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Viernes, 17 de octubre de 2008

ARTE

Raquel en su cielo de colores

Raquel Forner fue una de las excepciones en el panorama del arte local de los decisivos años ‘20 y ‘30: siendo mujer, pedía tratamiento de “pintor”, por no parecer condescendiente ni acomodada. El público y la crítica la reconocían como vanguardista; formó parte del Grupo de París y fundó –con su marido, Alfredo Bigatti, Guttero y Domínguez Neira– una de las escasas experiencias porteñas de academia libre de enseñanza plástica. Pintó una serie notable sobre la Guerra Civil, y luego siguió un camino artístico personalísimo toda su vida. En estos días, una galería rescata una de sus etapas menos conocidas: las series del Espacio.

 Por Soledad Vallejos

De chica, Raquel Forner decía que no iba a casarse porque no le interesaba cambiar su apellido; a los trece –contó en una entrevista de adultez–- decidió que sería pintora (“y la mejor del mundo”); a los 27 se instaló en lo que, para su generación –como para muchas antes y otras tantas más tarde–, era la capital cultural del mundo, y poco después formaba parte de un pequeño colectivo peleador y resistente a la terquedad del establishment plástico más conservador argentino: el Grupo de París. Ganaron la partida, impusieron cambios en el gusto local. De regreso, de la mano de otros nombres del recambio, mojó la oreja a la enseñanza académica, trayendo a Buenos Aires parte de la experiencia parisina de enseñanza libre. Siguió siendo imprevisible, rigurosa y lo suficientemente libre como para dejarse llevar por su intuición en investigaciones propias. También para superar sus propios límites, y, por caso, casarse con Alfredo Bigatti, el compañero de su vida. En 1942 ganó el Primer Premio Nacional de Pintura, en 1956 el Gran Premio de Honor del Salón Nacional. A los 80, pintó un mural (El origen de una nueva dimensión) en el edificio de la OEA. Forner fue libre hasta su muerte, hace veinte años. Las pruebas pueden encontrarse repasando la historia del arte local, pero afortunadamente en estos días también en la galería Jacques Martínez, que está exhibiendo dos de sus series: Las lunas y Los que vieron la luna, trabajos de entre fines de los ’50 y mediados de los ’60.

“El hombre, en su afán de verdad, deja hoy la Tierra en busca de otros mundos y así, con una visión distinta de su planeta que ha visto minúsculo, perdido en la inmensidad del espacio, comprenderá que en ese pequeño mundo todos los que lo habitan son hermanos”, decía Raquel en los últimos años de su vida, con un optimismo que había aprendido a construir tras años de sentir, en la pintura y en su experiencia personal, el dolor de los enfrentamientos, especialmente los bélicos. Es que fue ella, a fines de los años ’30, la pintora argentina que más registros dejó del interés con que eran seguidos aquí los acontecimientos de la Guerra Civil Española. Hija de valenciano y argentina descendiente de navarros, Forner había descubierto España a los 13 años, gracias a un viaje con sus padres y su hermana, en el que había conocido a su familia española y se había dejado maravillar por un mundo diferente. Tan grande había sido el impacto que la llevó a decidir que, en adelante, todos sus esfuerzos serían para convertirse en pintora. Por eso las noticias que comenzaron a llegar en el ‘36 la desesperaron, la desgarraron. De allí el dolor de su serie de España, en la que las protagonistas femeninas, cuyos cuerpos heridos y miradas fuera de campo se convertían en evidencia de las atrocidades, permitían exorcizar el terror del momento. Fue ésa, dijo ella alguna vez, la serie con la que sintió que se había convertido realmente en pintora. (Poco después siguió El drama, la serie que comenzó con la Segunda Guerra Mundial. Notablemente, hasta 2003, la serie de España sólo había sido expuesta en 1939, en la galería Muller. Hace cinco años, el Centro Cultural de España la colgó y acompañó con bocetos y publicaciones antifascistas en las que Forner colaboraba con grabados y dibujos.)

Y sin embargo su ingreso en la pintura se había dado unos cuantos años antes. Recibida como profesora de dibujo en la Academia Nacional de Bellas Artes en 1922 (estudios que cursó paralelamente a otros de idiomas y música), para fines de la década trabajaba en su taller de la calle Montes de Oca, donde vivía junto con sus padres. En 1929, con ellos y su hermana viajó nuevamente. Era agosto –recuerda Horacio Butler en La pintura y mi tiempo– cuando el grupito de pintores argentinos radicados en París que en esos días vacacionaba en Sanary-Sur-Mer, recibió una carta desde Pau. La firmaba Raquel: “Comenzaba una gira de dos años por Europa; habían andado por España, visitando el solar de sus mayores en Valencia, y parecían aburrirse locamente bajo el ojo vigilante de sus padres”. Los muchachos no se hicieron rogar y respondieron invitándolas a Sanary: “A los dos días un telegrama anunciaba la llegada de los cuatro”. Butler dice que el arribo fue decisivo, que “con el magnífico aporte de las dos hermanas, Forner comenzó para nosotros un alegre y admirable veraneo. La juventud, el compañerismo auténtico, la ausencia de rivalidades y la armonía espiritual que reinaba en esos tiempos no eran factores comunes”. Las fotos de los años siguientes, en la campiña y también en París, permiten hacer una lista de los protagonistas: Alberto Morera, Alfredo Bigatti, Badi, Marechal, Basaldúa, Butler, Forner, Pedro Domínguez Neira... El grupo de amigos terminó conformando un grupo de artistas afines, con un proyecto y una perspectiva en común. Tan intensas fueron las afinidades electivas, que hubo dos matrimonios: el de Raquel con Bigatti y el de Josefina, la hermana de Raquel, con Domínguez Neira.

