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Viernes, 18 de junio de 2010

DANZA

LOS RUIDOS DEL AMOR

Serán otros los ruidos, de Vivian Luz, presenta tres modos de sufrir el amor en clave de movimiento y coreografía.

 Por Pacha Brandolino

El expresionismo más descarnado se volvió a instalar en un teatro de Buenos Aires. Y apeló a los rigores temáticos y estilísticos más duros. Vivian Luz estrenó Serán otros los ruidos.

“Afuera está el mundo. Adentro estoy yo y mi soledad; y mi casi mundo. Y las dos edades que me habitan, contrapuestas: la de la pasión y la de la razón... Pero mañana saldrá el sol y serán otros los ruidos...”

Este texto, breve y potente, es una suerte de rondó que delimita la reiteración de una acción simple de conflicto entre dos seres, también potente y espeso, que se despliega tres veces, en un recurso cuasi literario, a la manera de Las horas. Podemos pensar también en el cine y Corre, Lola, corre.

Un dueto que, como digo, reitera por tres veces su historia de amor: durante un entorno en guerra, que por los soportes fílmicos y vestuarísticos podría deducirse que es la Segunda Guerra Mundial; durante los agitados y revolucionarios años ’70 y en la posmodernidad líquida.

Los intérpretes desarrollan con exactitud una conjunción kinética y verbal: la serie coreográfica despliega variaciones sobre una base común, de acuerdo con los tres ambientes visitados. Coherentemente, una primera partitura parece haber sido compuesta durante las épocas de la danza teatral alemana y puede hacer alguna cita al twist; la segunda sección se centra en un estilo de época más identificable con lo que hemos llamado contemporáneo y lo atraviesan el rock and roll y algunos detalles del realismo teatral; la tercera sección, mucho más liviana y flotante nos trae al estilo más relajado y sutil de fin del siglo XX. Otro tanto ocurre con los parlamentos: el fragmento citado más arriba y otro más son el equivalente al concepto coreográfico, que se enriquecen o mutilan de acuerdo con tres miradas al amor, erótico o no. En la primera narración, el peligro es enorme y externo, es la Guerra; en la segunda es más local, aunque no menos letal: la represión dictatorial; en la tercera narración, el enemigo es cada quien para el prójimo. Un derrotero transparente por donde se lo mire y, por lo mismo, supercontundente.

El escenario está arropado con telas tendidas de sogas que lo atraviesan por la mediana y en dos diagonales posteriores, como sábanas aireándose. Una manera muy poética de poner al espectador entre adentro y afuera, de concitar la ilusión de un patio y una vida familiar, doméstica. Estas sábanas (o símil) oficiarán alternadamente de pantallas, de telones, de patas, de túnicas, de bultos, de nenes, quizá muertos. Un recurso simple y eficaz muy sabiamente explotado.

Las imágenes mencionadas al comienzo más su integración con la banda sonora son otras delikatessen muy oportunas. Ambas series discursivas están resueltas por la adjunción de imágenes y piezas musicales, en una estética de pastiche que abreva sin exceso alguno en la construcción de toda esta estupenda trama de sentidos y relatos múltiples y sinfónicos.

Por último, un señalamiento especial a los intérpretes: dúctiles, hábiles, mucho más que correctos. Y ni qué decir de la dirección de Vivian Luz y la puesta de Daniel Marcove. ¤

Serán otros los ruidos: Todos los domingos a las 18 en El Portón de Sánchez, Sánchez de Bustamante 1034. Reservas 4863-2848.

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