todavía ando”– por el peronismo hasta la fundación de la organización feminista peruana Flora Tristán, uno de los referentes más importantes para las mujeres de este lado del mundo.

–Los que la conocen dicen que a sus 82 años continúa abrazando tantos o más proyectos que los que la encendían en su juventud.

–Siempre me identifican con el pasado y por mi trabajo con Evita, entonces me fosilizan. Y a mí me encanta el presente: hasta hace poco dirigí un programa para chicas y chicos detenidos en institutos, presas y presos esencialmente por ser pobres, que me dejó experiencias muy ricas sobre sus sentimientos y sigo manteniendo el vínculo con muchos de ellos. Ahora estoy a cargo de un programa de banca social para mujeres emprendedoras, del Ministerio de Desarrollo Social de la provincia de Buenos Aires, que pretende reunirlas para modificar su realidad. El objetivo es que esas bancas sociales excedan lo económico y fortalezcan a las mujeres dentro de sus organizaciones. También realizo talleres anuales de género desde el gobierno de la ciudad, asesoro en una comisión tripartita para igualdad de oportunidades y trato del Ministerio de Trabajo, y en una comisión provincial para la erradicación del trabajo infantil.

–Y además es la “gran madraza” de una familia numerosa.

–Soy abuela de ocho nietos y el primero se está por casar. Tengo a Alfredo, mi gran compañero de la vida, con quien discutimos y nos apoyamos, mis hijos Lisandro y Martín, y mi hija Amparo. Por ella, por todo lo que representa en mi historia decidí volver del Perú, donde viví mi exilio desde los setenta hasta 1991, cuando me comunicó que estaba embarazada.

–Usted dijo alguna vez que la propia historia puede servir como reflexión de lo posible.

–Yo no sabía que era feminista, pero lo fui toda mi vida, creo que desde niña, cuando en la mesa familiar mi padre se dirigía sólo a mis hermanos. En un momento nos miraba a mi madre y a mí y nos decía “a ustedes no les hablo porque no entienden”. Y lo que yo no entendía era por qué mi vieja lloraba en silencio; creo que ella engordaba por todo lo que se tragaba. Parió a sus hijos sobre la mesa del comedor y aprendió a hacerlo sin gritar, porque mi abuela paterna no quería escándalo. A partir de verla a mi madre decidí que no deseaba que hubieran más mujeres llorando a escondidas.

–Pero aun así siguió la carrera de docente y se casó muy joven por imposición paterna.

–Sí, pero llegué a ser profesora, todo un logro en esa época. Me casé virgen e impoluta con un joven bendecido por mis padres; tan impoluta que cuando mi flamante esposo exhibió su “miembro viril” en la noche de bodas, en la cama nupcial preparada por mi madre y mi tía, me pegué tal susto que casi me pongo a llorar. Así nos casábamos las mujeres en esa época, qué tragedia. Tuve dos hijos y me divorcié, soporté la condena familiar y de mis amigas. Una tarde fue una comitiva de conocidas a mi casa para decirme que yo era una prostituta y no pertenecía más a su grupo.

–Hasta que apareció Eva Perón y la construcción de esa independencia se profundizó todavía más.

–Absolutamente. Elegí trabajar con ella porque reproducía todos esos ideales escondidos de cómo debía ser una sociedad; íbamos casa por casa para que las mujeres conocieran sus derechos, aunque en muchas casas nos cerraban las puertas en la cara, y me comprometí a luchar por esa justicia social que ahora le dicen derechos humanos.

–Esa lucha le costó la persecución y el exilio.

–Después de la muerte de Evita me retiré un tiempo, y más tarde hubo que resistir la revolución “fusiladora”. Sobrevinieron los sesenta y empecé a estudiar Medicina en la UBA, pero a esa altura el Partido Peronista Femenino era mal visto y yo quería militar, así pese a mis 40 años, una vieja, milité en la JP. La vuelta de Perón nos llenó de esperanzas, de un aire olvidado; nadie se imaginó huyendo años después, ¿hacia dónde? La dictadura puso los derechos y las y los peronistas poníamos los humanos. Hasta que un día uno de mis hijos le dijo a Alfredo: “Viejo, te tenés que ir”, y otra noche vino un comisario que nos mandó Balbín a hacernos los papeles para poder irnos a Perú, la cuna de mi familia paterna.

–¿La vida en Perú fue una especie de renacimiento?

–Yo digo que tuve tres nacimientos: el primero del vientre de mi vieja, el segundo con Evita y el tercero a través del feminismo que descubrí en Perú. Cuando llegué me mosqueé un poco, dije ¿qué es esto del feminismo, si en la Argentina somos todas iguales? Después me di cuenta de que algunas son más iguales que otras. Empecé a trabajar en Villa Salvador, el asentamiento más grande del Perú, junto a líderes como María Elena Moyano, y descubrí que entre esas mujeres no había contradicciones.

–Y con algunas de ellas pensaron y fundaron la Flora Tristán, una de las organizaciones más reconocidas en Latinoamérica.

–Me encontré de nuevo en un proyecto de trabajo y militancia que se hizo carne en talleres de género, talleres de menopausia en los que las mujeres peruanas, tradicionalmente reservadas, hablaban de sexo, de sus embarazos y sus ansiedades. Recuerdo que había muchas viudas y confesaron estar chochas de serlo. Ese fortalecimiento paulatino se cristalizó en los ochenta, cuando Naciones Unidas nos aprobó un proyecto de mujeres jóvenes de Villa Salvador, a través del cual las propias mujeres pudieron construir una sala de atención médica de primer nivel. Realmente, dolió mucho irme de allá.

–¿Cómo encuentra hoy a las feministas argentinas?

–Yo diría ¿qué nos pasó a las feministas argentinas? Nos une más o menos el ser mujer, pero nos divide la clase social, la edad, la opción sexual. No somos una sola cosa: ser madre o no, la capacidad de poder elegir, y para hacerlo se necesitan muchas cosas que te apoyen, sobre todo la situación económica. No me acuerdo quién dijo “los esclavos no pueden elegir; ni siquiera pueden negociar”. Me da miedo que lo que consideremos triunfos de las mujeres sean triunfos pírricos.

–Pero hay cambios manifiestos.

–Obviamente que las cosas avanzan, pero no por voluntad de las mujeres. Por un lado vemos movimientos sociales tan exitosos y por otro los Bush y Blair. Vemos mejores condiciones de vida para muchos y sectores sumergidos que no tienen para vivir. Más que pensar en las mujeres me pregunto qué pasa con el ser humano, dónde entran estas cosas tan valoradas que decimos que tenemos las mujeres: para lograr espacios supuestamente de decisión, las mujeres en general fortalecen los principios masculinos, como si volvieran a fortalecer el sistema patriarcal. Pareciera que para triunfar hay que hacerse amazona, sacarse una teta y en ese lugar ponerse un arma.

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