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Viernes, 11 de febrero de 2011

PERFILES

La reina de los arquetipos

Helena Bonham Carter

 Por Marisa Avigliano

Habla demasiado, usa un zapato verde en el pie derecho y uno rojo rosado en el izquierdo, no entra en esos vestidos tubo –como si fueran largos vasos de leche– en los que sí se enfundan (según Helena) las actrices de Hollywood, compite en rulos despeinados con su marido Tim Burton y como el Pingüino y Gatúbela siente desprecio por las convenciones de la moda. Helena Bonham Carter nació en Londres, en mayo cumplirá 45 años y esta no es la primera vez que la llaman Su Majestad.

Antes fue la Red Queen –se inspiró en la mirada de Bette Davis–, quizá lo único bueno en la Alicia en el país de las disneylandias de Burton y ahora es The Queen Mother, la madre de la reina Isabel II de Inglaterra en El discurso del rey, de Tom Hooper.

Bajita, dejando que la pesadez de sus caderas marque el paso, usando sombreros que protegen su melena ondulada y luciendo collares de perlas de dos vueltas, pieles, guantes y tweed, Bonham Carter compone a Elizabeth, una esposa devota capaz de aniquilar la tartamudez de su marido sin perder la calma aunque se trate de una guerra. Una guerra contra la boca abierta que se ahoga antes de que gotee el sonido de la palabra dicha.

Para personificar a la reina madre leyó biografías –las inmundas autorizadas y las menos inmundas– y recordó que esa señora en silla de ruedas, con capelinas de color pastel que festejó sus 101 años, era uno de los miembros de la familia real más querido por los británicos. Entonces buscó ingenio, gracia e ironía en su personaje y lo desplegó en varias escenas –cuando se da cuenta de que para que el ascensor funcione debe cerrar las dos puertas, cuando dice que ella “no tiene maridito” (minutos después dirá que su marido es el duque de York), cuando agradece la cena de la que no formará parte en casa del hombre que está ayudando a su marido a vencer la tartamudez o cuando le cuenta a su Bertie (Colin Firth) que Wallis Simpson la llama “la gorda cocinera escocesa”–. Ya lo sabíamos, la chica de El club de la pelea, la Bellatrix de Harry Potter tiene encanto para disfrazarse de arquetipo. Y la reina madre era un arquetipo de sonrisa eterna y entrenado sosiego que supo mantenerla –como en un retrato de Cecil Beaton– impávida, soportando cualquier tempestad para mantener la calma familiar. Por eso no es difícil recordar que en otra saga monárquica a la que el cine inglés nos tiene acostumbrados –La Reina, de Stephen Frears– se haya pensado en ella para que aconseje a la perturbada Isabel II después de la muerte de Diana. Todo sea para que la familia real no se quede sin trabajo, habrá pensado Su Majestad Elizabeth cuando prohibió hace algunos años filmar El discurso de rey por el dolor que le causaba recordar las penurias de su esposo y, sobre todo, porque no estaba dispuesta a que se exhibiera el rechazo que sentía por la señora Simpson, la mujer por la que su cuñado Eduardo abdicó y le dejó libre el trono a su marido. Cuando lo creyeron conveniente, El discurso del rey contó con la aprobación de su hija, la reina Isabel II, quien dijo que le había gustado mucho la película porque la hacía sentir humilde y porque además quedó conmovida por el respeto con el que trataron a su padre. Buckingham empieza a celebrar unos meses antes, con buena taquilla y seguramente con muchos premios Oscar (que se sumarán a los premios ya ganados) la boda del bisnieto de la reina madre.

Buscando en los rictus de la feminidad, Helena hecha Elizabeth se mueve segura entre sus perros, tomando el té o en una sala de espera mientras su marido vence al graznido infame dejando caer su mandíbula o dando vueltas sobre sí mismo tirado sobre la alfombra, siempre atenta al roce más sutil, mostrando su cara de lémur para llenar los silencios del tartamudo con mirada ferviente.

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