Sergio es el hijo de Josefina y Domínguez Neira, el sobrino de Forner y Bigatti, el hombre que lleva adelante la Fundación Forner-Bigatti (creada por su tía, en la que fuera la casa taller de ambos, frente a plaza Dorrego) y recuerda una infancia adorable, con fiestas de fin de año en las que los sobrinos, sobre tablados armados en el taller de Bigatti, interpretaban obras de teatro que ella escribía (y para las que preparaba escenografía y vestuario). Experto en historia del arte, Sergio recuerda que en los ’20 “en la Academia se enseñaba dibujo, había muy poco sobre teoría del color. Beber de las fuentes clásicas y contactarse con las nuevas tendencias era una necesidad para seguir los estudios, por eso todos viajan, por eso viaja Raquel. Allá estudia con dos grandes maestros, Otón y Friesz, que tienen gravitación sobre el resto de su obra. Y sí, es verdad que ella empieza a pintar en un momento en que no era común ver artistas mujeres, pero ella decía no hay sexo en el arte, hay artistas. Lo decía porque las pintoras, en aquel momento, se dedicaban a florcitas, paisajes... cuando se decía pintora se refería a la señora gorda, o de sociedad, dedicada a un arte decorativo y de poca calidad. Por eso ella insistía, decía ‘no hay que hacer discriminación, soy un pintor como cualquier otro’”.

Tanto insistía Forner en eso que –mientras la retratista de moda Emilia Bertolé ganaba espacio a fuerza de interpretar a la bohemia linda y algo atormentada; vale decir, a fuerza de cargar las tintas sobre el eterno femenino– nunca participó de ninguno de los salones femeninos. Ella se movía en un mundo de varones, sin convertirse en uno, pero también sin jugar el papel de la mujercita oficial. Y algo debió haber explicado muy bien en su manera de pintar y exhibir para que, por poner un ejemplo, en 1930 La Prensa dedicara unas líneas a anunciar su exposición (“óleos, acuarelas y dibujos”) en la Asociación Wagneriana, y definiera a Forner como “artista de actuación destacada en los círculos de vanguardia, que acaba de regresar al país tras un largo viaje de estudios por Italia, España y Francia”.

De vuelta en Buenos Aires, entonces, se casó con Bigatti. Un año después, se mudaron a un refugio escandalosamente moderno en pleno San Telmo, la casa racionalista realizada para ellos por Alejo Martínez (uno de los tres arquitectos modernísimos que tenía por entonces la Argentina junto con su primo Alberto Prebisch y Alejandro Bustillo) en un emplazamiento que, según la tradición, había sido lugar de nacimiento de Esteban Echeverría. En la planta baja estaban el taller de Bigatti y el jardín cuidado por Forner; en el primer piso, el taller de ella; en la terraza, el jardín cuidado por él. Allí se instalaron cuando ya habían comenzado, junto con Alfredo Guttero (muerto sorpresivamente en 1932) y Domínguez Neira, la experiencia de los Cursos Libres de Arte Plástico (una manera de importar algo del mundo parisino para sacudir la modorra de la enseñanza académica local), en el piso 11 del Pasaje Barolo. Allí, en esa casa, convivían y trabajaban, cada uno en su obra y respetando sus tiempos.

“Siento un mundo de realidades metafísicas que escapan a mi inteligencia y quiero apresarlas con mi pintura. Un mundo de magia y misterio que aterra mi alma y quiero captarlo y liberarme por mi arte”, escribió en un diario de 1945 (un registro que desde la década del ’30 llevó adelante durante años y que, en algún momento, seleccionado por su sobrino, verá la luz pública). Los años pasaron y, a fines de los ’50, la reflexión y la atención que prestaba al mundo alrededor la llevaron a otra instancia: el nacimiento de sus astroseres. “Cuando en 1957 se lanzaron los primeros cohetes –contó– intenté expresar el acontecimiento de nuestro ingreso en la era espacial.” Es la hora de Las lunas (1957-1962), de Los que vieron la luna (1963-1965), de una manera de reinterpretar los colores y mantenerse en un tema, incluso, tras la muerte de su compañero (en marzo de 1964; un luto intenso del que también nació el políptico Viaje sin retorno). Es, también, la hora en que mostró un optimismo profundo, derivado de un sentimiento innegablemente humanista. Lunas, la primera pintura de las series espaciales, pronto fue comprada por el Museo de Arte Moderno neoyorquino; otra de las telas, Retorno del astronauta, forma parte de la colección del Museo de la NASA. “Sin embargo, éste es un período muy poco conocido de Raquel –explica Sergio–. Ella es mucho más referenciada por la serie de la Guerra, y después por lo neofigurativo. Esto, que se muestra ahora, es como un enlace, un período intermedio, muy influenciado por el informalismo, que le permite a ella salir de la figuración sin dejar de ser figurativa –porque siempre lo es–, le permite tender a la abstracción. Es un momento muy rico técnicamente en textura, en color, en apertura al color que después se va a hacer total.”

Las lunas y Los que vieron la luna están en la Galería Jacques Martínez,
Av. de Mayo 1130 4to G (4381-7458; [email protected]; www.galeriajacquesmartinez.com). De lunes a viernes de 11.30 a 20; sábados de 10.30 a 13.30. Hasta el 31 de octubre.
Fundación Forner-Bigatti: Bethlem 443; 4362-9171; [email protected]–bigatti.com.ar; www.forner-bigatti.com.ar

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Luna, 1960 (120x120)

Astronauta, 1962 (160x120)

Torre de astroseres, 1960 (195x97)
 
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