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Viernes, 4 de diciembre de 2009

MUESTRAS

Un viaje al conchetaje

Cinco chicas manipulando joyas, recuerdos de las abuelas y otros objetos de belleza pueden convertir a una galería de arte en una caja de tesoros, un viaje a los arcones más recalcitrantes de la feminidad. La muestra se llama Jewelcity y las artistas se autodenominan Conchetinas. Habrá que ir y ver por qué.

 Por Natali Schejtman

La primera obra que vemos al entrar a Miau Miau es una valija abierta. Adentro, tenemos una muestra del ADN de Jewelcity: granas de chocolate, gemas, cedés, papel glacé, caracoles. Esa es la invitación y el pacto: el mundo de fantasías que proponen las Conchetinas (la banda de chicas detrás de la muestra) no ahorra en perlas, perfumes, ornamentos varios y souvenires de un pasado más y menos remoto. Y la valija, así como abre sus puertas a un mundo interior y desconocido (lo que está adentro), también es el emblema del viaje que comienza cuando alguien cruza la puerta de la galería.

La muestra Jewelcity tiene algo de road movie. Cada obra es un cuento y una aventura: una caverna de perfumes incrustados como si fueran estalactitas o cristales punzantes, un tocador devenido altar con collares, un plato, esmaltes, plaquetas electrónicas o un caballito; un jarrón roto que vuelca su tesoro doradísimo, valiosísimo, en el medio de un desierto; una cabeza totémica hecha como un mosaico, que tiene una corona de casetes, botones y candelabros. Cada una es una escenografía y un relato incompleto –“una escenografía para que algo pase”, dirá la Conchetina Victoria Colmegna–, trazado desde lo macro hasta los detalles destellantes (¿qué es eso? ¿Un alcaucil?). Este juego de encontrar la historia puede mantener detenido y concentrado al espectador durante unos cuantos minutos, descubriendo lo que está a la vista pero se esconde en el exceso, decidiendo qué es lo que verá de ese mar de posibilidades brillantes. Porque Jewelcity tiene un encanto muy original: lo programático, la perlita al lado de la perlita para formar una gran torta de perlitas, se mezcla con el delirio a descifrar: cabezas míticas, cuellitos de joyería, un caballo en dos patas, todo ellos montados, en el mismo sentido en que se monta lxs Drags. Dice Javier Arroyuelo en el texto de la muestra: “Para sus assemblages, abigarrados y antidepresivos, acumulan elementos de base (materias, objetos) sin el menor atisbo de discriminación, aunque quizá retienen preferencias por lo vistoso, por lo bizarro, por lo simpático, por lo simple y digno, por lo falto de pretensiones”.

Banda de chicas

Las Conchetinas son las que firman todas estas obras, que realizan en su taller conjunto y cuyo montaje, justamente, es clave. Manteniendo cada una su carrera individual, trabajan juntas desde 2007 cuando hicieron a diez manos Campopsi, una instalación multidireccional que incluía interacción con el público y cierta lisergia como concepto y que les dio una carta de presentación como grupo con bombos y platillos. Campopsi tenía que ver con “un campo energético en el que todas las transformaciones quedan registradas” y esa idea del trabajo ensimismado y fresco a la vez, la trasformación y reutilización de objetos existentes, además de cierta complicidad con la mirada, es básica para apreciar lo que hace este grupo compuesto por Alina Perkins, Natalia Cristófano, Laura Hita, Julia Sánchez y Colmegna. En estos días, también están participando de la selección Currículum Cero, en la Galería Ruth Benzacar (Florida 1000).

