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Viernes, 30 de mayo de 2008

RESCATES

La diva roja

La primera ovación que recibió la mítica actriz Margarita Xirgu fue después de leer un manifiesto. Era todavía una niña pero ya soñaba con las tablas que le permitieron ser cabeza de su familia a los 20 e imprimir su nombre más allá de su España natal, que la condenó al exilio con la caída de la república. Tan supersticiosa como apasionada, se casó con un aficionado al teatro pero supo romper más de un corazón femenino.

 Por Fernanda García Lao

El 18 de junio de 1933, Margarita Xirgu inauguró el Teatro Romano de Mérida con una representación memorable de Medea de Séneca, en versión de Miguel de Unamuno. En aquella histórica función estuvieron presentes las máximas autoridades de la recién nacida República Española; seguramente en honor a la actriz que en el estreno de una pieza de Rafael Alberti en 1931 había declarado: “Yo defiendo a la República y a los revolucionarios. ¡Abajo la monarquía! Salid conmigo a los campos. Dadme un fusil o un revólver, una espada o un caballo”. Había sido muchos años antes de aquel día –estando de viaje por Extremadura– cuando Margarita Xirgu se había topado azarosamente con las ruinas romanas de Mérida. Mientras su chofer cargaba nafta, ella había decidido estirar las piernas y al cabo de unos pasos, se lanzó a gritar emocionada: ¡Un teatro griego! ¡El teatro romano! Delante de sus ojos, se encontraban las ruinas descubiertas accidentalmente por un par de arqueólogos afortunados, que con un pico dieron con uno de los escalones de las gradas inauguradas en 8 a.C. La construcción, con destino de gladiadores y fieras, estaba formada por una arena central de forma elíptica rodeada de un graderío para 15.000 espectadores. Pero en los años 30, su única función era la de atractivo turístico del pueblo para ocasionales viajeros. Desde ese instante, la Xirgu comenzó a desear aquellas ruinas como espacio teatral. Sin embargo, no encontraba apoyo financiero ni permiso del Estado. No hasta la asunción del republicano Fernando de los Ríos en el Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes, quien se propuso desarrollar la lírica y el teatro dramático nacional. El ministro pide proyectos a autores, a artistas plásticos, y conoce a la fogosa Margarita a la que solicita el estreno de algún texto trágico de Séneca. A la Xirgu se le iluminaron las pupilas: todos los caminos conducían a Mérida.

Rápidamente, en el estreno de El Otro de Unamuno, interesó al poeta en la traducción de Medea y dos semanas después, el veloz profesor tenía lista la pieza. El Consejo Superior de la Cultura subvencionó el espectáculo y Bartolomé Pérez Casas se puso al frente de la Orquesta Filarmónica para ejecutar música y coros. Borrás –con quien la actriz encabezaba su compañía– fue su Jasón ibérico. Miguel Xirgu, hermano de Margarita, se encargó de los bocetos del vestuario y del carro de Medea. Se abría en España una nueva posibilidad: las representaciones clásicas al aire libre.

LA MEDEA REPUBLICANA

Séneca (3a.C-18 d.C.) había concebido una Medea sumamente contradictoria: una mujer sencilla pero arrebatada de amor que mutaba en hechicera malvada y oscura, sin aviso. Después de matar a sus hijos declaraba: “Vuelve a mí, la virginidad perdida” como si fuera posible volver atrás de tanta muerte. Su obra filosófica y teatral ejerció gran influencia en la Edad Media o en el Renacimiento, inspirando a Shakespeare en la construcción de la sangrienta Tito Andrónico, con la vengadora y tenebrosa Tamora. Unamuno rescató el carácter más humano de la tragedia e intentó acercar el lenguaje de Séneca al espectador medio. En la escena final, Jasón se alejaba con su hijo muerto en brazos, mientras Medea lo hacía de un modo más espectacular: en un carro tirado por dragones. El efecto causó en el público presente un desaforado entusiasmo, seguido de una ovación. Saludaron todos aquella tarde: el elenco completo con Xirgu y Borrás a la cabeza, el director Rivas Cherif, el maestro Pérez Casas y el mismo Unamuno, mientras las autoridades abandonaban el teatro y sonaba el himno nacional.

