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Viernes, 12 de junio de 2009

INTERNACIONALES

La guerra privada de las mujeres

Helen Benedict, periodista norteamericana, denuncia en un libro las agresiones sexuales a decenas de mujeres soldados estadounidenses en la guerra de Irak, por parte de sus compañeros o superiores. Las nuevas directivas del Pentágono alientan la denuncia, pero por temor a represalias en el campo de batalla la mayoría de estas mujeres ha elegido el silencio.

 Por Milagros Belgrano Rawson

“Generator city” era el nombre informal de uno de los campamentos militares estadounidenses en Kuwait, en plena guerra de Irak. Día y noche, el ruido de los generadores de electricidad era tal que “si una mujer gritaba, nadie iba a escucharla”, relata Abbie Pickett, una joven que entre 2004 y 2005 sirvió en el ejército norteamericano como integrante de un equipo de ingenieros. Al igual que ella, las pocas mujeres asignadas a ese campamento se abstenían de ir a las letrinas o a las duchas durante la noche para evitar ser violadas por sus propios compañeros. Otra combatiente, Mickiela Montoya, que en 2005 sirvió en Irak, dormía con un cuchillo bajo la almohada. “No era para defenderme de los iraquíes, sino de los míos”, relata en el libro de la periodista Helen Benedict El soldado solitario: La guerra privada de las mujeres sirviendo en Irak. En el 2003, Montoya se enroló en el ejército por las mismas razones que miles de jóvenes de su país que escucharon la demente fábula patriota de George W. Bush: para escapar del desempleo, familias quebradas o violentas o de una existencia mediocre en un pueblo del interior norteamericano. Para algunos, la invitación a servir a la patria iba acompañada de promesas más concretas, como la obtención de una carta de ciudadanía para los extranjeros sin papeles que se alistaran e incluso, en algunos casos, la eliminación de un prontuario criminal. El cuadro se completa con chicas jóvenes, casi adolescentes, que son lanzadas a un ambiente hipermasculino, con hombres que en algunos casos fueron abusados durante su niñez y con otros que ostentan un historial delictivo. A eso hay que añadirle las presiones de la guerra en el desierto iraquí, donde no hay un frente de combate, ni lugares para protegerse, donde los morteros vuelan en todas las direcciones y las emboscadas son una constante.

Publicada en abril pasado, la investigación de Helen Benedict recoge los testimonios de 40 jóvenes veteranas de guerra. Más de la mitad –la mayoría de entre 21 y 35 años– fueron violadas, agredidas o acosadas por sus superiores o compañeros. “Para los hombres, en el ejército sólo existen tres mujeres: las perras, las putas y las lesbianas”, relata Montoya. Y cuenta que un soldado le dijo “que en Vietnam había burdeles para evitar que los hombres enloquecieran, pero no hay prostitutas en Irak. Así que para esto usaban a las mujeres del ejército”. Tanto la investigación de Benedict como la de la periodista del New York Times Sara Corbett –“La guerra de las mujeres”, una verdadera clase de periodismo de investigación– subrayan que algunas soldados jamás sufrieron ataques sexuales y que, además, indicaron que algunos de sus superiores no toleraban comentarios sexistas en sus batallones. Pero estos pequeños oasis quedan perdidos en la maraña de denuncias del resto de las combatientes.

Oficialmente, el Pentágono prohíbe a las mujeres actuar en combate. Pero la mayoría de las entrevistadas por Benedict peleó a la par de sus compañeros: casi todas patearon puertas, requisaron casas, detuvieron civiles, usaron armas y rescataron heridos bajo las bombas. Según Benedict, más de 160.000 norteamericanas sirvieron en Irak, Afganistán y Oriente Medio desde que Bush declaró la guerra, en el 2003, lo que significa que uno de cada siete soldados era mujer. En Irak, al menos 450 mujeres fueron heridas, mientras que las víctimas mortales de este sexo ascienden a 71 –más víctimas femeninas que todas las registradas en Corea, Vietnam y la primera Guerra del Golfo–. Hace años que el departamento de Defensa norteamericano está al tanto de la violencia sexual que reina entre sus filas: en el 2003, una investigación realizada a veteranas norteamericanas –desde administrativas y enfermeras, hasta combatientes– que sirvieron en varios conflictos bélicos aseguraba que el 30 por ciento de las entrevistadas había sido violada durante su servicio. En el 2004, a pesar de que por entonces las cifras de ataques sexuales a soldados no habían sido sistematizadas, el por entonces secretario de Defensa Donald Rumsfeld ordenó una investigación sobre el tema. Unos meses después, su departamento lanzaba un programa destinado a prevenir y castigar estas cuestiones. Si se comparan las cifras de denuncias de ataques sexuales de 2005 con las del año anterior, cuando el programa no existía, el número de ataques denunciados saltó en menos de un año al 40%. De un total de 3038 investigaciones por ataques sexuales, en sólo 329 casos el perpetrador fue juzgado por un tribunal militar. Más de la mitad fueron desestimados por “falta de evidencias” y otros 617 fueron castigados con penas leves como degradación de rango, traslados y cartas de reprimenda. En medio de estas estadísticas, al igual que lo que ocurre con las mujeres civiles víctimas de ataques sexuales, hay una gran cifra negra que abarca todos esos casos que nunca fueron denunciados y sobre la que sólo se puede especular.

Suzanne Swift, ex combatiente en Irak, entendió, en su idioma, de qué se trata la obediencia debida. Durante su servicio, fue violada por un oficial, y acosada por otros hasta que lo contó. Durante meses, sus compañeros dejaron de hablarle, mientras que el oficial acusado la castigó con extenuantes sesiones de gimnasia y humillaciones varias. Estresada y con miedo, la joven desertó. El ejército le ofreció un trato: reducir su castigo si anulaba las acusaciones por agresión sexual. Como se negó, fue sentenciada a 30 días de prisión y degradación de rango. Como no se le concedió el retiro, transferida a un cuartel a miles de kilómetros de su familia, aún espera que le den la baja por enfermedad. Como muchas y muchos ex combatientes, ha sido diagnosticada con síndrome de estrés postraumático, condición frecuente entre los veteranos de guerra cuyos síntomas incluyen depresión, desconexión de la realidad, ataques de pánico y pérdida de memoria. En la mayoría de los casos, el síndrome está asociado con agresiones sexuales en el campo de batalla.

Al volver de la guerra, muchas veteranas que presentan esta enfermedad perdieron amigos y parejas, e incluso la tenencia de sus hijos. Otras empezaron a tomar, se volvieron adictas o intentaron suicidarse –algunas lo consiguieron–. Algunas perdieron el derecho a la jubilación y tras haberse desempeñado en cargos de gran responsabilidad en el ejército, en la actualidad son incapaces de conservar un empleo en un McDonald’s. “Durante dos años, levantarme de la cama era todo un desafío. En el espejo del baño tenía una lista que decía `lavarme los dientes, peinarme, lavarme la cara’”, contaba a Corbett la veterana Avila Smith, violada en un cuartel en Texas en 1992 y diagnosticada con este síndrome altamente discapacitante. Como algunas de sus compañeras, aún espera que el ejército le pida formalmente disculpas y se haga cargo de su problema.

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