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Viernes, 25 de abril de 2003

el rosal de María

María Ezquiaga, cantante y compositora, ex Baccarat, tiene una banda, Rosal, y un disco que se llama “Educación sentimental”, y que a su vez tiene diez canciones y una definición: Rosal es música para el jardín. En este paseo por su jardín se ven algunas especies que conviven en aparente armonía, cada una obtenida en un tramo diferente del camino y que están bajo sus exclusivo cuidado personal.

Por Rosario Bléfari

A la sombra, en un lugar bastante húmedo del jardín donde se ha recreado un microclima con aroma de galletitas horneadas a nivel industrial y riachuelo, vive una planta un tanto extravagante cuyas flores no son demasiado abundantes pero duran cien años. Son cuadradas por fuera y por dentro, tienen semillas redondas y planas del tamaño de un plato. Es la planta de los discos escuchados en la infancia. Una de las ramas, la que parece alejarse más del sol, la más antigua, tiene flores que se guardan del efecto decolorante de la luz. Son los discos que se escuchaban en la casa materna de María Ezquiaga, cuando los padres todavía vivían juntos en Avellaneda. El más visible, que corona la rama, es uno de Eddie Gormet. Otras flores son algún disco del trío Los Panchos, el Mediterráneo de Serrat y también algunos de los Beatles.

Si seguimos por uno de los senderos de piedras blancas y grises en las que se hunden los pasos ruidosos, nos encontramos con un pequeño arbusto espinoso que casi pasa inadvertido. Sus hojas terminan en pequeñas espinas, algunas de ellas son los comentarios escuchados en la escuela que marcaron alguna vez el compás de lo que era aceptable y lo que no, por ejemplo, la música que se debía escuchar. El rock era algo mal visto, en cambio estaba bien escuchar Perales o Banana Pueyrredón. Una flor pálida de pétalos ralos se abrió un día cuando se le ocurrió hacerle escuchar a una compañera una grabación de sí misma cantando un tema. La vergüenza de la otra la sorprendió dolorosamente y ese mismo día la timidez y el silencio le hicieron al arbusto un cerco alrededor. El disgusto de ir a la escuela le ayudó a enterrarlo con profundidad en la tierra, poniendo límites a raíces y ramas. “No me gustaba ir al colegio, era lo peor que me podía pasar en el mundo” dice. “Me acuerdo de un chico del barrio que me encantaba y que a partir de que le dije que había empezado canto, mencionándolo como cualquier cosa de paso, me empezó a mirar diferente, con más interés y cierto respeto.” María suspira y enseguida sonríe, sabiendo que seguimos adelante: “Yo al principio me guiaba por todo eso, supongo que como les pasa a los adolescentes, lo que esta bien y lo que está mal y cómo es visto por los demás. Pensaba en lo que no tenía que decir, por eso no hablaba mucho, hasta que llegó un momento en que me dejó de importar lo que pensaran los demás, que pensaran lo que quisieran. A los quince empecé a estudiar guitarra y se acabó, volvía corriendo a casa del colegio para practicar. Emoción de volver corriendo a casa para tocar se llama esta, una de mis favoritas, da flores todo el año”.

Hay un árbol de grueso tronco gris, muy frondoso, con ramas que se pierden más allá de mi vista. Cuando pasamos debajo de él suena una melodía y canta así: “Bajo la sombra de este árbol, abrí los ojos y vi. Los mantengo bien abiertos porque así siento el movimiento, bajo la sombra de este árbol... el remanso del pensamiento”. Nos adentramos cada vez más en el jardín por otro sendero que se abre cuando deja de sonar la melodía. “Lo primero que recuerdo haber escrito son ensayos sobre lo que pensaba de la vida. Como iba a un colegio católico tenía una materia que se llamaba Visión cristiana del mundo y consistía en reflexionar sobre el mundo y sus rumbos. Calculo que por eso se me ocurría escribir sobre lo que pensaba. Idolatraba a las profesoras de esa materia, los últimos años me hicieron leer Un mundo feliz de Huxley o Fahrenheit 451 y te hacían opinar y a lo mejor por eso después escribía”. Hay una enredadera que nace a un costado del muro y trepa por él hasta alcanzar algunas ramas del árbol. Está la voluntad de su hermana de ser cantante (ella y el otro hermano –que ahora también es músico– se burlaban un poco cuando la escuchaban cantar en alemán para el coro) y en otra hojita vibra el recuerdo de una compañera de la primaria que un día le propuso hacer una canción, y la hicieron, como si siempre se hubieran dedicado a eso.

