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Viernes, 10 de noviembre de 2006

ARTE

Cronista de otros mundos

“Disfrazada de muchacho”, recorrió Europa a pie antes
de los brotes autoritarios que preludiaron la II Guerra. Se dedicó al varieté, trabajó en decoración y decidió dedicarse a la pintura cuando conoció París. Ya convertida en artista reconocida, se instaló en Argentina y abordó lo latinoamericano con la pasión de lo propio. Ahora, una muestra rescata a la austríaca Gertrudis Chale.

 Por Soledad Vallejos

En vez de llenar mis cuadros los vacío.” Eso escribió Gertrudis Chale en una carta fechada alrededor de 1947: que lo suyo no sólo era rechazar, despreciar, ignorar y alejar de sí todo cuando se acercara al decorativismo, sino que, especialmente, se trataba de buscar un vacío plástico capaz de inundar de sentido la mirada. Austríaca por nacimiento, exiliada por vocación, autodefinida viajera y sudamericana por decisión, se dejaba llevar en las telas por preguntas sobre los orígenes de este continente que le había dado refugio pero no reposo: cada tierra era un pasado, cada pasado un mar de preguntas; las respuestas no siempre llegaban, y cuando llegaban no necesariamente eran cómodas. Vistió de varón para recorrer (a pie) Alemania, Suiza, España y Francia. Escapó de la oscuridad política europea (los autoritarismos, la persecución antisemita, la violencia cotidiana) para tomar Latinoamérica como nuevo hogar, y una vez instalada en Buenos Aires se dedicó a investigar y leer historia.

Instantes y gestos de un mundo ido, momentos de otra luz en su presente, futuros adivinados en una paleta de tensiones aguerridas y contenidas: si Chale tenía una habilidad especial era la de detectar lo ninguneado para confeccionar un mapa de segundas líneas desde donde leer un mundo por fuera de lo exclusivamente mainstream, navegar en realidades (pasadas o presentes) paralelas. Del universo inca, las mujeres y los circuitos productivos en sombras; del interior habitado por descendientes de aborígenes, las latencias agotadoras de rutinas reservadas a las mujeres y sus niños; en todos los casos, las dimensiones en que era capaz de descomponerse el mundo del trabajo y sus faenas.

Chale había nacido en Viena al terminar el siglo XIX, y mientras comenzaba la I Guerra se entregaba al gozo de –al fin– inscribirse en la Escuela de Artes y Oficios, luego de lo cual siguió su formación plástica en Munich. Con algo más de 20 años, cuando todavía no se decidía rotundamente por la plástica y coqueteaba con las bambalinas y la magia del varieté, participó de su primera muestra en Ginebra, con obra volcada al decorativismo y el diseño comercial, algo que –a fin de cuentas– terminó por conducirla de cabeza a París, donde “fue mi segundo nacimiento”, trabajó en decoración y descubrió estímulos que le harían cambiar el rumbo. Llegando la década del ’30, París era el lugar para estar: si era arte, debía encontrarse allí; si el nombre diría algo algún día, debía mencionarse allí; si aspiraba a generar escuelas y modificar percepciones, debía exhibirse allí. “Descubrí la arquitectura, el suelo histórico, la belleza del Sena y la vida atorrante de los bohemios y estudiantes.” Vivió, también, de la publicidad; “Juré que allí terminaría mi vida”. Pero en ese maremoto de autores cayó Gertrudis para toparse con originales de Picasso, Braque y Dufy; poco después contrajo matrimonio con un francés de ascendencia sudamericana; alguna vez ella misma escribió que su padre “soñó siempre con las pampas sudamericanas”. Cada vez que llegó a un lugar desconocido, Chale declaró haber nacido nuevamente: le pasó al pisar Ginebra, al pisar París y también al empezar su temporada española. La recorrió toda, escribió alguna vez y se dejó inundar por “la amplitud del paisaje, su austeridad”. Mientras vivió en Madrid, fue prácticamente todos los días al Prado, “el primer museo que no me mareó”, y se entregó a la experiencia de contemplar Goyas y Velásquez de cerca. Pero cuando cumplía cerca de dos años en España estalló el comienzo de la guerra civil, “empezaron las grandes huelgas, tiraban a menudo bombas...”. Cuando una bomba hizo volar la iglesia vecina a su casa, notó que su “preparación mental para el ingreso en tierras americanas” estaba completa, “era como un núcleo conocido”, porque mentalmente ya estaba fuera de Europa. Era lógico, entonces, que en 1934, cuando la voluntad del viaje era un hecho, ella y su marido decidieran migrar a Latinoamérica. Llegaron a Argentina.

