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Viernes, 8 de enero de 2010

MUESTRA

LA BOCA SALVAJE

En su 750 aniversario, Francia homenajea a su máximo icono cinematográfico, Brigitte Bardot, la mujer que en los ’60 cautivó con su erotismo desinhibido, la misma que en su madurez coquetea con la ultraderecha y es condenada por racismo.

 Por Milagros Belgrano Rawson

En septiembre pasado, Brigitte Bardot cumplió 75 años. Como es su costumbre, no se mostró ante las cámaras. El paso de los años y su negativa a someterse a cualquier cirugía estética no han sido benévolos con la estrella de Y Dios creó a la mujer. Hace un par de años, en uno de sus habituales derrapes racistas, los paparazzi la mostraron arrugada, gorda y con una artritis feroz que la obliga a usar muletas. Sin embargo, para su 750 aniversario, la actriz grabó un mensaje de audio para la televisión donde agradece el gesto del país que la vio nacer, que la convirtió en mito y en quizá su mayor producto de exportación después de los autos Renault: por primera vez Francia la homenajea con una gran exposición que celebra su vida, desde su nacimiento en uno de los barrios más ricos de la capital francesa, su ascenso al estrellato, y sus amores, hasta su repentino retiro de la pantalla grande, a los 39 años, para dedicarse a su por momentos incomprensible obsesión por los animales.

Organizada con el beneplácito de B.B. y la curaduría de su biógrafo y amigo, Henry Servat, la exhibición Brigitte Bardot: Los años despreocupados se concentra en los aspectos más simpáticos de la actriz y cantante, que a pesar de su retiro, en 1973, sigue dando que hablar. La exposición organizada en Boulogne-Bi-llancourt, un suburbio parisino conservador, prefiere obviar, por ejemplo, los coqueteos de la Bardot con la ultraderecha, sus cinco condenas por incitación al odio racial, sus declaraciones sobre la pena de muerte (primero dijo estar en contra, ahora está a favor) y su desapego por su único hijo, Nicolas Charrier, por quien sentiría un afecto inversamente proporcional al que profesa por las focas canadienses.

En los ‘90, cuando su autobiografía, B.B., se vendía como pan caliente, Nicolas iniciaba un proceso judicial contra su madre. El suyo no fue un nacimiento feliz: para empezar, durante las semanas previas, Bardot había tenido que atrincherarse en su departamento ante el asedio de la prensa. Finalmente desistió de ir a una clínica y dio a luz en su dormitorio el 11 de enero de 1960. “Me da asco la idea de portar un feto informe, un tumor”, contaría la diva 30 años después en su libro. “Después de un parto agotador, no quiero volver a verlo”, decía sobre su hijo, que más tarde, a los 35, iniciaría un juicio contra su madre por “atentado a la intimidad intrauterina”. No se sabe qué pasó con esa demanda, pero lo cierto es que, incapaz de asumir cualquier responsabilidad por su hijo, Brigitte lo dejó en manos de su padre, el actor Jacques Charrier, quien se ocupó de criarlo.

Egoísta y desgraciada, la resistencia a plegarse al mandato cultural de la maternidad de la actriz fue, sin embargo, toda una declaración de principios en un país que aún se desperezaba de una posguerra austera, conservadora y natalista.

