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Viernes, 24 de septiembre de 2010

VISTO Y LEIDO

La tiranía del hogar

 Por Marisa Avigliano

Una familia y una fortuna
Ivy Compton Burnett

La bestia equilátera

Dos Ivys nos miran desde las solapas del libro, una es joven, la otra ya no. La invariabilidad del peinado puede redundar en una serie de hipótesis de las que no se sale ileso sin recaudar una cantidad de conclusiones obvias. La sustancia de la monarquía como una corona capilar hereditaria, las instituciones adheridas como familia con todos los malestares y los vicios conjuntos. Otras, menos previsibles aunque ya no del todo inesperadas, ayudan a componer un resultado sociológico: permanencia de hábitos y prejuicios de la Inglaterra victoriana –o tan luego eduardiana–, lazos de familia como vínculos políticos, el lenguaje como exasperación, como arma secreta, como agente de todos los matices de la agresión y la violencia.

El estilo de la señora Compton Burnett es incontenible, una trampa mortal que nunca pudo saborear Joyce Carol Oates, a quien los personajes de Ivy le resultan anacrónicos. Nada más errado. Como demostraron, entre otras, Mary Mc Carthy y Nathalie Sarraute, Ivy Compton Burnett (18841969) es una contemporánea perenne, una especie vegetal única, que no descarta para su régimen clorofílico unas gotas de sangre. No sólo lo que dicen los personajes sino los personajes mismos en las novelas de Ivy son actos de lenguaje. Toda su maquinaria, todo su bestiario genealógico, toda su tradición de nombres –que se asimilan a los de la historia literaria inglesa– están involucrados en esa emisión de aire que nos convierte, cuando gravitan las palabras, en deudores eternos de la caída original.

En Una familia y una fortuna (1939) un hecho inesperado agita el ritmo cotidiano de los Gaveston –donde nadie es tan joven como cree– el querido y solterón tío Dudley recibe una herencia. Azar dadivoso que encuentra el huero sagrado en las siempre buenas intenciones familiares. Entre sombras tutelares agazapadas, padres, tíos y sobrinos olerán muerte y dinero.

Una familia y una fortuna es una novela parlanchina –como dice Clement, uno de los Gaveston–, donde todos esperan la oportunidad de hacerse oír. Es la conversación de la sala, la del desayuno, la del hall donde se reciben a las visitas y también es la conversación contenida e hiriente que mantienen –magnífica escena– dos hermanas sobre un empapelado (la hermana pobre vivirá gracias a la generosidad de la otra en una casa muy chica y con el mismo empapelado que la hermana rica usó para decorar el cuarto de estudio de sus hijos).

Robert Lidell, crítico, poeta, biógrafo y novelista, escribió en The Novelsof Ivy Compton Burnett (1955): “Matilda Seaton, la terrible tía Matty de Una familia y una fortuna es la más malvada de todas las tiranas domésticas. Su poder es puramente moral, en absoluto económico (...) Matty es como la señora Norris de Mansfield Park (de Jane Austen), una pariente comparativamente pobre, dependiente de las personas a las que tiraniza para obtener las ventajas dentro del ámbito doméstico que domina a sus anchas”.

Dos aciertos en la edición (hay otros): la cita de Bernard Berenson: “Si las esculturas de Giacometti pudieran hablar lo harían como los personajes de los libros de Ivy Compton Burnett” y el gossip sobre la familia de Ivy: eran doce hermanos, ninguno tuvo descendientes y ninguna de las mujeres se casó.

Escuchar a los Gaveston es llamar a la puerta precisa, rozar el árbol de todas las causas: No podemos juzgar la vida de otras personas, dice uno y de inmediato otro lo corrige: Por supuesto que podemos.

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