La génesis de esta comunión es bien de grupo de chicas. Dos trabajaban en un taller, tres en otro, y una tenía una muestra para la cual las invitó a las otras cuatro. Uno sospecha que la metodología de trabajo no debe ser sencilla: todas parecen ser chicas con mucho carácter y una cosmovisión visual intensa, pero de alguna manera logran desprenderse de algo de su ser para armar una ronda redonda como una perla. En las obras de Conchetinas lo grupal se siente, también porque cada pieza de cada obra requirió un esfuerzo físico tan evidente que es imposible que eso fuera hecho todo por una sola persona. Y sin embargo, la comunicación entre ellas es cohesiva, penetrante y armónica. Algo de eso debe explicar que su modo de trabajo incluya un cadáver exquisito espontáneo según el cual se van pasando los objetos pensados para la muestra para que cada una aporte lo suyo. Pero ellas van viendo una evolución: “Campopsi registraba la energía sobre los objetos. Si nos íbamos pasando los objetos, íbamos generando ese campo”, dice Natalia Cristófano. “Con el tiempo fuimos abocándonos más a las piezas. Creo que una diferencia entre esta muestra y Campopsi, la primera, es la objetivación sobre cada obra”, agrega Julia Sánchez. Y Colmegna menciona: “Cada vez somos más conscientes de que los objetos tienen una vida posterior”.

Mujercitas

En estos días, un aura de estrellitas resignifica Miau Miau. Es que la visualización integral de Jewelcity es refrescante y femenina. Ellas no dudan en que un grupo de 5 mujeres deja marcas de su feminidad a cada paso: “Es re-femenino. Desde un corcel negro parado en dos patas, hasta los tótem, los perfumes. Nosotras trabajamos con los elementos que tenemos de chicas cerca y que nos interesan y nos gustan”, comenta Alina Perkins. El nombre de la banda tampoco pasa inadvertido: para explicarlo, ellas hablan de las reminiscencias italianas, de la cultura del trabajo de los inmigrantes italianos, de los vínculos con la palabra “concepción” y del personaje de Il Gatopardo, de Visconti, que llevaba por nombre Concetta. También, del gesto irónico y provocativo que implica, teniendo en cuenta su acepción porteña.

Este mismo año, las fabricantes de la ciudad de las joyas realizaron la muestra Choricity, montada en la sede neoyorquina de la Galería Appetite. Toda la estadía de las chicas en la Gran Manzana fue una mezcla de ínfulas glamorosas con realidades más modestas y su repertorio de anécdotas incluye el cargamento de una tonelada de ropa (vendida por peso en un galpón de Brooklyn) hasta la odisea por desprenderse de la basura en una ciudad en la que el tema rankea entre las preocupaciones del podio. Como sus obras son siempre imponentes, los fletes y el cargamento es uno de los más atendidos por estas artistas que no temen convertirse en una especie de obreras de lo estético. El nombre Choricity había llegado después del registro de sus costumbres lingüísticas, algo muy habitual en la convivencia: “Aprovechamos un montón lo que pasa en el grupo. Al estar las cinco juntas de repente usamos mucho una palabra o nos fijamos cuando alguna está capitalizando más un costado de su personalidad... Aprovechamos todas las cositas así. Y en ese momento estaba de moda entre nosotros decir la palabra choripear, choripa: ‘devolveme la engrampadora, choripa’. Y al pensar la muestra nos gustó esa mezcla entre chorizos, Nueva York, los tótem. Bueno, Choricity. Pero una vez que estábamos allá nos empezaron a pasar cosas muy choricity”. Seguramente ellas se habían imaginado algo así como que estaban yendo a hacer arte a la ciudad en la que habitan las máximas estrellas de la mayoría de los rubros, y de repente vieron que las cosas para ellas eran, cuanto menos, más humildes. “Ahí dijimos, bueno, obvio: si estamos trabajando con chorizos, con choripear, con Choricity, todo ese tipo de energía. Entonces si es así, bueno, la próxima se tiene que llamar Jewelcity, para plumerear el chori y que brille”, dice Perkins, risueña.

En esta ciudad de joyas, la invitación lúdica, desacartonada y espectacular no pone restricciones sino que está prácticamente basada en la acumulación y la abundancia: abundancia de manos, abundancia de materiales, de colores, de formas. Ellas proponen un mundo de sueños, alucinaciones y potenciales historias extraordinarias para que el espectador elija su propia aventura. ¤

Jewelcity se puede ver en Miau Miau (Bulnes 2707) hasta el 9 de diciembre y el lunes 7 desde las 19 hs. Hay fiesta de cierre.

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