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Viernes, 29 de noviembre de 2002

ARTE

Fotos de piel

La artista plástica Rosita Fumagalli expone en la galería Elsi del Río su muestra “Un espejo en la pared opuesta”: fotografías intervenidas y fragmentadas en las que el cuerpo femenino dice algo más sobre lo que es, necesita o desea.

 Por Soledad Vallejos


Lo de Rosita Fumagalli parece haber sido tomar por asalto las paredes blancas de la galería Elsi del Río para (re)construir infinitas posibilidades de recorridos silenciosos que deriven en susurros delicados y provocadores. “Seducción” y “lo íntimo” son las palabras claves cuando habla de Un espejo en la pared opuesta, la muestra que se anuncia como de fotografía pero es, en realidad, el resultado de un cruce de lenguajes y elementos: fotografía, experimentos cromáticos con la pintura, intervenciones sobre imágenes, juegos formales y un armado que obliga a la interacción. Dice “por ahí es algo personal, mío”, alega cierto temor a sentirse limitada por el uso de un solo medio, y reivindica la mixtura experimental como esencia de una obra que parece regida por la necesidad de encontrar en las sutilezas los fundamentos de todo registro.

Reflejos
Los espejos pueden definirse como superficies que mienten ser aquello que reflejan, que juegan con la exactitud de la imagen para perder a alguien, por ejemplo, en medio de un laberinto. Pero también hay otra versión, con menos necesidad de realismo y anclaje en alguna realidad materialmente concreta: alguna vez, para alguien, un espejo era eso que robaba el alma, que podía abstraer la esencia de un cuerpo para, basándose en él, exponerla con despojo y cierta brutalidad. Exceptuando el aspecto brutal, eso mismo parece haber hecho esta artista plástica con tantos años de docencia como de obra propia que, formada en todos y cada uno de los ámbitos institucionales, reniega de representaciones clásicas. Montadas en distintos bloques que conforman pequeñas series, las obras se agrupan siguiendo criterios de colores, repeticiones e imágenes fotográficas: entre tonalidades amarillas, verdes, grises o salmones, distintas tomas de torsos desnudos, vientres velados por encajes negros, o colas bordeadas por sombras. Tal vez, la fuerza de cada una de esas imágenes circulares (casi ventanas redondas a las que asomarse) destacadas sobre bastidores cuadrados resida en la fragmentación: no hay ni un cuerpo entero en toda la serie, de los cuerpos que alguna vez posaron para la cámara de Rosita sólo han sido rescatados ciertos encuadres, ciertos fragmentos, apenas los necesarios para sugerir aquello que un despliegue de grandes dimensiones no permitiría recuperar jamás.
–Esos fragmentos son más sensuales que la imagen entera, es como un pedacito que se muestra, y que se combina con los colores, que también resultan sensuales. Pero necesitaba ponerlos en un bastidor, que es mi referente a la pintura. Es como que me costaba desprenderme de eso.
Sentencia Rosita sin intenciones de renegar de esos orígenes plásticos que, disfrazados de intervenciones, invaden las fotografías para integrarlas en una dimensión alejada de lo material. Casi como pequeñas estelas de otro mundo, esas pinceladas pueden recorrer los contornos de lafoto, pero también trazar directamente sobre ellas ornamentos que las completan.
–La foto me da lo que no me da la pintura: la calidez de la piel, la textura, esa cosa cálida que tal vez la pintura te pueda dar pero no de la misma manera, porque el registro no es el mismo. Ya había trabajado antes con la piel, después dejé para retomar pintura y dibujo, pero cuando vi las fotos reveladas me di cuenta de que necesitaba hacer algo con esto. Me interesaba trabajar con la sutileza, y en especial con la sutileza del color, por eso entre un verde y otro, por ejemplo, no hay un cambio abrupto sino una diferencia muy sutil.
“Silencios”, dice que son esos respiros de puro color (sólo telas de diferentes colores) que se intercalan, bordean, acompañan los bastidores con fotografías.
–Son seductores, y el color los acompaña. En una tela lisa, lo sensual es el color. Además, me parecía que todas las imágenes, que solamente ver imágenes, era algo muy agobiante. El silencio tenía que estar como para encontrar: no tenía que estar todo dicho, sino que hay que buscar la imagen, ésa era mi idea. Y si sólo tenés las fotos, y están todas juntitas, todo queda como demasiado presentado. Así, en cambio, hay que buscarlo. Entonces, el silencio obliga a hacer un recorrido. Esos bloques, además, tienen que ver con lo lúdico y el juego, porque el mismo armado de la muestra es muy loco, lo podés variar, que fue lo que pasó cuando la montamos. Yo me la pasé haciendo cuadraditos de colores para poder hacer distintos juegos, y podés agregar miles, por acá, por allá, seguir a lo largo, bajar, subir...
Mientras iba pensando en Un espejo..., Rosita hacía algo más que experimentar con luces y sesiones de foto con modelo. Necesitaba alguna cosa, algún texto que le despertara nuevas preguntas, quizás obsesiones desconocidas, palabras que abrieran otras puertas al mundo de la sensualidad íntima y la seducción. Haciendo ese camino fue que redescubrió, por ejemplo, clásicos como Baudrillard, Barthes, y distintas versiones sobre la seducción del poder.
–¿Cómo sentís que esas lecturas te van ayudando al hacer la obra, en qué te modifican?
–Creo que colaboran en la madurez de la obra. El arte es un hacer continuo y, en la medida que vas trabajando, vas encontrando muchas cosas, muchas las desechás y otras vuelven. Buscar ciertos textos me ayuda para que la obra crezca y vaya diciendo lo que yo quiero decir, con los elementos que voy eligiendo. En mi trabajo anterior había puesto flores, plumas, lentejuelas, me deliré con toda la parte del adorno y el ritual. Porque todos tenemos rituales, pero los de las mujeres se pueden relacionar especialmente con el adorno. Pero después esto se fue limpiando. La obra tiene que ver conmigo, pero tuve que elegir, y me pareció que esto era más noble, la foto y la imagen. Es como que, dentro de lo femenino que siempre trabajo, se me fue abriendo el camino.

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