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Viernes, 17 de marzo de 2006

NOTA DE TAPA > ANTICIPO

Queremos tanto a Jane

Para felicidad de quienes aman a Jane Austen, se estrena finalmente (en cable) la más premiada, exitosa y fiel de las versiones de Orgullo y prejuicio. Se trata de una miniserie de la BBC, de alta tensión romántica, protagonizada por el guapísimo Colin Firth y la deliciosa Jennifer Ehle, que se ofrecerá en seis capítulos consecutivos.

 Por Moira Soto

Es verdad universalmente admitida que un soltero poseedor de una gran fortuna ha de necesitar esposa. Aunque poco se sepa de las opiniones y sentimientos de un hombre en estas condiciones a su llegada a un vecindario cualquiera, está tan arraigada esta creencia que las familias lo considerarán, con la mayor naturalidad, como propiedad indiscutible de una u otra de sus hijas”: tal el irónico, preciso, sutilmente intencionado comienzo de Orgullo y prejuicio, una de las obras maestras de la genial novelista inglesa Jane Austen. Un párrafo que suena como el primer movimiento de una pieza musical, donde se establecen el tono y los temas principales de la novela más popular que escribiera la hija de un pastor anglicano de provincia. Una mujer de vida más bien recoleta que no llegó a cumplir los 42, no se casó y tuvo que esperar a los 36 para ver publicada una de sus novelas –Sensatez y sentimientos, que había empezado a escribir a los 22 y luego reformado a los 24– y así ganarse sus primeras libras propias.

Si bien la obra de Austen, además de venderse bien desde el primer momento, fue apreciada tempranamente por algunos escritores, filósofos, críticos sagaces que supieron leer más allá del entramado de amores contrariados y finalmente encauzados (casi siempre) con felicidad, el punto culminante de la austenmanía llegó a mediados de los ’90 del siglo pasado, cuando la BBC inglesa presentó la irresistible miniserie en seis capítulos Orgullo y prejuicio. Un acontecimiento televisivo en el que se conjugaron idealmente calidad y masividad. No sólo se agotaron nuevas ediciones de Orgullo... y de otras novelas de Austen, sino que floreció todo un merchandising en torno de los personajes, sus objetos, los sitios que solían frecuentar.

Por otra parte, la primera edición de los videos de la miniserie –50 mil copias– se vendió en un santiamén, y hasta la línea imperio de los trajes femeninos de fines del XVII y comienzos del XVIII fue retomada por los diseñadores de moda. Entretanto, la casa de Chawton, donde Jane Austen pudo recuperar el placer de escribir durante los últimos años de su vida, un edificio de ladrillos del XVII rodeado de jardines, se convirtió en imán de fans cada vez más [email protected] Allí, entre recuerdos personales, cuadros, muebles, vajilla y por cierto la diminuta mesita de un solo pie donde Jane escribía sus maravillosas novelas, también se instaló una surtida librería y en dependencias anexas se realizan lecturas, conferencias, proyecciones. Un verdadero santuario literario para el culto de una escritora tan amada que sin embargo vio frustradas sus ilusiones románticas en plena juventud.

A partir del 27 de marzo próximo, a las 22, comenzará a pasarse por la señal de cable Europa Europa está miniserie cubierta de premios y de las alabanzas diritirámbicas de la crítica de diversos lugares del mundo donde se exhibió, siempre con gran repercusión. Como sucedió en su momento con nuestro Rolando Rivas, taxista, en Londres –y en todo el reino Unido– se producía un parate a la hora de la emisión semanal de cada capítulo. Orgullo y prejuicio fue vista, según todas las encuestas, por un público heterogéneo que se enamoró del encanto de esta fiel adaptación. Casi diez millones de personas de toda edad y condición siguieron anhelantes las escaramuzas entre Lizzy Bennet y Fitzwilliam Darcy, realizadas con un presupuesto de seis millones de libras. La última entrega copó casi el 40 por ciento de la audiencia total televisiva.