Cuatro días después del estreno en Mérida, Unamuno decía a la prensa: “En ese teatro romano de Mérida, desenterrado al sol, se ha representado la tragedia Medea, del cordobés Lucio Anneo Séneca. La desenterré de un latín barroco para ponerla, sin cortes ni glosas, en prosa de paladino romance castellano, lo que ha sido también restaurar ruinas [...] Pero el suceso mayor se ha debido a la maravillosa y apasionada interpretación escénica de Margarita Xirgu, que en ese atardecer ha llegado al colmo de su arte”.

MAGIA OBRERA

Margarita Xirgu y Subirà había nacido en Molins de Rei (Barcelona) el 22 de julio de 1888. Era hija de Pere Xirgu Martí y Pepeta Subirà Polls. A los ocho años, su familia se instaló en uno de los barrios periféricos de la ciudad de Barcelona. Margarita se ganó su primer aplauso en un suburbio, más precisamente en una taberna. Y es que un grupo de obreros anarquistas le pidió que leyera un manifiesto y terminó siendo ovacionada.

En 1900, el destino se torna más aburrido: empieza a trabajar en un taller de pasamanería. Sin embargo, se las arregla para intercalar los hilos con los ensayos. Acude puntualmente al Ateneo del distrito V. Con diecisiete años, los médicos le diagnostican una afección, que más tarde le costará un pulmón, que no le impide ser contratada al año siguiente por el Teatro Romea de Barcelona en su primer trabajo como actriz. Mientras tanto, su padre –cerrajero y montador de máquinas– pierde su empleo por huelguista, a pesar de no haber intervenido en huelga alguna. Semejante injusticia termina con él de manera abrupta al poco tiempo: ataque al corazón. Margarita se convierte en cabeza de familia antes de cumplir 20. Quedan a su cargo, su madre –Pepeta– y su hermano pequeño –Miquel– pintor, dibujante, realizador de vestuarios y escenógrafo autodidacta. Pepeta acompañaba a su hija a todos lados, fiel guardiana de su virginidad católica y terminadas las funciones la escoltaba de vuelta a su casa. Así que Margarita interpretaba turbios dramones y después se lavaba los dientes y decía sus plegarias, como si nada.

SIN FRENO

1910 fue un año agitado para la Xirgu: estrena en el Teatro Principal de Barcelona, le rescinden el contrato por enseñar el ombligo y se casa. Y es que alternaba su osadía sobre las tablas con el romance inocente (le gustaban las contradicciones). El feliz mozuelo se llamaba Josep Arnall, era tímido, de buena familia y aficionado al teatro (sus sentimientos lo arrastraban hacia las plateas). Enterado su tutor de tales amores, lo manda con urgencia a estudiar a Lyon e inmediatamente, Margarita –que hasta ese momento le contestaba con evasivas– abusa de la lírica en sus epístolas de tal modo, que al volver de su exilio, el joven está más inflamado de amor que nunca. Deciden casarse como sea. El tutor, rendido y sin más recursos, pide formalmente la mano de la actriz para su pupilo. La pareja se casa en primavera y Margarita pide a su cónyuge entera libertad para seguir desarrollando su profesión y mantener su vida privada alejada de escenarios, fotos, notas y demás intromisiones propias de su actividad. Vivieron juntos durante 26 años. Y él se mantuvo lejos de las lentes. Un año más tarde, la Xirgu crea su propia compañía de teatro. Con la que debuta en Buenos Aires en el teatro Odeón, con Magda de Hermann Sudermann. Es ovacionada: ¡Visca la Xirgu! ¡Visca Catalunya!, le gritaban sus compatriotas enfervorizados. Después actúa en Chile y Uruguay. En 1914 se presenta por primera vez en Madrid, en el Teatro de la Princesa. La crítica la define como renovadora de la escena. Los dramaturgos de la época escriben para ella: Pérez Galdós, Benavente, Marquina, los hermanos Quintero. En 1919 fusiona su compañía con la del primer actor E. Borrás, creando así la compañía Xirgu-Borrás.

