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Viernes, 15 de mayo de 2009

CRóNICAS

Budín ambulante

 Por Juana Menna

A los 13 pasaron varias cosas en la vida de Daniela: a) Murió su padre; b) su mamá se hundió en la tristeza; c) empezó el secundario; d) descubrió la biblioteca de su escuela; e) sus anteojos se cayeron al piso y se rompieron sin remedio.

Nada le gustaba más en el mundo que leer. En la biblioteca escolar descubrió esos libros imponentes por sus tapas duras y sus letras pequeñas de la colección Robin Hood. Así se subió a lomo de un elefante para que el caballero inglés Phileas Fogg rescatase a la bella Aouda de una muerte segura en la India, lloró por la muerte de Beth, una de las hermanas de Mujercitas, y pensó que Violeta, la niña creada por Whitfield Cook, se le parecía un poco. Las dos eran inteligentes y miopes.

Sin anteojos, el mundo se transforma en pura bruma. En la casa no había dinero para comprar nuevos. En la escuela, no dijo nada. Dejó de ir a la biblioteca. Sólo a fin de año, con las pésimas notas puestas en la libreta, los profesores se dieron cuenta de lo que pasaba. Finalmente, la cooperadora pagó los anteojos. Daniela repitió el año pero siguió hasta tercero. De todos modos tuvo que dejar de estudiar para ponerse a trabajar. Pero los trabajos que consigue una chica de quince son demasiado informales. El más extendido: repartidora de volantes. Peleó con unos cuantos empleadores que le prometían pagas inexistentes. A los 17, o sea, hace diez años, conoció a su marido y se fue de la casa materna. El entró a trabajar en una pizzería, en blanco. En el Sindicato de Pasteleros hizo algunos cursos para preparar confituras. Entonces se les ocurrió armar un pequeño emprendimiento: él cocinaba y ella vendía en la calle. Probaron con huevos de chocolate, tortas y masitas. Hasta que dieron en la tecla con los budines.

Cada mañana, Daniela se para en una esquina de calle Entre Ríos, en el barrio San Cristóbal para vender budines que lleva en un changuito: de vainilla, con chispas de chocolate, con canela y manzanas, con coco rallado. La madre siente un poco de vergüenza al pensar que su hija es vendedora ambulante, pero Daniela no. Además, ésa es la principal entrada de la familia, que a esta altura cuenta con tres integrantes: un varón de nueve años y dos nenas de 7 y 4. Daniela dice que debe darles un buen ejemplo: retomó la secundaria.

En la biblioteca de la nueva escuela le dieron un libro de cuentos de Horacio Quiroga que está leyendo mientras atiende a la clientela. Le gusta el de las medias de los flamencos, un relato donde los bichos se adornan las patitas blancas con cuero de víbora, justamente en una fiesta que dan las víboras. Para que ellas no vean con claridad de qué material están hechas las medias, los flamencos deben bailar toda la noche como locos. Daniela dice que lo importante es saber bailar pero no para engañar a alguien. Moverse. Ejercer el derecho de irse con la música a otra parte cuando ya no hay baile posible. Experimentar la recepción de los budines de sabores distintos. Y tener los anteojos todo el tiempo a mano para ver de cerca y no vivir abrumada.

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