Pasión por ella

Los ’90 fueron años de gloria austeniana; la pasión por la escritora se extendió y se multiplicaron los estudios e interpretaciones sobre su obra. También se hicieron otras adaptaciones televisivas y cinematográficas: la propia BBC produjo una excelente versión de Persuasión (1995), dirigida por Roger Mitchell, con Amanda Root como Anne Elliot, en tanto que Ang Lee condujo –con guión de Emma Thompson, también intérprete– una refinada, certera adaptación de Sensatez y sentimientos, con Kate Winslet y Hugh Grant. También en 1995, Amy Heckaerling hizo una versión muy aggiornada, rebosante de gracia de Emma, con Alicia Silverstone. Menos afortunada resultó la ópera prima de Douglas McGrath, de 1996, que volvió a los trajes de época de la Emma original, pero sin la comicidad chispeante ni el ritmo requeridos, aunque en el reparto figuraban nombres de la talla de Toni Collette, Grata Scacchi, Gwyneth Palthrow, Jeremy Northam.

Entre las versiones de obras de Austen hechas para el cine o la TV, previas a los ’90, se puede mencionar la prolija pero algo desangelada realización de Robert Z. Leonard Orgullo y prejuicio (1940) con el superactor Laurence Olivier y la aseñorada Greer Garson. En 1971, rescató el genuino espíritu austeniano la producción televisiva inglesa (Granada) mediante Persuasión, de Howard Baker, con Bryan Marshall y Ann Firbank. La BBC presentó una serie de adaptaciones en los ’70 y ’80: Emma (1972), de Jon Glenister; Orgullo y prejuicio (1980), con Elizabeth Garveny; Sensatez y sentimientos (o Sentido y sensibilidad, como fue presentada aquí por el British Art Centre), de 1981, y Mansfield Park (1983).

En fechas más recientes, Patricia Rozéma llevó el cine una relectura de Mansfield Park (1999) que acentúa la rebeldía del personaje de Fanny Price, a cargo de Embeth Davidtz. La directora dijo que había buscado “capturar la intrepidez, la vitalidad estilística de Jane Austen, porque no quería hacer otra fiesta campestre en honor de esta escritora: quería mostrar su pasión, su fiera humanidad, su ingenio devastador y su fe, firmemente asentada, en el poder del amor entre dos personas. En 2004, con producción inglesa, se hizo la película Pride & Prejudice, con la superestrella de Bollywood –el Hollywood de la India– Aishawarya Rai y el desabrido Martin Henderson, colorinches y romance azucarado, lejos de J. A. Más cerca estuvo el reciente estreno local, todavía en cartel, Orgullo y prejuicio, dirigido por Joe Wright, pero con desaciertos en la elección del elenco (Matthew MacFadyen convierte al sordamente apasionado Darcy en un pazguato tristón monocorde, el descangayado Donald Sutherland estaba para hacer de abuelo de las hermanas Bennet antes que de padre y Brenda Bethlyn sobreactúa con llamativo descontrol) y zafios toques cómicos (cada vez que se abre la puerta de una habitación donde tiene lugar una conversación importante, hay un grupo de mujeres apiñadas escuchando indiscretas, algo que jamás pasaría en ninguna novela de Austen).

Pero afortunadamente llega por fin la miniserie de la BBC de 1995 para resarcirse y deleitarse con, probablemente, la mejor versión de esa gran novela que –como otras de J. A.– se consiguen sobre todo en mesas de saldos (la última edición local de O & P, de 2005, es de Gradifico,Colección Malva y está entre los 6 y los $8. No es la traducción ideal, pero es la más fácil de encontrar).

Perfil bajo, talento encumbrado

A los 11 terminó la educación formal de la niña Jane Austen, penúltima entre seis hijos y una hija de un matrimonio instalado en la parroquia de Steventon, al sur de Londres. En adelante, la chica se las arreglaría –¡y cómo!– con la biblioteca de varios cientos de volúmenes del padre, el pastor anglicano George Austen, y los consejos de amigas aficionadas a la literatura como Anne Lefroy, mujer de un clérigo que además escribía poesía. Tanto se encariñó Jane con Anne y tuvo en cuenta sus consejos que para la biógrafa Claire Tomalin (Jane Austen, Circe, 1999, también en mesas de saldo) “fue una especie de madre ideal, preferible a la de todos los días”. Es que Cassandra Leigh, como tantas progenitoras de la época con suficientes recursos pecuniarios, depositó a sus hijos e hijas, a poco de nacer, en manos de nodrizas de algún pueblito cercano para que [email protected] criaran durante los primeros años, lo cual creó una distancia que se acentuó cuando puso a Jane, junto a su hermana llamada también Cassandra, en un internado. De todos modos, la chica no le guardó resentimiento, apenas se atrevió a bromear en sus cartas a su hermana sobre la hipocondría de su mamá.

