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Viernes, 21 de agosto de 2009

Diez preguntas

A CAROLINE NEAL CINEASTA NORTEAMERICANA QUE NACIO EN VIRGINIA Y RESIDE EN LA ARGENTINA DESDE EL 2002. ESTA FILMANDO EL DOCUMENTAL SALGAN Y SALGAN.

Te graduaste en Harvard con un estudio comparativo sobre las religiones del mundo, el Islam especialmente, y ahora trabajás en cine. ¿Cómo se bifurcaron esos caminos?

–No son tan distintos. Estudiar otra religión es estudiar la forma en que un pueblo se define, cuáles son sus valores y pasiones y cómo las creencias personales son condicionadas por su sociedad. El cine documental puede explorar los mismos temas. Quiero entender por qué las mujeres musulmanas usan el velo, o cómo es la experiencia mística de un Sufi. Y el esfuerzo para entender “al otro” es como mirar un espejo; uno empieza a entenderse mejor. Por los dos caminos, podemos investigar quiénes somos como seres humanos.

Obtuviste una beca y te fuiste a la India para trabajar la relación entre vida contemplativa y activismo social, ¿Cómo fue y qué te ofreció esa experiencia?

–La experiencia me ofreció una independencia que nunca había conocido. Libertad, adentro de la estructura estricta de un asram hindú o un monasterio budista. Aprendí mucho sobre compromiso de la mano de la Madre Teresa, quien era profundamente devota y a la vez muy ambiciosa. Presté atención a las motivaciones para el cambio social o aun para el trabajo duro. Encontré que aquellos que encaraban su trabajo desde un lugar espiritual –como las monjas en los hospitales de la Madre Teresa en Calcuta– podían sobrellevar horas de trabajo exigente mejor que aquellos que lo hacían sólo por dinero, porque la compensación no era solamente financiera, sino cargada de otra significación.

¿Dónde encontrás los orígenes de tu interés por el cine?

–En la India empecé a ordenar las fotos que saqué, para contar historias. Me enganchó el proceso de hacer cine porque involucra tantos momentos creativos distintos y técnicas diversas.

Tus especialidades en cine van desde la producción al montaje, pasando por el guión y la realización. ¿De qué manera te gusta encarar tus trabajos?

–En cine documental, todas las etapas son esenciales para realizar la historia. La película está hecha mil veces antes de llegar a la pantalla. Me gusta estar en todo. Tengo compañeros excelentes en cada etapa, como Alberto Muñoz en el guión y Vanessa Ragone en la producción. Entonces, hago todo, pero no sola. Trabajar en equipos creativos es una de mis máximas alegrías.

Desde el 2002 estás radicada en la Argentina y realizaste el documental Si sos brujo, una historia de tango (2005 y estás terminando Salgán y Salgán, ¿qué te interesa del universo del tango? ¿Por qué lo elegiste?

–Empecé a bailar tango en Nueva York y en seguida el tango me fascinó por su intensidad y complejidad. Me encantó estar en ese estado que combina una quietud interna –con un foco parecido a la meditación– con sensualidad y con lo imprevisible. Un festival de tango me llevó a Londres donde conocí a Ignacio Varchausky, tocando con la Orquesta El Arranque. Me contó su idea de formar una orquesta escuela de tango, llamando a los maestros legendarios de la época de oro para enseñar a las nuevas generaciones. Así nació Si sos brujo y mi vida en la Argentina. Ignacio fundó la asociación TangoVía Buenos Aires y recientemente presentó el Archivo Digital de Tango –un proyecto asombroso para digitalizar todas las grabaciones analógicas de tango, además de partituras, fotos y revistas viejas. Por mi proximidad a sus proyectos y mi trabajo con TangoVía, realmente siento el tango como un arte vivo, en desarrollo, algo vital para la identidad argentina. Me conmueve.

Tu próxima película es Salgán y Salgán, ¿sobre qué trata y en qué punto estás?

–Horacio Salgán y su hijo César han sido muy generosos conmigo. Empezamos a filmar hace dos años y ahora empieza el montaje. El documental es una mirada íntima a la música maravillosa de Horacio quien es, para mí, con sus 93 años, el rey del swing, la complejidad y la elegancia en el tango. Pero la peli también se trata de la complejidad y elegancia de la relación padre-hijo. César, un campeón de autos de carrera y bajista, ahora es el sucesor de su padre en el piano...y lo hace muy bien. Es una historia universal de padre-hijo sobre el éxito y la intimidad, la ambición y la presión, las expectativas y los sacrificios...con una música extraordinaria.

¿Qué cosas extrañás de tu país?

–Mi familia y mis amigos. La comida etíope. Buen film plástico para alimentos. “El cliente siempre tiene la razón.”

¿Cuáles han sido las mayores dificultades para adaptarte a la vida en Argentina?

–Al principio, mil detalles: dónde comprar un martillo, cuál leche elegir en el súper, tenía que leer todas las etiquetas y no hablaba bien el castellano. Fingí la sonrisa durante horas en asados en el primer año, porque no podía seguir la conversación ni entender los chistes. Después, entender cómo “funcionan las cosas” acá, el carácter mutable de la ley y el orden. Pero la bienvenida fue tan fuerte de parte de la familia y los amigos de Ignacio que la transición fue realmente más fácil de lo que imaginaba.

¿Lograste integrar la cultura norteamericana y argentina en tu vida cotidiana y profesional?

–Mi perspectiva como cineasta siempre va a estar atravesada por mi experiencia en los Estados Unidos y mis estudios allá, pero transformada por mi vida acá y filtrada por un castellano imperfecto. Desde que nació nuestra hija, hablo mucho más inglés en casa. Jugamos con un grupo de niños bilingües; muchas de las mamás son norteamericanas casadas con argentinos. Entonces festejamos Halloween y el Día de Gracias, y leemos libros en inglés de mi propia infancia. Estoy contenta con esa integración, porque al principio temí que al tener amigas norteamericanas iba a impedir mi adaptación acá. Ahora, no.

¿Qué hacés cuando no trabajás?

–Actúo los guiones que escribe mi hija para nuestros títeres de dedo. Juego. Canto. Bailo. Soy mamá. A veces, bailo tango en la cocina con mi marido. Ser cineasta, mamá, trabajar para TangoVía y recordar quién soy independientemente de todo eso, implica la búsqueda continua de un equilibrio. Y no lo cambio por nada.

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