La primera banda es una planta muy joven, también parece una miniatura. De las ramas cuelgan guitarras, batería, bajo, teclado, armónica, saxo y trompeta. Nos sentamos un rato a su lado en un banquito de piedra. “Un día caminaba con mi amiga por la calle, llovía mucho y vimos unos chicos debajo de un techo con una guitarra nos pusimos a hablar y yo dije que tocaba y cantaba. Primero nos juntábamos a tocar, después se armó el grupo. Uno de ellos tenía una sala adonde ensayábamos. El grupo duró un poco más de un año. Yo cantaba y hacía la melodía y la letra de muchas canciones. Cuando estaba terminando esa banda lo conocí a Sergio Pángaro (Baccarat) en la Pueyrredón. Yo iba para acompañar a mi amiga, la misma de antes, a vender tortas y café. A veces llevaba la guitarra para practicar y un día Sergio se acercó. Durante un año estuvimos yendo y Sergio venía y se ponía a cantar boleros y las chicas lo escuchaban embelesadas. Yo ya estudiaba en la escuela de música popular de Avellaneda y un día tenía que practicar ‘All of me’, el standard de jazz. Tenía que hacer una versión a voces y era muy difícil, no me podía aprender las voces y siempre que lo veía a él, como conocía el tema me ayudaba cantándolo conmigo. Un día me invitó a cantarlo en un homenaje a Moura que se hizo en La Plata, donde presentó ‘Lluvia dorada’, y empecé a cantar con él y más adelante se consolidó Baccarat. Yo tenía una idea clara sobre lo quería hacer, mi primera banda me gustaba pero pensaba que quería algo más artístico porque si no era todo muy de oficio, hacer una canción y tocarla, no había más que eso, no había algo como pensar los arreglos en relación a algo. Al conocerlo a Sergio dije: ‘Ah bueno’, eso existe aunque a veces pensaba que estaba loco porque al principio no lo entendía. El otro día justo leí que Borges decía que cuando leyó a cierto escritor no lo entendió pero se dio cuenta de que había algo muy especial en eso. Algo así me pasó con Sergio, de hecho yo no entendía ni siquiera cómo podía sacar la música de una máquina, pero a la vez todo tenía una magia alrededor de él y lo que hacía era nuevo, yo no lo conocía. Siempre fui bastante prejuiciosa y me costaba entenderlo pero no pensaba nada, era como cuando te enamorás de algo, no sé. Después hubo un momento en que llegué a pensar algo así como que si seguía en Baccarat no me iba a poder desarrollar más yo sola. Tenía esa sensación, como que si no me iba me iba a quedar eternamente y eso me daba miedo. Preferí irme. Fue en etapas, les fui diciendo de a poco. No busqué excusas. Era una relación muy intensa, estabas adentro o afuera, era difícil tomar la decisión. Era como una familia y había llegado al punto de que si algo nos hacía reír era solo a nosotros, los de afuera no entendían. Era como un mundo.”

Y por fin llegamos al Rosal pero antes me roba la atención un matorral color fuego. No, no es color fuego, está ardiendo, ¿será la auténtica zarza que vio Moisés o qué? “Ah, sí, esta nunca pasa desapercibida. Es el incendio de mi casa, se incendió íntegra, no quedó nada. Pero fue como una purificación. Todo aquello de lo que no me podía desprender se consumió en el fuego. Para mí fue como que la incendié yo aunque fue un cortocircuito, yo me estaba por ir a dormir y a partir de un caloventor se prendió fuego todo lo que tenía, instrumentos, ropa. Nunca me acuerdo de eso como algo terrible, fue como que empecé de cero. El pasado quedó atrás, la casa quedó hecha escombros, prácticamente no existía, casi tuvieron que reconstruir la pared del departamento de al lado. Y al otro día me sentí bien.”

