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Viernes, 30 de abril de 2010

PANTALLA PLANA

Astillas del sueño americano

En su tercera temporada, la serie Mad Men ahonda el retrato crítico de una agencia de publicidad regida por hombres blancos, sexistas y racistas, en los tempranos ’60, época en que empieza a emerger el capitalismo mundial y algunas mujeres intentan romper el cascarón paternalista.

 Por Moira Soto

Don Draper sigue cayendo, precipitándose a un abismo sin fin, desde los títulos (que citan los de Saul Bass en Vértigo de Hitchcock, un cineasta homenajeado en más de un capítulo) de la magistral serie Mad Men. Y también se sigue hundiendo Don Draper en la insatisfacción, sufriendo silenciosamente el dolor de viejas heridas, aunque mantiene el aspecto exterior de publicitario exitoso, casado con esa rubia imitación de Grace Kelly llamada Betty, la que se creyó el cuento de la felicidad idílica en hogar suburbano y que ahora, en la tercera temporada que se está proyectando localmente, sobrelleva sin ilusiones el avanzado embarazo de su tercer hijo. Don Draper es el eje absoluto de esta producción que va por la cuarta temporada en los Estados Unidos y cuyo productor y coguionista, Matthew Weiner (asimismo creador de Los Soprano), ha anunciado que le pondrá punto final en la sexta season.

Mad Men (título que remite a la avenida Madigan, donde está situada la agencia top de publicidad, y asimismo al apelativo que se les daba a los ejecutivos del rubro, ad men) es una de las mejores series norteamericanas de todos los tiempos por la altísima calidad que evidencia en todos los rubros técnicos –desde el diseño artístico hasta las actuaciones–, por la complejidad minuciosamente elaborada de la trama y sus subtramas, por la consistencia y variedad de sus facetados personajes, por la forma inteligente y sutil de inscribirse en una etapa histórica y narrar sus transformaciones desde un enfoque crítico actual, exento de toda idealización complaciente.

El sábado pasado, a las 22 por HBO (repite los martes a las 21), se vio el capítulo 5, que arranca a fines de la primavera de 1962. Es decir que la temporada de 13 capítulos está promediando con Kennedy en el poder, el huevo de la serpiente de la globalización y el capitalismo brutal comienza a rasgarse, y hasta es posible entrever la llegada del yuppismo en los ‘80. Irónicamente, los ingleses que han tomado el control de la agencia Sterling Cooper donde trabaja Don aparecen como agentes del cambio, dando lecciones a los publicitarios norteamericanos, todavía menos duros y despiadados. La búsqueda implacable de eficacia y rendimiento corroe las relaciones de camaradería, se acentúa la división de tareas y, paralelamente, la identidad ligada al trabajo empieza a desbaratarse por causa de la creciente inseguridad. Un sordo malestar avanza mientras que los ejecutivos de la primera hora que no han sido despedidos y los advenedizos en carrera, beben Jack Daniels y cócteles como esponjas, fuman como murciélagos...

En ese contexto masculino y blanco, sexista y racista, las mujeres que en la primera temporada (que transcurría en 1960) estaban relegadas a roles subalternos de esposas y madres, o de simples secretarias en la agencia, algunas empezando aisladamente a hacer la suya, intuitivamente, apelando casi siempre a las armas del enemigo (que nunca es nombrado como tal, ni falta que le hace a una serie tan reticente a dar explicaciones o poner subrayados). Además de Peggy, la apocada secretaria que se revela como ingeniosa redactora en la primera etapa y que sigue ganando terreno en la segunda (no sin pagar bien caro su entrega laboral), también en la temporada 2 avanza como topadora Bobbie, mujer de negocios desinhibida capaz de darles de beber a los hombres su propia medicina (la de ellos): ella seducía prestamente a Don, se lo llevaba a su cama (la de ella) y después del sexo le concedía al partir apurada: “Podés quedarte un rato si querés”. Una bitch Bobbie, pero que tiene el gesto de aconsejarle a Betty que trate a su infiel marido de igual a igual. Entretanto Joan, la secretaria ejecutiva, explota descaradamente sus curvas rotundas, acepta como amante a su amo Roger Sterling, casado, para lograr ventajas pero –conservadora al fin y habiendo pasado los 30– lo que quiere es formalizar con el candidato apropiado, objetivo que logra concretar. La patética Betty, por su lado, hace intentos revanchistas que la dejan con un sedimento de amargura que se trasluce en el desamor con que, embarazada, trata a su hija y a su hijo de corta edad.

El sueño americano hecho picadillo entre espléndidos decorados, estampas de Hokusai, trajes modelados con maniática perfección y una foto de paleta de colores rutilantes que evoca los melodramas de Douglas Sirk, ese gran director de origen alemán que en los ‘50 y en pleno Hollywood, se dio maña para advertir con suma elegancia y bajo el paraguas protector del melodrama, sobre el auténtico trasfondo del hipócrita, mezquino y prejuicioso modelo de vida alentado en esas fechas por la publicidad, la revistas femeninas, los líderes reaccionarios políticos y religiosos.

Mad Men, los sábados a las 22, repite los martes a las 21, por HBO.

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