Adolescente sociable, valorada por su padre, que leía atentamente las obras de la precoz escritora, Jane desarrolló un punzante sentido del humor y una personal visión del mundo. Según Virginia Woolf, su gran admiradora, a los 15 ya tenía una mirada crítica y escéptica, sin demasiadas ilusiones. “Era una mujer que escribía como una mujer, no como un hombre”, anotó Woolf. Antes de los 20, había pergeñado The Mystery, una pieza dedicada a su padre; Amor y amistad (1790), relato epistolar de 33 páginas donde dos chicas desafían lecciones enseñadas, desconfían del consejo materno y alientan a romper las cadenas de la autoridad paterna; History of England (1791), llena de guiños a su propia familia; Lesley Castle, relato de humor negro que comienza con una joven que está cocinando con mucho empeño para la boda de su hermana cuando recibe la noticia de que el novio tuvo un accidente y está a punto de morir: la chica, empero, sólo puede pensar en lo que le va a llevar limpiar la cocina. En Catherine, or Bower ya aparece el tema del dinero vinculado a la libertad y al matrimonio por interés, a través de una muchacha obligada a casarse con alguien a quien no ama (“algo tan repugnante a sus sentimientos que casi habría preferido la servidumbre, si hubiese podido elegir...”, escribe la narradora de 16, equiparando con bastante claridad los arreglos matrimoniales a la prostitución). Lady Susan también pertenece a la etapa juvenil, vuelve al tono epistolar y se despacha con las andanzas de una joven mujer fatal, manipuladora y rompecorazones, pero atractiva e ingeniosa. Aunque Austen nunca entregó este manuscrito para su publicación porque quizá le dijeron que se había pasado demasiado de la raya, sí lo preservó a través de los años, los viajes, las mudanzas.

En 1795, época de bailes en casas de familia o en salones públicos, Jane, a los 20 –además de danzar y tocar el piano– empieza a trabajar el boceto de Elinor and Marianne, primera versión de Sensatez y sentimientos, con forma epistolar. A comienzos del año siguiente le escribe una carta a su querida hermana Cassandra, de visita en casa de sus futuros suegros (el novio moriría antes de la boda, y Cassandra se declararía viuda virtual y jamás se casaría), contándole la gran novedad: conoció a Tom Lefroy, un joven guapo, inteligente, seductor, sobrino de su amiga Anne. Jane ha ido a bailar con su “amigo irlandés” y, tomándole un poco el pelo a Cassandra, siempre tan formal, la incita a imaginar “la forma libertina y chocante de bailar y de sentarse el uno junto al otro”. Jane comparte con Tom Lefroy la preferencia por Tom Jones, de Fielding, una novela bien picaresca, con un héroe desenfadado.

Jane se enamoró, eso está claro. Y según testimonios del propio interesado vertidos muchos años más tarde, Tom también se sintió flechado por esa chica culta, veloz y con tanto sentido del humor. Pero el joven encantador tenía cinco hermanas y dependía de un tío que le pagaba los estudios en Londres, de modo que no podía apostar su futuro al amor de una chica sin nada parecido a una dote. Acaso los tíos apuraron la partida frente a los rumores del flirt, acaso el propio Tom se achicó. Lo concreto es que partió antes de lo previsto dejando a Jane desolada. Aunque no permitió que la decepción la doblegara, la joven escritora trató de mantenerse al tanto sobre las actividades de Tom durante unos años, hasta que éste se casó en 1799 con una rica heredera.

En ese tiempo –de espera, de esperanza– Jane no sólo se puso a soñar: escribió First Impressions (primer título de Orgullo y prejuicio), que terminó en 1797, a los 22. Reescribió Elinor and Marianne entre 1797 y 1798, y le puso nuevo nombre: Sense and Sensibility. Luego esbozó el primer borrador de Susan, que se llamaría finalmente La abadía de Northanger. Es decir, creó tres novelas extraordinarias antes de los 24. El padre estaba tan convencido de la notable calidad de First Impressions que recomendó la obra a un editor, Thomas Cadell, sin decirle a quién pertenecía (usó la fórmula “Obra en mi poder el manuscrito...”), ofreciéndose incluso a invertir un dinero en la publicación. Muy pronto, seguramente sin leerla, Cadell reenvió la carpeta con la palabra “Rechazada” en la primera página. Un desacierto mayúsculo, cometido por pura dejadez. Perdió el editor, pero sobre todo perdió Jane Austen, a quien la publicación del libro le habría dado la independencia económica que tanto necesitó años más tarde.

