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Viernes, 10 de octubre de 2008

CINE

La mirada indiscreta

Sobre la belleza, las cárceles interiores, la sensibilidad y la rebelión silenciosa trata La cámara oscura, el cuento de Angélica Gorodischer que María Victoria Menis lleva a la pantalla grande, con la actuación de Mirta Bogdasarian. Con fecha de estreno –el próximo jueves 16 de octubre–, habla la mujer que estuvo detrás de la cámara. Y la que estuvo enfrente.

 Por Guadalupe Treibel

Como un tratado sobre la percepción y los cánones de belleza, la directora de El cielito, María Victoria Menis, recuperó la historia de una mujer –¿fea?– que le huye al lente de la cámara. No teme que le roben el alma; le escapa a la mirada del otro, un otro que sanciona y lastima.

“Bizca había sido desde que nació en la planchada del barco alemán, pero ahora era esmirriada y chueca y parecía muda, tan poco era lo que hablaba...” Así describía Angélica Gorodischer a la versión literaria de Gertrudis, la protagonista de La cámara oscura muchos años atrás. Y ahora Menis retoma la historia y al personaje silencioso que vive la opresión de la imagen y encuentra la liberación en el lugar menos pensado: la imagen. Y, claro, la mirada.

Coproducción argentino-francesa, el film apuesta por la situación de época. ¿Dónde? En una colonia de inmigrantes judíos en la Argentina. ¿Cuándo? Fines del siglo XIX, principios del XX. ¿Protagonista? Mirta Bogdasarian, una actriz de rasgos profundos y ojos que hablan.

–¿Hasta qué punto la mirada es importante en La cámara oscura?

María Victoria Menis: –Con el cuento de Angélica Gorodischer como punto de partida, la película trabaja la mirada; en principio, desde la relación de Gertrudis y su mamá. Es que la mirada de cualquier madre es determinante y puede prefijar un destino, un carácter, una forma de ser. En este caso, Gertrudis es objeto de una mirada censuradora, exigente.

–La primera disconformidad de la madre se manifiesta en el hecho de tener una hija mujer...

M.V.M.: –Sí, pero hay que entender que es 1892 y la familia escapa de los pogroms rusos. La mano de obra masculina era más valiosa y existía el riesgo de que te devolvieran en barco en cualquier momento, más siendo mujer. Es un poco lo que ocurre ahora en muchos países que envían a la gente a su lugar de origen.

–El film, al igual que El cielito, trabaja la incomprensión y la sanción desde el silencio. En el caso de Gertrudis, incluso cuando habla, pareciera estar pidiendo disculpas...

M.V.M.: –Trabajo con personajes losers, perdedores, marginados, que no están en la mirada aprobatoria de la sociedad. Personajes fuera de foco con respecto a cánones de belleza (como en La cámara oscura), a la marginalidad social y económica (en El cielito) o a la forma de ser con la justicia y la corrupción (en Arregui, la noticia del día). Son personajes corridos.

Mirta Bogdasarian: –En el caso de esta película, la cantidad de años de oscuridad o segregación hacen que mi personaje repliegue, repliegue y repliegue, hasta casi diluirse.

M.V.M.: –El mundo margina y uno se va automarginando, va ocupando un rol.

M.B.: –Son estigmatizaciones. También debe pasar con la belleza. Quizá de chico te dijeron que eras bonito tantas veces que, de grande, pensás que si te lo hubieran dicho menos, estarías mejor.

–Desde la actuación ¿cómo es trabajar con los silencios?

M.B.: –En un primer momento estaba un poco impactada. Había algo del guión que me resultaba difícil de imaginar. ¿Cómo es ser protagonista sin palabra? Es uno de los karmas de la modernidad: la necesidad de hablar, de decir. A Gertrudis la ves en su esencia cuando está sola porque no tiene forma de intercambio con ese mundo que la fue ninguneando.

–Sin embargo, vive en un estado de contemplación y encantamiento hacia ese mundo.

M.B.: –Sí, por su hipersensibilidad particular, la misma que la hace tan permeable a la no mirada y al no reconocimiento del mundo que la rodea.

