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Viernes, 11 de diciembre de 2009

PANTALLA PLANA

Chicas trabajadoras

Sin mucho que añadir a los tradicionales programas de chimentos, el mundo de las mujeres que buscan su agosto tratando de conquistar adinerados futbolistas se instaló con poco éxito en el escaso panorama de ficciones de tv.

 Por Moira Soto

De creer lo que se ve y oye en la nueva tira de Underground y Endemol para Telefé, las botineras serían chicas con metas utilitarias a largo plazo, para cuyo logro se pueden poner en manos de una emprendedora celestina que ofrece servicios de relookeo, remodelación corporal y contacto directo con el objetivo, es decir, la presa de caza: un jugador de fútbol altamente cotizado en el mercado que ha de convertirse sucesivamente en novio, marido y, de ser posible, padre de uno o más hijos que asegurarán el futuro de la susodicha botinera. Quien a su vez no desdeñará jamás las ocasiones que se le brinden de aparecer en los medios pavoneándose, riñendo con una par, exponiendo crudamente detalles íntimos de su vida privada. Cualquier semejanza con la realidad es premeditada y casi alevosa.

La novedad de este ciclo es que propone la figura de una madama, especie de proxeneta llamada Giselle López, que con su habitual falsete chabacano –que tan buenos dividendos le ha rendido en la tele– hace Florencia Peña. Por supuesto, no es que el rol de regenta de actividades prostibularias sea un invento de esta novela: entre otros antecedentes, puede citarse a las maquerelles (femenino de maquereau, vocablo adaptado al lunfardo local, macró, esto es alcahuete que prostituye a mujeres) del Antiguo Régimen Francés que dominaban el negocio durante el siglo XVIII en París. Ellas proveían a aristócratas y otros poderosos de bellas filles de joie. Más cerca en el tiempo, se hicieron famosos los casos de madamas como Heidi Fleiss, arrestada en 1997 con gran escándalo, lo que –una vez liberada– le vino de maravillas para cobrar derechos por su historia para la TV, publicar libros autobiográficos donde escrachó en las entrelíneas a actores, políticos, ejecutivos, deportistas. Siempre dispuesta a explotar otras vetas del área, Fleiss anunció una Granja de Sementales, prostíbulo con pupilos para clientela de mujeres. Por su lado, la venezolana Charming Barbara, afincada en España, ex prostituta casada con un cliente y madre de una hija, tiene una agencia donde emplea a siete chicos guapos, entre 22 y 40 años, con buena conversación, que tienen bien sabido que a las mujeres “hay que darles tiempo, porque tenemos el orgasmo en la cabeza antes que aquí abajo” (según declaraciones al diario El País en abril pasado). Charming Barbara –nom de guerre, naturalmente– anunció este año la apertura de un gran burdel en Valencia, en la misma línea de su agencia de servicios sexuales para mujeres.

De modo que Giselle López no es una pionera en el rubro. Hasta podría mencionarse un referente local: precisamente una de las primeras botineras (cuando aún no existía ese neologismo), Pata Villanueva (asimismo propensa a boxeadores, playboys, rockeros), en los tempranos ’90 causó bastante alboroto cuando fue detenida unas horas por organizar subastas de mujeres en boliches nocturnos, para alegrar eventos empresariales.

La Giselle de Botineras no corre ese riesgo porque está protegida por el comisario Fernández, a cargo de la investigación del asesinato del futbolista Andrés Capa, ocurrido en Madrid luego de ser amenazado por el Chiqui Flores, jugador que en el primer capítulo regresa a la Argentina y es el principal sospechoso en la trama policial apenas esbozada. El comisario de marras decide infiltrar en el entorno del Chiqui a la agente Laura Posse (Romina Gaetani), que deberá pasar por la previsible metamorfosis, desde las extensiones del pelo a los tacones, más varias manos de pintura, para que todos descubran que puede ser irresistiblemente femenina.

Botineras no se ahorra los clásicos tópicos de las mujeres que rivalizan, se traicionan, se agarran de los pelos, fingen llevarse bien en programas de chismes estilo Intrusos (con Jorge Martínez como un Jorge Rial bonachón), sólo les interesan las pilchas, los tratamientos de belleza y, quedó dicho, atrapar a futbolistas babiecas. Porque los principales roles masculinos de la tira (jugadores, manager, abogado, asistente de la madama) son igualmente deplorables y de una sola dimensión.

Como si la TV no estuviese suficientemente saturada de seudovedettes que hacen exhibicionismo en lo de Tinelli, de azafatas de Sofovich, de improperios que van y vienen entre chicas en plan de trepar por la escalerita del teatro de revistas y señoras mayores que no se resignan al descenso... Como si no bastara la repetición incesante de las escenitas en lo de Tinelli o en lo de Rial que pasan en incontables programas, ahora tenemos a las Botineras realimentando el sistema (ya se enojó Amalia Granata, primero porque cuando la llamaron para hacer de ella misma, “me quisieron vestir de prostituta”, y posteriormente porque el personaje de la celestina hizo un chiste sobre ella).

Cortesanas, pelanduscas, zorras, pindongas, olisconas, esquineras, busconas, rameras: las maneras de nombrar a las prostitutas se multiplican largamente y esos términos sirven para agraviar a las mujeres –en situación de prostitución o no–, según consigna el español Pancracio Cendrán Gomariz en su Inventario General de Insultos (Ediciones del Prado, Madrid). Para Elena Reynaga, titular de la Asociación de Mujeres Meretrices de Argentina (Ammar), que prefiere la expresión trabajadora sexual, la prostitución es para muchas mujeres una opción laboral, a veces la única a falta de otras oportunidades. “No me gusta mucho la palabra gato –dice Reynaga–. Me parece despectiva. Pero las así llamadas gatos hacen ese trabajo por motivos distintos a los nuestros: tener más alto estatus, lujos, comodidades... Nosotras nos asumimos, no engañamos a nadie. Somos conscientes del trabajo que hacemos y al cabo, resultamos las más discriminadas por esta sociedad terriblemente hipócrita. Pero lo que hacen las chicas que aparecen en la televisión está como aceptado socialmente. Una vez me invitaron al programa de Mirtha Legrand, pero una mano negra no permitió que asistiera. Creo que nunca voy a estar en esa mesa porque digo cosas que no le van a gustar a esa señora, que es totalmente de derecha. Ella puede recibir a ciertas chicas que se pasean por la tele, que van a ese boliche tan caro a buscar a uno con muchos billetes, pero no le haría gracia saludar a las compañeras de Constitución. Nosotras somos trabajadoras que no vendemos gato por liebre, no hacemos trabajo sexual encubierto. No fingimos amor, vendemos sexo puro, ¿me explico? Pero hay quienes, como Silvia Süller, se permiten descalificarnos. En realidad, mis compañeras no quieren que nadie las confunda con ella, por favor.”¤

Botineras, de martes a viernes por Telefé, anunciado a las 22.45, suele comenzar entre las 23 y las 23.15

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