Es imposible saber si la escritora llegó a enterarse del desprecio porque del lapso entre 1796 y 1801, después de la “limpieza” que hizo su hermana Cassandra para evitar que se conocieran intimidades luego de la muerte de Jane, sólo quedan 28 cartas, y ninguna de 1797. En ese mismo año, el reverendo Samuel Blackall, necesitado de una esposa (como diría la señora Bennet de Orgullo y prejuicio) le propuso matrimonio a Jane, quien por supuesto se negó cortésmente. Aunque a su hermana le comentó cáusticamente por carta que ese afecto de él “en principio parece haber surgido del hecho de no saber nada de mí”.

En 1801, el padre y la madre de Jane toman la decisión abrupta e inconsulta de mudarse a la ciudad de Bath. Al enterarse, Jane se desespera, llora por los libros, por los objetos familiares, ve que se destruye su ámbito de creación, siente que parte al exilio. A partir de esa fecha desgraciada, algo se desequilibra en la escritora y deja de escribir durante diez años. Pese a que sigue la vida normalmente después de la mudanza, por dentro no cesa de luchar contra la depresión. Y aunque deja la pluma, preserva celosamente los manuscritos inéditos de sus obras, los lleva de un lugar a otro, cientos de páginas escritas con prolija letra, bien apretada para ahorrar papel. En 1802 rechaza otra oferta de matrimonio porque, aunque aprecia de verdad al candidato Harris Bigg, heredero de una considerable fortuna, reconoce con honestidad que no lo ama.

Por fin, en 1809 todo cambia favorablemente para Jane cuando se va a vivir –ya muerto el padre– con su madre y su hermana a una amplia casa en Chawton, un tranquilo pueblito. Al poco tiempo, comienza la revisión de Sensatez... que, previa negociación de su hermano, se publica en 1811 (anónimamente, en la tapa sólo dice “a novel by a lady”). A los 36, Jane Austen gana 140 libras, obviamente de un altísimo valor simbólico. A los 38, con la edición de Sensatez “agotada, asiste –sin exhibirse, claro– al éxito de Orgullo y prejuicio, termina de escribir Mansfield Park, prepara el borrador de Emma, quizá su obra más perfecta. Todo sin dejar de hacer las tareas domésticas, de tejer, cuidar el jardín, cocinar”. En 1815, luego de la publicación de Mansfield aparecen los primeros síntomas de su enfermedad –se supone que el mal de Addison– que la escritora sobrelleva con discreta elegancia hasta su agravamiento en 1817, año de su muerte. Jane Austen deja terminada Persuasión e inconclusas dos novelas que también se publicaron póstumamente.

Orgulloso Darcy prejuiciosa Lizzy

Afortunadamente, en la miniserie que abre el próximo 27 tenemos a un Darcy como la gente, el gallardo Colin Firth, en una actuación tan intensa como económica en el papel del caballero ambiguo, antipático con la burguesía rural casamentera de Hertfordshire, pero gentil y generoso con sus criados, que se enamora violentamente de la vital, inteligente, mordaz Lizzy nada más conocerla. Pero como no soporta sus desplantes ni menos todavía a la señora Bennet, tan descaradamente interesada en cazar fortunas para sus hijas, trata de resistir esa pasión. En esta recomendable versión de Orgullo y prejuicio Jennifer Ehle encarna con brillo a Lizzy Bennet, Crispin Bonham Carter es el cándido y tierno señor Bingley, el candidato de Jane, a su vez interpretada por Susana Harper. Benjamin Withrow hace una exacta creación del personaje del padre, en tanto que Alison Steadman otorga las dosis requeridas de vulgaridad y codicia a la señora Bennet. El guión, que sintetiza con inteligencia y sentido del ritmo los espléndidos diálogos de la novela, fue escrito por Andrew Davis y la dirección, acorde con la calidad general y la fidelidad a Austen de esta producción, fue ejercida por Simon Langton.