M.V.M.: –La película pone la mirada sobre qué es bello, qué es feo. Lo importante es encontrar en la protagonista la belleza: en sus flores, en el amanecer, en cocinar algo rico, poner un centro de mesa, leer, disfrutar... Es lo que nosotras consideramos belleza. ¡Quizá para algunos es un bodrio!

M.B.: –Para otros, la belleza será un partido de fútbol.

M.V.M.: –Puede haber una gran belleza en un jugador de fútbol que hace una gran jugada.

–¿Les parece que la historia tenía una única resolución posible?

M.V.M.: –La clave en Gertrudis es no haberse cerrado del todo, no estar acorazada en un rol, rigidizada en un destino. Yo creo que la gente puede hacer cambios en su vida, que una mirada te sentencia, pero otra te tiende un puente.

M.B.: –De todas formas, no es que a partir de la mirada del fotógrafo, que la aprueba y la empieza a ver realmente, el personaje cambia. Hay una esencia en ella desde la niñez y la adolescencia. El mundo está solapado porque no está siendo visto, no porque no exista.

M.V.M.: –Además está el tema de que una madre siempre tiene algo de extranjero en su propia familia. Es un misterio. El cuento de Angélica rompe con muchos mitos, porque pareciera que una mujer tiene 5 hijos y ya debería estar contenta. Pero no, tiene su universo y, a veces, no lo puede compartir. No es madre y nada más. Es una mujer.

–¿Qué otros mitos piensan que rompe el cuento y, en consecuencia, la película?

M.V.M.: –Según la mirada de los demás, Gertrudis no es linda, entonces pareciera que se tiene que conformar con cualquiera que se quiera casar con ella. ¡Y a ella no le interesa en absoluto! No es el príncipe azul que la viene a rescatar. Es que el mundo occidental le da un peso descomunal a la imagen, con todas las imbecilidades que se tejen alrededor de esa idea. Sobre todo en la Argentina, el reino de la imagen y el prototipo.

–Pero Gertrudis no cuestiona, no le dice “no” al marido, a los hijos...

M.V.M.: –Estamos hablando de 1910. Hay que pensar que hace apenas cincuenta años la gente se casaba por decisión de otras personas. Ella no podía negarse. De todas formas, yo me pregunto: ¿desde dónde eligen las mujeres que eligen? Antes no te dejaban elegir y ahora te condicionan. La libertad la tenés que tener en el bocho, bien adentro, porque esta sociedad vive del marketing, de venderte modelos.

–¿Por qué la decisión de hacer fantasear a la protagonista y el fotógrafo en formato de dibujos animados?

M.V.M.: –La película trabaja buceando en la interioridad de Gertrudis y el fotógrafo. El dibujo animado no está unido a la cosa infantil, a pesar de que existiese ese prejuicio durante tantos años. La fantasía de Gertrudis es de un argumento fantasioso fuerte: se vuelve protagonista de un bosque tenebroso, que es el mundo que la rodea, en el que le hace vivir la mirada de su madre. En el caso del fotógrafo, como trabaja el surrealismo, su imaginación juega con eso y lo erótico. Por suerte, Rocambole (ilustrador de los discos de Patricio Rey y los Redonditos de Ricota) se enganchó con la propuesta y estuvo a cargo de la animación.

–Ser “la fea” durante las ocho semanas de rodaje debió ser una experiencia fuerte...

M.B.: –Vamos a ver qué pasa ahora... Mirá si la gente en la calle me empieza a decir: “¿Vos hacés la película de la fea?”. ¡Quién me manda a mí!

M.V.M.: –Es muy fuerte, toca mucho la propia sensibilidad. Es un personaje que atraviesa muchas situaciones: está en un baile y nadie la saca a bailar, se prueba un vestido y la madre la mira para la mierda... ¡Es un palo tras otro! Hay que tener un carácter que lo soporte. ¿Quién no se ha sentido feo en algún momento de su vida? ¿Quién no tuvo ese rol alguna vez?

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