Entre 1921 y 1923 actúa en Cuba, México. Después, le siguen Argentina, Chile, Uruguay, Perú, Venezuela, Puerto Rico y, nuevamente, Cuba, donde conoce a Eleonora Duse. En el verano de 1926 le presentan a Federico García Lorca y al año siguiente, estrena Mariana Pineda en Barcelona con escenografía de Salvador Dalí. Su cercanía con los sectores de izquierda y su amistad con los intelectuales más osados, le traen problemas con algunos empresarios y con ciertos medios, demasiado conservadores. En 1932 el presidente de la República Española la condecora con la orden de Isabel la Católica. Al año siguiente, estrena el teatro romano de Mérida y es nombrada hija predilecta de Barcelona.

En 1936 deja su ciudad con motivo de su cuarta gira por Latinoamérica y no regresará jamás. La República es derrocada por el general Franco y se inicia la Guerra Civil Española; los intelectuales huyen y ella no puede volver. En España confiscan todos sus bienes y se la condena al exilio a perpetuidad.

Más tarde, muere su marido Josep Arnall en La Habana y en abril de 1941, se casa con su amigo Miquel Ortín, actor y administrador de la compañía, con quien vivirá los siguientes 28 años. Miquel la conocía y la amaba desde 1908.

En 1942 crea la primera escuela de arte dramático en Chile, en 1950 es nombrada directora de la Escuela de Arte Dramático de Montevideo y directora de la Comedia Nacional del Uruguay.

En 1962 se somete a una grave intervención quirúrgica. En 1967, desoyendo a sus médicos, dirige Yerma de Lorca en Boston. Muere durante una intervención quirúrgica en Montevideo el 25 de abril de 1969.

INTIMIDADES

La Xirgu era muy supersticiosa. Tejer, hacer ganchillo, bolillos, o cualquier tipo de actividad que le recordara a la pasamanería, estaba terminantemente prohibida en los camarines. Tampoco viajaba sin las fotos de Eleonora Duse y María Guerrero. Había conocido a ambas, pero de María Guerrero fue amiga hasta su muerte.

Rompió algunos corazones femeninos, hasta el punto de que una de sus enamoradas amenazó con suicidarse por ella, y lo logró.

Detestaba la fugacidad del teatro, más precisamente que la actividad del actor de teatro muriera después de cada función, de la imposibilidad de dejar obra, por eso hizo alguna incursión en el cine, aunque odiaba ese medio.

Sus detractores sostenían que tenía una manera de decir en el escenario tediosa y monocorde. Que gritaba excesivamente en las tragedias y reía en las comedias, suspiraba para demostrar agotamiento, o que no seguía escuela de actuación alguna. Que repugnaba a Artaud. Pero en el contexto de la España de principios del siglo XX, fue una revolucionaria: Interpretó obras de Shakespeare, Oscar Wilde, Ibsen, Pirandello, Shaw o Tennessee Williams; al maldito de Valle Inclán, a Pérez Galdós y a los principiantes Lorca y Rafael Alberti.

Su figura fue sepultada por la estupidez franquista, que pasó a llevar a escena las más torpes y aburridas operetas. Desde las filas reaccionarias la apodaron “Margarita la roja”.

“El cerebro es maravilloso... está dividido en cajoncitos o que sé yo, y en cada uno de ellos se guarda el personaje que aprendimos alguna vez y allí quedó esperando el momento en que volveremos a necesitarlo.”

Su última casa estuvo en Punta Ballena y no hubo un solo día en que no deseara volver a España.

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