El relato está equitativamente distribuido en seis capítulos y arranca con la llegada de dos jinetes a las inmediaciones del hogar de la familia Bennet, bajo la mirada atenta de Lizzy, que luego saluda por la ventana, con complicidad, a su padre. En la casa, dos hermanas menores se pelean por un sombrero. Y a continuación, el famoso diálogo que se saben de memoria [email protected] [email protected] de la novela: la señora Bennet anuncia que tiene noticias maravillosas sobre Netherfield Park, el señor Bennet la deja hablar entre paciente y sobrador. “¿No quiere saber quién la alquiló?”, pregunta ella, y él: “Usted me lo quiere decir y yo no me opongo”. La señora Bennet le explica que se trata de un joven muy rico, el señor Bingley, que ella como madre está interesada por las hijas. “¿Qué tienen que ver ellas?”, se hace el inocente él. “Oh, señor Bennet, usted sabe que quiero que se case con una de ellas...” A partir de ese momento, comienza la descarada campaña de la señora que, no tan sorprendentemente, se saldrá con la suya a pesar de la mala impresión que provoca en Darcy, el amigo fraterno y protector de Bingley.

Aunque la protagonista absoluta es la cocorita Lizzy, se narran dos romances con obstáculos debidos a malentendidos y calumnias, aparte del rechazo que inevitablemente genera la entrometida y ciclotímica señora Bennet. Pero el tema profundo de la novela y de la miniserie es el proceso de autoconocimiento, de autocrítica que hace Lizzy a través de los distintos episodios. Lejos de su casa, luego de la declaración de Darcy, que en primera instancia rechaza porque aún no ha comprendido que lo ama y todavía lo juzga soberbio sin darse cuenta de que el corazón de él está a punto de estallar, Lizzy todavía tiene que recibir una carta con los detalles de la verdad sobre Wickham, el calumniador que terminará mostrando la hilacha y bebiéndose su propia medicina.

Cuando Lizzy se da cuenta de que fue apresurada e injusta al juzgar a Darcy, de que se dejó dominar por los prejuicios, lo siente sinceramente. Así lo expresa en la novela: “Qué absurda y ridícula me he portado yo, que me enorgullecía de mi discernimiento, que desdeñaba el generoso candor de mi hermana y halagaba mi vanidad con recelos infantiles y censurables. Qué humillante es este descubrimiento, pero cuán merecida la humillación. Ni aún habiendo estado enamorada de él habría podido cegarme tanto. Complacida por la preferencia de uno (se refiere a Wickham, con quien coqueteó con alguna ilusión) y ofendida por el desprecio del otro, me dejé llevar desde el principio de nuestra relación por la presunción y la ignorancia, dejando de lado la razón a la hora de juzgarlos. Hasta este momento, no me conocía a mí misma”.

Aunque el odio hacia Darcy se ha desvanecido, a Lizzy todavía no le cayó la ficha de sus verdaderos sentimientos hacia él. Por eso, cuando la tía le dice que han sido invitadas a Pemberley, la mansión del reivindicado Darcy, la chica siente un espontáneo entusiasmo, “pero cuando se preguntaba la razón de su alegría, no acertaba a explicársela”, señala sutilmente Austen. A su hora, Darcy también reconoce que se mereció el primer rebote porque sus recursos eran insuficientes “para enamorar a una mujer digna de ser enamorada”. Al final quedan a mano, de igual a igual, aunque Lizzy es pobre y Darcy inmensamente rico. En la miniserie, la relación entre los enamorados cuando se reconocen mutuamente está cargada de electricidad. El erotismo circula a ojos vista, aunque ellos ni siquiera se han tomado de la mano. Jane Austen, en algún lugar donde pueda tejer reveladoras historias de amor, debe haber echado una mirada aprobatoria a esta versión de su novela más popular, que fuera devuelta por un editor corto de miras.

Orgullo y prejuicio se pasa por Europa Europa a partir del próximo 27 de marzo, a las 22, durante seis días consecutivos, hasta el sábado 1º de abril.
La verdadera Jane Austen, documental, se proyecta el viernes 27 a las 22, en Film & Arts.

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