El Rosal tiene rosas matizadas y cada una es una canción. ¿Son canciones de amor? “No son canciones de amor sino que yo me estoy educando sentimentalmente y eso de alguna manera queda en las canciones. En cada una trato de superar ciertas cosas, esto ya lo entendí, ya me di cuenta como es. Estar bien, poder disfrutar de la vida, es un trabajo. Al grupo le puse Rosal y está todo relacionado porque es la intención de crear ununiverso que hay que cuidar y del que hay que ir sacando cosas para conseguir algo, hay que estar atento y liviano, como cuidando un jardín. Del libro de Flaubert me quedó esa sensación, que también tiene el personaje de Madame Bovary, de una insatisfacción constante, nunca le alcanza nada. No lo había pensado por todo eso al nombre del tema Educación sentimental, que es el nombre del disco también, pero el tema habla de eso. Siempre uno conecta acertadamente, coincide y me gusta que sea así, que no sea el nombre una justificación del contenido, sino que está en el aire esperando llamarse así, como el nombre que tiene que tener aunque se pudiera llamar de cualquier otro modo. El tema es justo eso, no encontrar nunca placer en nada; dice el estribillo ‘sensualidad es lo que quiero...’, y no es exactamente lo que tiene. Cuando me pongo a hacer un tema y aparecen todas las voces que te vienen a criticar, en medio de esa lenta construcción vienen todos esos fantasmas a decirte que está mal y seguís. También pasa cuando salís con alguien que podés decir, a la primera cosa que no te gusta, no salgo más. Yo que siempre fui muy malcriada, enseguida me decepciono cuando algo no sale, pero es un aprendizaje mío, lo de la educación sentimental y todo esto lo digo por mí, hay que construir y eso lleva un tiempo, igual que la relación con otra persona.”

En el video del tema Educación sentimental, los músicos aparecen vestidos de novios, y es una novia la que canta “Sensualidad es lo que yo quiero”. Cuando María era chica todo el mundo soñaba con casarse y para ella lo que ocupaba ese lugar era grabar un disco, siempre fue así, y este es su primer disco. “También me gusta la idea de comprometerse y los símbolos del casamiento: los anillos, el brindis. En el amor, nunca duré más de un año pero no me imagino que uno pueda estar mejor en un nivel y en el otro muy abajo, porque si vos tenés un nivel de compromiso con alguien lo tenés también con la música, eso me pasa a mí, hay gente a la que no le pasa. Para mí está todo en el mismo lugar.”

Mientras buscamos la salida del jardín, veo sobre una mesa, de esas que están hechas con pedazos de azulejos formando un mosaico, una flor de plástico que parece un olvido, o un recordatorio. Entonces me acuerdo de aquella canción de Baccarat que le cantaba a una flor artificial exaltando sus virtudes inalterables, su vida eterna. María cierra el portón. “Nunca miro los diarios y mi hermana, que es periodista, me dice: ‘¡No lo puedo creer!’. El otro día me quería mostrar una foto de decapitados de la guerra y no quise verla y le explicaba que no podía mirarla porque me iba a poner a llorar. El otro día un chico me decía: ‘No, tenés que ver, así te das cuenta de que existe la muerte’. Sé que existe y me pongo muy mal. Sería una caradura si en un tema hablara de esto porque es como si me pusiera a hablar de matemáticas. En el prólogo de uno de sus relatos, George Sand escribió que la labor del arte es una misión de sentimiento y de amor y que el objetivo de las obras debería ser hacer amar a los objetos de los que se ocupa. Pero cada uno nace y crece en un ámbito diferente, en el que se mueve y desde el que habla. Yo hago canciones sobre la educación sentimental porque siento que todo esto que me pasa a mí, también le pasa a gente que está alrededor mío a la que sé que a lo mejor le puede servir lo que canto.”

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