La manera en que utilizaba su cuerpo también rompió con los almidonados códigos de la época. A fines de los ’50, mientras que el resto de las actrices francesas sólo se dejaba ver bajo pesadas capas de maquillaje y enfundadas en pieles de zorro, B.B. aparecía con polleras Vichy y alpargatas, o directamente desnuda. Aunque jamás se definió como feminista –la cuestión de la mujer nunca le interesó demasiado–, Simone De Beauvoir la eligió como el tópico de uno de sus ensayos, Brigitte Bardot y el síndrome de Lolita, donde la definió como un modelo de mujer liberada. “Bardot no se preocupa en lo más mínimo por la opinión de los otros. No tiene ninguna demanda a formular (...) Sigue sus impulsos. Come cuando tiene hambre, y se enamora con la misma simplicidad, sin ceremonia. El deseo y el placer son para ella más convincentes que los preceptos y las convenciones (...) Hace lo que quiere, y es eso lo que perturba”, escribió la autora de El Segundo Sexo a fines de los ’50. Generosa con sus palabras, al igual que millones de hombres, De Beauvoir no sería indiferente al influjo de esta gatita sexy que escandalizaba a los Estados Unidos, donde enseguida se hizo famosa. “La línea de sus labios forma una mueca infantil y, al mismo tiempo, sus labios son muy deseables. Rechaza la ropa elegante, las joyas, perfumes y maquillaje, y todo artificio. Sin embargo, su andar es lascivo y un santo vendería su alma sólo para verla bailar”, se lee en el famoso ensayo. Marguerite Duras y Jean Cocteau también se detendrían a poner en palabras la magia de esta mujer que no temía desafiar el virtuosismo que toda dama debía enarbolar. “Madame está ocupada haciendo el amor”, dicen que le contestó la mucama de B.B. a un periodista que quería hablar con la actriz.

“Vas a ser el fantasma inaccesible de todos los hombres casados”, vaticinó su primer marido, Roger Vadim. Tuvo razón: los que llevan la cuenta aseguran que los amantes conocidos de Bardot suman 42. Sólo se casó con cuatro de ellos, pero ninguno habló mal de ella luego de la ruptura. Con Serge Gainsbourg no llegó al registro civil, pero cuando se oficializó el romance, el autor de “Lemon incest” no podía creer que él, el hombre más feo del mundo, estuviera con la más bella de todas. Enseguida le compuso una canción, “Je t’aime, moi non plus”, que más tarde grabaron en un estudio. Era una canción que destilaba sensualidad en cada nota, y Bardot, que para entonces ya estaba casada con el millonario Gunther Sachs, tuvo, por primera vez, miedo al qué dirán y le pidió que no la difundiera. Caballero, Gainsbourg respetó su deseo y grabó otra versión con Jane Birkin, la futura madre de su hija Charlotte. Corría el año ’69 y los 4 minutos de esta canción escandalizaron al Vaticano, que pidió que se la prohibiera. Cuando escuchó la versión de Serge y Jane, B.B. se quiso matar, confiesa ella misma en su autobiografía. Y maldijo su cobardía, que hizo que fuera Birkin y no ella la que aprovecharía la gloria de esta célebre canción.

Luego vendrían romances menos hippies: en los ‘90 se casó en cuartas nupcias con Bernard d’Ormale, un tipo maleducado y sin mayores credenciales que pertenecer al círculo de Jean Marie Le Pen, líder del partido de extrema derecha que en el 2002 puso los pelos de punta de medio país cuando salió segundo en la primera vuelta de las elecciones presidenciales. Por entonces, B.B. salió a decir que no estaba afiliada ni a ese ni a ningún otro partido, y que en realidad no votaba porque los políticos no apoyan la causa de los animales. Pero fue en su combate contra los inmigrantes “sin papeles”, donde B.B. perdió la cabeza. En otros pasquines de su autoría que nunca alcanzaron el nivel de ventas de su autobiografía, la actriz criticó la islamización de Francia, y los valores “bárbaros” de esta religión –le preocupa particularmente la ceremonia musulmana en la que se degüella a ovejas vivas–, además de ofender a los homosexuales llamándolos pedófilos. Aquello que en su juventud había enamorado a millones de personas, su libertad salvaje e indiferencia a todo tabú o convención social, se convirtió, en su madurez, en una verborragia odiosa. “Mi hablar franco parte de mi personalidad, no voy a cambiar ahora”, indicó hace poco a un diario vespertino francés. Queda, sin embargo, el desenfado y sensualidad de esta mujer que en su juventud desoyó la moralina de la época y que al mostrarse libre de amar a quien se le diera la gana modificaría para siempre el erotismo femenino en la pantalla grande.

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