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Viernes, 14 de abril de 2006

TEATRO

El fuego, la rueda, el humor

Raro caso de actriz que se traviste en escena para hacer un personaje masculino que le pertenece en El Rebenque Show, dramaturga y puestista desde muy joven, Mariana Chaud acaba de presentar en el teatro Sarmiento, dentro del ciclo Biodrama, una pieza irresistible sobre el placer de leer y la influencia de los libros en la vida cotidiana.

 Por Moira Soto

A ella le parece que no era “tan chica” cuando empezó a hacer teatro en el colegio a los 13, cuando fue a la escuela de Hugo Midón a los 14. Ahí, Mariana Chaud conoció a Nora Moseinco, con quien estudió y trabajó (“un idilio que todavía dura... Sigo hablando con ella, la consulto. Fue una experiencia increíble, de mucha libertad”), y desde entonces, esta chica nacida en 1977 no ha parado de estudiar, actuar, escribir, dirigir. Estuvo en Anteboda (1998), Pornografía emocional (1999-2000), La escuálida familia (2003), Noche en las cataratas (2003). Coautora con Moro Anghileri de Puentes y Alicia murió de un susto (2003), y de La fotito (con Laura López Moyano), el año pasado Chaud hizo morir de risa al público que la vio haciendo una lánguida profesora de matemáticas en el show Humos de cabaret y un tímido y ambiguo muchachito en el cabaret El Rebenque, a la vez que estrenó su desopilante pieza Sigo mintiendo, que también dirigió, con Marina Bellatti y Verónica Hassan, impagables protagonistas.

La semana pasada, Mariana Chaud presentó, dentro del ciclo Biodrama que dirige Vivi Tellas, Budín inglés. Sobre la vida de cuatro lectores porteños, interpretada por Elvira Onetto, Marta Lubos, Esteban Lamothe, Laura López Moyano y Santiago Gobernori. La idea, dramaturgia y puesta en escena de este encantador divertimento sobre gente que lee, sufre, lee, ama, come budín inglés, conversa y sigue leyendo, pertenece a esta humorista que anotó en el programa de mano: “La lectura es una actividad tan íntima que, desarrollada a lo largo del tiempo, va armando una especie de ecosistema de quien lee, que involucra la personalidad, la apreciación personal del mundo, la manera de hablar, de relacionarse, de accionar, de ser pasivo, de querer, de mentir, de sentir celos...”

¿Tenías alguna ambición definida cuando empezaste con el teatro?

–No, ni idea. Salvo ser actriz, ganas de hacer todo. En esos años, nos juntamos con varias amigas compañeras de taller y armamos un espectáculo con mucha convicción. Y seguí tomando clases en otros lados, con maestros de primera.

¿El humor es un rasgo personal tuyo que desarrollás en el escenario, en la escritura?

–Me parece que viene todo junto desde el principio. Pero cuando empecé a hacer números de varieté, se volvió una herramienta muy fuerte con el público, vi que funcionaba. El humor es una forma de comunicación, su efecto depende mucho del interlocutor. Hay chistes que son celebrados por un grupo de gente y que en otro contexto no causan ningún efecto y te sentís muy sola. El humor tiene algo de comunicación espiritual, puede ser algo muy serio. No siempre se trata de ir para el lado frívolo, de no comprometerse emocionalmente.

En vos se advierte una mirada sobre el mundo teñida de ironía, sensible al ridículo de lo cotidiano, no exenta de ternura. Aunque, la verdad, el mecanismo del humor es un poco misterioso.

–Sí, es medio raro de analizar. A mí me divierte correrme un poco de los estereotipos del humor, de las fórmulas, del histrionismo puro. Prefiero trabajar situaciones que me causan gracia: alguien que por triste se pasa de rosca y ya no lo podés tomar tan en serio. Es difícil encontrar la medida justa, hay que entrenar, probar.

La risa inteligente es un rasgo humano. Quizás un descubrimiento tan importante como el fuego o la rueda...

–Sí, exclusivamente humano. Debe haber sido una gran sorpresa, una explosión la primera risa con sentido del humor. Es un tema complejo el del humor, tiene distintos componentes, puede entrar por diversos lados: por contraposición, contrasentido, exageración.

¿Alguna vez el humor estuvo totalmente ausente de alguno de tus trabajos?

–No sé si ausente del todo, pero sí menos en primer plano: en La escuálida familia, en las obras que escribí con Marina –ahora Moro– Anghileri de golpe aparece el humor aunque en otro registro. En realidad, nunca es en mí un propósito deliberado hacer algo cómico, surge espontáneamente, disfruto, me empiezo a divertir y me doy cuenta de que puedo divertir a la gente.

Desde hace unos años, se vienen multiplicando las chicas humoristas en el teatro.

–Sí, son muchas y van por distintos lados. Sin embargo, se producen coincidencias, parentescos inesperados. De golpe te encontrás con una actriz que te dice: “¿Pero vos habías visto el monólogo de tal?”. Y no, no lo había visto pero ahí descubro que hay cosas en común, y está bueno que así sea. Es un orgullo, un estímulo. Creo que las mujeres se ríen de ellas mismas con menos especulación que los hombres, no tratan de salvar la imagen.

Hablemos de tu parte travesti, una rareza entre las actrices, mientras que son tantos los actores que se desviven por hacer de mujeres.

