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Viernes, 11 de enero de 2008

VIOLENCIAS

Ni rosa ni celeste

La violencia de género puede convertirse en un peligro para las mujeres embarazadas, peor que cualquier otra enfermedad asociada al período de gestación. La psicóloga Marga Sisini, trabajadora del Hospital Penna, observó cómo la panza se convierte en un blanco y ofrece algunas herramientas para detectar la violencia prenatal.

 Por María Mansilla

La violencia de género durante el embarazo, llamada violencia prenatal, puede ser más común en las mujeres que padecen violencia que las típicas enfermedades vinculadas con la gestación. En el marco de parejas violentas, el dato va en contra de los pronósticos que ubican al embarazo como un estado ideal, de salud, respeto y felicidad a los cuatro vientos. Todo lo contrario: “la panza”, geográficamente hablando, se convierte en el blanco preferido de los maltratadores. Luego del parto, el imán suele trasladarse al bebé.

“La violencia es responsable de una porción importante pero no reconocida de mortalidad materna, abortos espontáneos, nacimientos prematuros y complicaciones durante el parto”, enumera Marga Sisini, psicóloga especializada en violencia familiar que se desempeña en el centro de salud Nº 10 del Hospital Penna. Y agrega: “Entiendo al embarazo como uno de los eventos principales de la salud reproductiva, y el impacto que imprime la violencia de género justamente la pone en riesgo. En la violencia prenatal se relacionan estas dos experiencias que tanto marcan la vida de las mujeres en su desarrollo físico y psicosocial”.

Lo que ellas dicen

“No le gusta mi panza”, “se enoja con mi cuerpo”, “cree que lo voy a dejar por ocuparme del bebé”, “me golpea más y más porque cree que no es su hijo”, “me dice que es de otro hombre”, “me golpeó tanto la panza que perdí a mi bebé”. Esto declararon algunas de las 80 mujeres entrevistadas en el marco de un estudio exploratorio llevado a cabo por la psicóloga Sisini en centros de salud y de asistencia a la violencia familiar de Buenos Aires.

Algunas mencionaron, incluso, haber sufrido abortos espontáneos: “Me empujó feo, muy feo, y lo perdí”. O “tuve dos abortos. Uno porque me golpeó tanto que lo perdí, y el otro me lo provoqué yo porque él seguía pegándome y no quería traer un hijo a este infierno”.

Evitar el embarazo también es una cruzada embarazosa. Muchas mujeres evitan los anticonceptivos por miedo al enojo de sus compañeros golpeadores, que elucubran que si ella quiere cuidarse “será porque planea serle infiel”.

Para otros, ser padre es signo de virilidad y la intención de sus compañeras de evitar quedar embarazadas los desafía, pareciera, a ser menos machos. Algunas víctimas de violencia familiar contaron haber sido abusadas cuando ellos se enteraron de que tomaban anticonceptivos.

S.O.S.

“Es necesario dar visibilidad a la temática en tanto problema de salud pública, para sensibilizar y capacitar al personal sanitario –advierte Sisini–. Porque el sistema de salud ocupa un lugar estratégico y privilegiado para referir a las mujeres que padecen violencia. Es la única institución pública que probablemente interactúe con todas las mujeres en algún momento de sus vidas. Así, las que no pueden o no desean pedir ayuda en otros sectores, como la Justicia o centros contra la violencia, sí pueden admitir el abuso en una consulta ginecológica u obstétrica. La violencia, con sus secuelas, tiene una prevalencia tan alta que el diagnóstico diferencial se justifica plenamente.”

Sisini sugiere a los profesionales médicos estar alertas a señales físicas como lesiones en el pecho, el abdomen y el área genital, a la asistencia tardía a las consultas, a las pérdidas. Propone también arriesgar comentarios del tipo: “Sabemos que la violencia en la pareja es bastante común, por eso les pregunto a todas mis pacientes si alguien la ha estado maltratando”. O: “¿Tiene problemas con su pareja? ¿Pelea con él? Me da la impresión de que está preocupada”. Y también: “¿Cómo vive él el embarazo? Algunos hombres se ponen muy celosos”.

“Contrariamente a lo que se piensa y aun cuando las mujeres no hablen voluntariamente —concluye la psicóloga—, aunque no responda la pregunta habrá recibido el mensaje, sabrá de qué estamos hablando: de que la violencia es una posibilidad real.”

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