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Viernes, 28 de agosto de 2009

URBANIDADES

Hijos

 Por Marta Dillon

Exactamente desde el miércoles pasado, cuando se escuchó el veredicto en la causa por el incendio en Cromañón, que no dejo de pensar en dos chicas, de las que supe por esa misma causa, que todavía no termino de ponerme de acuerdo en cómo nombrar ¿tragedia? ¿masacre? ¿solamente incendio? A una le decían Buchu, tenía 16 años y ningún cumpleaños más. Me hablaron de ella sus amigas, tres niñas que lloraban así como lloran las niñas, con desconsuelo y lágrima suelta; niñas enfrentadas a la muerte. Una muerte que fulminaba como un rayo su vida cotidiana, las changas que hacían para pagarse las entradas a los conciertos, los planes de estudio que todavía, en plena secundaria, eran un diseño del deseo. Chicas de una clase media que hace equilibrio sobre una casa propia en los límites del conurbano pero que ahorra para las clases de danza de las hijas con inquietudes. Chicas que juntaban las monedas para el bondi aunque nunca hayan sabido de qué se trata el hambre. Chicas que usaban la palabra aguante para describir la voluntad de estar juntas, inventar su propia historia, una escala de valores que ponía a la amistad en el pedestal de lo que merece darlo todo: el tiempo, la escucha, el dinero, incluso la resignación de algunos juicios. Porque a las amigas se les hace el aguante, no se las juzga. Igual que se le hacía el aguante a un grupo de música que por alguna razón las enamoraba. El aguante era estar, hablar el mismo argot, vibrar en la misma intensidad, incluso trabajar en un lavadero automático para que no haya excusas a la hora de poner el cuerpo frente a esos que ponían una retórica a sus sentimientos de pertenencia. No hacía falta poner palabras exactas a esa pertenencia: no creían que podían luchar por un mundo mejor, tal vez su mayor desafío era a cierta moralina que podría juzgar sus relaciones sexuales o esa fugaz indolencia que deja en el cuerpo compartir un porro. Pero ni siquiera eso, no necesitaban palabras, apenas un lugar, una oportunidad de poner el cuerpo en una ceremonia colectiva. Una ceremonia colectiva.

La otra chica que vuelve, insistente, a mi memoria, se llama Dalma. Ella había sobrevivido a la tragedia. Y también sobrevivía, a diario, a la pobreza. “Yo prefiero tener unas zapatillas rasposas y no que me chifle la panza”, me dijo para explicar la decisión estética de ser “rollinga” y no “cumbiera”, como tantos chicos y chicas de su barrio, el Docke, que gastaban lo que no tenían en unas zapatillas parecidas a tractores. Dalma tenía una capacidad para poner en palabras lo que otros apenas balbuceaban impresionante. En aquellos días negros de hollín y de dolor recién inaugurado era capaz de explicar qué tenía Callejeros: “En realidad no dicen nada muy distinto a las letras de cumbia, sólo que lo dicen con una metáfora ¿entendés? Es como que te obligan a usar un poco más el bocho”. Para ella el aguante era resistir no sólo a la pobreza sino a su estigma; era desafiarse a “usar el bocho”, administrar sus recursos, inventar caminos de salida para ese futuro a repetición que implica ser pobre.

Ojalá que las amigas de Buchu, ojalá que Dalma haya podido inventar otros sentidos para esa palabra, aguante, que terminó de morir el miércoles pasado en ese sentido cultural parecido a una muleta, que se le fue adhiriendo en la década pasada tal vez y sencillamente porque no había dónde depositar la energía, el deseo, el ansia que significa ser joven y no saber qué podrá haber más allá. Ojalá que estas chicas y que miles de otras y otros hayan dejado de mirarse en el espejo de ese grupo de músicos que mintió una idea de libertad –callejera– como quien diseña un logo.

Algo se terminó, sin duda, con Cromañón, algo que tuvo su costura final en el fallo. Se terminó esa idea romántica del aguante, aunque la palabra se siga usando aquí y allá con poco sentido. Y algo más cuajó, se endureció como una huella en el cemento que fragua: la falta de voz de “los pibes” –y las pibas, sí, pero es el masculino lo que se repite–, su desamparo y su ausencia. No sólo por los que quedaron irremediablemente atrapados por el humo, sino por todos los que no pudieron articular ni su presencia como sujetos en esta historia. Algunos aparecieron pegados al discurso de los músicos, diciendo que no los “culpen”, como si fueran niños que no tienen la culpa de haber roto un vidrio con la pelota. Haciendo el aguante como si sólo se tratara de apretar los dientes y dejar pasar lo que duele, lo que molesta, lo que no gusta ni se desea. Muchas veces se dijo que Cromañón había sido otra demostración de cómo esta sociedad se come a sus hijos. El fallo fue una demostración de cómo comérselos es también borrarlos de la escena, incluso quitándoles responsabilidad como se la quitaron a los músicos que los convocaban. No hay un colectivo juventud que sea homogéneo, es cierto, como tampoco hay uno que sea hijos, salvo los militantes de la agrupación que usa esa palabra con puntitos. Sin embargo hay una apelación que se escuchó y que homogeneiza al colectivo de ciudadanos y ciudadanas que suelen reclamar penas duras, mano dura, leyes duras contra la “droga” y que ahora se escandaliza con el fallo de la Corte que despenalizó la tenencia de sustancias ilegales para el consumo personal. “Queremos que nos cuiden”, suelen decir. Que nos cuiden y que no nos culpen si reaccionamos mal, si golpeamos por impotencia, si matamos por defender nuestros bienes. Hijos todos, borrando, callando, quitando protagonismo y hasta responsabilidad a los que de verdad deberían llamarse así, por edad y por derecho.

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