–Sí, es extraño. Y te digo que entiendo que los hombres se fascinen con hacer de mujeres, porque a mí me pasa eso cuando hago de varón. Desde el año pasado, vengo interpretando a Héctor. En El Rebenque probé otros personajes, pero Héctor es el que más gusta, con el que me siento más cómoda en ese ámbito. También es el que necesita menos elementos: un micrófono y ya. Creo que combina con toda la rareza de este cabaret, hay algo de travestismo en todo el show. En la obra que armamos con Laura López Moyano, La fotito, hacíamos a dos hermanos. Y bueno, me quedaron ganas de actuar de hombre, como que de pronto descubrí que podía ser también un actor.

El extrañamiento que provocás también tiene que ver con tu aspecto frágil, adolescente. Desde tu experiencia, ¿cómo se construye un varón y dónde reside esa fascinación de la que hablaste?

–Bueno, claro, primero te ponés un traje masculino, esas cosas. Enseguida empiezan todas las tentaciones de hacer gestos de hombre, hablar con tonos graves, mear de parado, la macchietta. Y después que te sacás un poco las ganas, me parece que hay que tomárselo un poquito en serio: hacer el hombre que está en vos. Más allá de las cuestiones de género, creo que un hombre puede ser una mujer, una mujer puede ser un hombre, porque llevamos todo adentro. En mi caso, es la actuación llevada sin prejuicios a un lugar masculino. Cuando hago a Héctor, disfruto siendo un hombre.

¿Es difícil olvidar que sos una mujer al actuar a un hombre?

–Para mí, no tanto. A veces aparece algo más femenino en mi hombre porque estoy en un día que me escucho la voz más aguda, o me sale un gesto más mío. Pero me parece que todo eso lo hace más verosímil. Porque si tengo que hacer un esfuerzo para evitar ese gesto, creo que se nota la actriz luchando para hacer de varón. Entonces, yo tranquila, pienso que todo el mundo se va a creer que soy un hombre, no tengo que estar demostrando nada. De hecho, actúo sin peluca, sin ningún aderezo especial.

¿Descubriste algo del universo masculino a través de esta actuación?

–Bueno, este personaje en particular es como un miedoso. Pero sí, entiendo algo de las fobias de los hombres respecto de las mujeres, de la atracción y el pánico que puede producir una mujer en un tipo. También del afán de poner mucho en la profesión, de mantener cierta fachada. Me parece que a las mujeres se les permite más la duda, la sensibilidad. También Héctor me hizo pensar en la posibilidad de hacer otros personajes masculinos diferentes.

¿Cómo aparecés en el Sarmiento escribiendo y dirigiendo Budín inglés?

–Vivi Tellas me convocó para estar en el ciclo Biodrama, fui a charlar con ella, le llevé algunas ideas. Hasta que comenzamos a hablar de un libro que a mí me cambió un poco la vida, me transformó. Vivi me dijo: qué bueno algo con eso, alguien con un libro. Ahí empecé a pensar en las distintas formas de leer, en el efecto de esas lecturas y me largué a hacer entrevistas con lectores. Los elegí por proximidad, por la curiosidad que me generaban: qué habían leído cuando leían. Grabé, desgrabé y me puse a escribir. Traté de encontrar una situación de ficción en la cual se pudiera utilizar ese material, que resultara teatral, bah, cuarta pared. Pensá que fueron grabaciones que tomé por separado, tuve que dejar afuera mucho material que estaba buenísimo. En un momento me engolosiné y empecé a meter texto por todos lados, después fui tamizando lo que no servía a la trama narrativa.

¿Cuándo aparecen estas situaciones paralelas de la pareja que se está separando y las respectivas madres que coinciden en el departamento?

–Las primeras entrevistas fueron con Adela y Marilís, las escuchaba, me gustaban, pensaba quién podría decir esos textos. Ahí surgió este vínculo como de familia política, pero más lejano todavía: dos mujeres cuyos hijos se están separando y tienen mucha afinidad, se llevan bien. Ellas también se van a dejar de ver, porque una separación implica también el alejamiento de gente que ha entablado relación y que se quiere de ambos lados. Es algo duro. Me gustó hacer un poco la contracara del estereotipo de la suegra como bruja. Ahí siguió su curso el relato de esta obra que no es sobre la literatura ni sobre los libros, sino sobre el ejercicio y el gusto de la lectura. Ni remotamente la idea fue hacer un canon de libros importantes, sino tratar de que hubiese esa diversidad y ese desorden que en general tiene la gente respecto de la lectura, también las cosas que te gustan a otra edad y te siguen resonando. La intención fue que entraran todo tipo de autores que por algún motivo te emocionaron, te divirtieron. La obra no tiene nada que ver con el mundo del saber, del conocimiento, ni de la pretensión de exhibir cultura. Todo lo contrario. Tampoco Budín inglés está pensada para estimular la lectura, pero me gustó que alguna gente me dijera que le habían dado ganas de dedicarle más tiempo a los libros.

Entre el público se nota esa participación, ese sentirse concernido, algunas personas se anticipan a un nombre, a una cita.

–Qué lindo, porque yo creo que leer es uno de los grandes placeres de la vida. En invierno bien tapadita, en verano en la reposera. Un placer muy personal, cada lector lee algo diferente en el mismo libro.

Aunque los personajes tienen motivos para sufrir, les regalás a todos un momento de pura felicidad, tirados en la cama grande, leyendo libros favoritos.

–Esa escena salió de una prueba que hice. Tenía esa imagen de todos leyendo en la cama fragmentos de libros diferentes, una selección arbitraria, Mark Twain, Bradbury, Salgari. Fue toda una apuesta poner a gente leyendo, cada uno con su voz como lector. Pero el público se engancha.

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Imagen: Juana Ghersa
 
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