La bien nacida

“He nacido varias veces, tengo varias patrias sucesivas o ninguna, como sucede a los nómades. Soy nómade, quiero andar sin pensar. Siempre miro adelante y siento que tengo aún muchas vidas y paisajes que abarcar y vivir. Viajar y conocer. No como turista, sino como habitante sucesivo. No viajo porque sí con mis recuerdos. Sé hacerme página blanca en la que el viaje inscribe su nueva historia.” Eso escribió Gertrudis hacia fines de los ’50, cuando alguien (un “querido amigo” sin nombre) le demandó datos biográficos y ella comenzaba con que “creo que se nace varias veces y que la edad es un dato sin importancia, también el lugar de nacimiento”. Para entonces, estaban terminando los ’40, y ella llevaba más de una década fundando(se) moradas e identidades sucesivas en distintos puntos de Argentina. De recién llegada, había aprendido a tejer las amistades correctas: Oliverio Girondo y su esposa Norah Lange, las celebrities varias que visitaban el salón de Lange y también las que iban llegándose al salón que la misma Chale iba armando, tales como Horacio Cóppola y Grete Stern (autora, por lo demás, del retrato que acompaña esta nota). Pronto, quedó claro que era tan pero tan europea que no pudo evitar el gesto clásico: criticar la ansiedad latinoamericana (de acuerdo, argentina; es verdad: porteña) de mirar hacia Europa en lugar de concentrarse en el cercano mundo alrededor. Tanto criticó esa vista orientada hacia el lugar del que ella venía que no tardó en aprender en español y estudiar historia americana; no negaba ser europea, por otro lado, sino que insistía en que era una ventaja pero no por los motivos eurocéntricos, sino porque le permitía saber qué era lo auténticamente americano.

De Argentina, de América en general, le interesaban los suburbios: no quiso vivir en Buenos Aires, sino que se instaló en Quilmes, “donde el suburbio se abría al campo y el Río de la Plata”. Era lo más próximo que encontraba a un universo donde el artificio, en vez de revelarse mañosamente pomposo, se podía hallar en términos de artimaña de supervivencia. A la alegría despojada del suburbio, se contrapuso su experiencia de los campos tan asfixiantes como liberadores de la Puna y la Patagonia. “Frente a cierto tipo de paisaje americano, estamos en ambientes de ‘desmedida’. El mundo fenomenal colinda aquí y hasta se yuxtapone con la creación arbitraria. Pintando tal ambiente trato de insinuar algo de su tamaño físico: lo vasto, lo inmenso, lo insólito. En vez de llenar mis cuadros, los vacío hasta dejar sólo lo más significativo. Odio el ‘motivo’ decorativo. Donde se encuentra el paisaje más depurado, la pampa y la Puna, le hallo sus más sobresalientes cualidades estéticas.”

Recorrer era la meta, y promediando la década del ’40 se dedicó a recorrer, con obra propia y ajena, Perú y Ecuador. La Paz, Lima, Cuzco, Quito, todo tramo era propicio para intentar escabullirse de bienvenidas y eventos oficiales y colarse por resquicios para llegar a los márgenes. En Ayacucho, llegar en Pascuas le facilitó participar de fiestas de pueblos originarios. “Viví con honda emoción inolvidables imágenes de la vida popular y mística del indio. Compartí sus fiestas en más de una ocasión, quedándome a veces 5 o 6 días entre ellos, bailando, bebiendo, y dibujando y fotografiando cuanto podía, a veces bajo la lluvia y el frío intenso.” Al regreso, había abandonado los colores autocelebratorios para servirse de una paleta tensa, descriptiva, habitada por presencias que antes hubieran sido impensables y que sólo la experiencia de pisar territorios diferentes pudo despertar. La travesía fue múltiple y, para una europea con ganas de hacer la América, asombrosa: “en camión, rodeada con frecuencia por gente indígena”, “por caminos a veces aterradores, o por donde no había camino alguno, por riberas de ríos apenas marcadas por una trocha”, “viajes inmensamente interesantes y estimulantes por lo que había que ver y simplemente por el contacto con la realidad”. Decididamente, había quedado impactada: semejante viaje “debería ser la obligación de todo artista, hombre o mujer, imponerse intencionalmente dicha experiencia y hacerla parte de su realidad a cualquier costo”. Todo lo vivido, todo lo visto, se le presentaba como una ventana hacia lo nuevo e inacabable, “en donde se componen y descomponen los colores sobre un fondo de tierra ocre y moreno”. El leitmotiv, decía, “es el hombre cargado (...) que es su propia bestia de carga”; también “la mujer dando el pecho a su hijito, gesto mil veces repetido. Luego la india del mercado, vendiendo, cocinando sin parar (...) Se hablan con voz aguda con diminutivos exagerados, y tienen maridos invisibles”.

De regreso en Buenos Aires formó parte –junto con Batlle Planas y Seoane– del grupo muralista que, influenciado por los modos de Siqueiros, aceptó pintar las cúpulas de las Galerías Santa Fe. (Todavía puede verse allí su cúpula, la última obra importante de acceso público, la misma que continuará una vez que la muestra de dibujos y pinturas abierta por estos días finalice.) En 1954, mientras volaba sobre La Rioja, volviendo a Buenos Aires desde Mendoza, se estrelló contra la cordillera.

La muestra de dibujos y óleos de Gertrudis Chale puede verse en el Museo de la Universidad Nacional de Tres de Febrero, Valentín Gómez 4828/38, Caseros, pcia. de Buenos Aires. De lunes a sábados de 11 a 20 hs.

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