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Viernes, 30 de octubre de 2009

TEATRO

La boca bien abierta

Una revisión de la supuesta misoginia de Armando Discépolo en manos de dos aventureras que saben darle una vuelta de tuerca a la singular y poco representada Muñeca.

 Por Moira Soto

¿Y si Armando Discépolo no fuera tan misógino como lo han considerado, con harta frecuencia, estudiosos, historiadores de teatro, críticos, opinión ésta que ha condicionado a priori la visión de sus obras por parte del público? La puesta en escena llevada a inquietante puerto por dos mujeres desprejuiciadas y aventureras –Teresa Sarrail y Sandra Torlucci– de la singular y poco representada Muñeca, reabre lecturas con saludable espíritu revisionista.

Porque guardando fidelidad a la letra pero lejos de quedarse en una versión previsible, esta puesta se lanza a la exacerbación del grotesco, monta el tinglado de los dobleces, las falsificaciones, las simulaciones para traducir escénicamente la patética historia de don Anselmo, ricachón ocioso y gastador, torturado por la fealdad de su rostro, que es traicionado –según ciertos códigos masculinos– por Enrique, ese hijo adoptivo que salvó de los peligros de la noche. El objeto del capricho de Anselmo es –nombre elocuente– Muñeca, amante del joven que éste le ha cedido secretamente, por agradecimiento hacia esa figura paterna. Muñeca, desde su lugar de sometida –por mujer, por su antiguo oficio de sobreviviente– accede al intercambio, se supone que a disgusto, pero más tarde los amantes se reencuentran, por eso ella ha desaparecido. Cuando Anselmo descubre la verdad, reacciona violentamente contra Enrique, pero enseguida ejecuta esa violencia contra sí mismo, en un gesto que quizás lo redima de tanta torpeza, de tanta fruslería.

A Teresa Sarrail la había llamado Guillermo Cacace para que actuara en Stefano –la elogiada y premiada versión aún en cartel– pero un tema de horarios y tiempo la llevó a desistir a su pesar, aunque se quedó con las ganas de internarse en Discépolo. Leyó y releyó hasta que se recortó nítidamente esta obra extraña y maldita, Muñeca. “Un maravilloso tango”, según la definió con precisión Oscar Traversa. “Vi una imagen de la Argentina, como un fresco –dice Sarrail–. Ahí está el germen de los elementos que hoy constituyen nuestro país: una burguesía prendaria, tonta, de farra en farra, improductiva.... Me impresionó que entre los varones, amigos entre sí, se mantengan relaciones de poder. Yo entré por ahí, Sandra por otro lugar que tiene que ver con los cuerpos, un tema que está investigando. Hace poco escribió una ponencia acerca de cómo en el teatro va desapareciendo lentamente la corporeidad. Cosa que también sucede en la publicidad, con cuerpos cada vez más estilizados, más mentirosos, de una belleza aséptica.”

Como gatos de antaño, estas chicas –Perla, Estela, Carlota, hasta cierto punto Muñeca– son funcionales al mantenimiento de un sistema social y cultural asimétrico, dentro del cual ellas serán siempre consideradas inferiores desde todo punto de vista (masculino, patriarcal, sexista). Lo propio ocurre, exhibicionismo en TV y revistas mediante, con las actuales vedetongas emperifolladas que divierten a los muchachos sueltos dando detalles de sus labores sexuales, de sus clientes. Bufonas que en algunos casos se vuelven objeto de escarnio por su memez, sus versitos, sin dejar por eso de sonreír y ofrecerse al marcado en alza de las redondeces rellenadas.

Muñeca planta abiertamente el tema de la fealdad masculina como una diversidad socialmente inaceptable, sin tomar el atajo del la monstruosidad onda Jorobado de Nôtre-Dame u Hombre Elefante. Anselmo es muy mal parecido, sufre horriblemente por esta condición. Según el texto, se tapa la cara para disimular. Torlucci y Sarrail optaron por trabajar la fealdad desde la actuación, desde la gestualidad que afea a los actores, empezando por el Anselmo que encarna Eugenio Soto. Más aun, cuando, peinado a la gomina como lo quería Teresa, el actor bajó por primera vez la escalera, Teresa dijo: “Es Gardel”. Y Sandra le retrucó: “No, es Perón...”.

Además de poner en altorrelieve el trato denigratorio que los varones infligen de continuo a las mujeres, acaso la innovación más revulsiva que perpetraron las directoras fue cambiar la edad de Muñeca. El personaje, cuya desaparición dispara el relato y de quien todos hablan, hace su ansiada aparición cerca del final. Desde el texto todo indica que es una joven de gran belleza. Sin embargo, para desconcierto del público –instalado casi dentro de la escena, implicado físicamente– hace su entrada una mujer madura que habla y se mueve seductoramente. “Había algo que queríamos quebrar y cortar –declara Teresa Sarrail–. Mostrar el artificio que marca esta obra, donde todos los personajes son máscaras. Celina González del Solar es una mujer linda y atractiva pero madura, tiene 60. Entonces, ella, Muñeca, ya hizo ese camino que están recorriendo las otras chicas. Muñeca está de vuelta, cuando se ríe es como una puerta que se abre. Se ríe a carcajadas de lo que pasó. Les dice: ‘Idiotas’. Y chau, se va.” ¤

Muñeca, los viernes a las 20,45 en Teatro del Borde, Chile 630, a $ 35 y $ 25, 43006201

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